Skip to main content

Full text of "La Cruz De Los Caminos Alto Alegre"

See other formats


JUSTINO ZAVALA MUNIZ 



EDITORIAL Mueva AMÉRICA 




lUSTINO ZAVALA MUNIZ 
r.ació en la ciudad de 
Meló, depadan^nto de 
Cerro Largo. (Uruguay), el 
' 16 de julio de 1898. 

Cursó esludios universita¬ 
rios los que abandonó cuan¬ 
do era estudiante de la Fa¬ 
cultad do Derecho de Mon¬ 
tevideo, para dedicarse 
plenamente a su labor li¬ 
teraria y a la lucha en el 
campo político. 

Fué miembro y Presiden¬ 
te de la Asamblea Repre¬ 
sentativa de Montevideo, 
(Cámara de Diputados De- 
'Partomentales) y luego, du- 
lunte tres períodos sucesi- 
<*vo3, miembro de la Cóma- 
de Representantes de la 
República, como Diputado 
per el Departamento de la 
Capital. 

En el año 1935 estuvo 
desterrado en el Brasil, por 
haber sido uno de los je- 
I íes del levantamiento po- 

Í jular revolucionario contra 
a dictadura del Dr, Gabriel 
r Terra. 

f Vuelto el partido en que 
^ milita Botilismo — a las 
' ►timas en el año 1942. fué 
electo Senador de la Repú¬ 
blica, cargo que actualmen¬ 
te ejerce. 



JUSTino zñvfíLñ 


muniz 


LA CRUZ DE LOS CAMINOS 

☆ 


ALTO ALEGRE 



Editorial nUGVñ fímGRICfí 

Administrador: 

FRANCISCO PORRO 
Av. Larrañaca 2383 - Tcl. 40 1 1 83 
MONTEVIDEO 
1 944 


i ^ "I 

■ ' 1 



QUEDA HECHO EL DEPOSITO 
QUE ORDENA LA LEY 



JUSTino zñVñLñ muniz 


LA CRUZ DE 
LOS CAMINOS 


☆ 

DRAMA EN CUATRO JORNADAS 


Estrenada por la Compañía ION en 
el Teatro SODRE de Montevideo el 
14 de Abril de 1933 y en el Teatro 
Corrientes de Buenos Aires el 7 de 
Diciembre del mismo ano, bajo la 
dirección de Rodolfo González 
Pacheco. 



DEDICATORIA 

A mis paisanos de Bañado de Medina 
esta palabra buscada para expresar su 
dolor. Pues todavía no he hallado la di* 
visa de su esperanza. 

Justino ZAVALA MUNIZ 

Casa de las Crónicas, en Bañado de Me¬ 
dina. — Verano de 1932. 



PROLOGO 

En el centro, un pequeño rancho con una puerta prac¬ 
ticable hacia la escena; a la derecha, una ventanita abierta, 
como la de la pared del fondo, dejando ver un retazo dorado 
* y brillante de crepúsculo; inusitada luz en la noche recogida 
en el rancho. A la derecha, un plano más hacia adelante, 
un ombú. 

Envolviendo toda la escena, una lejanía con las tintas 
verdes y violetas del campo en el atardecer. Por encima del 
rancho, exagerando su pequeñez, un gran cielo sin nubes, 
con una luna nueva, perdida y sin luz. 



ESCENA UNICA 


Por la puerta del rancho aparece la MUJER. Es alta, 
magra de carnes; aparenta medio siglo de edad. Viste géne¬ 
ros oscuros; lleva de tal modo envuelta la cabeza en un pa¬ 
ñuelo de color perdido, que su perfil es agudo y resignado 
a la vez. 

Avanza hacia una esquina del rancho; hundidos los hom¬ 
bros, cruzados los brazos, tal como si un peso sobre las es¬ 
paldas agobiara su andar. Mira al campo lejano recogida 
en su dolor. 

LA MUJER.—(Como si volviera de un pensamiento per¬ 
dido, hablará con lentitud y sin énfasis). Mientras 
pasaban ellos, yo estaba en la oscuridad escondida 
de mi rancho, sin palabras. El caudillo, la guerra; 
el matrero, seguro en el mal como un santo en su 
virtud; el pulpero, largo trabajo entre cantos, his¬ 
torias y peleas. Todos creyeron tener un destino 
cumplido y vinieron, jinetes en sus hechos, desde 
el perdido pago sin caminos, mostrando los pasa¬ 
dos gestos para encontrar a su alma. 

Las divisas, el valor, la guerra; ¡triste vida, triste 
muerte! ¿Qué buscaban en ellas? Nada cercano ni 
posible; nadie podría decirlo y todos lo sentían. 
Y esto, que parecía su mal, era su grandeza. Sólo 
los grandes sueños inalcanzables, hacen al hombre 
verdadero. Un chasque viajando bajo las estrellas, 
con breves palabras en los labios; dos colores, vue¬ 
lo de palomas o de churrinches, en el cuello de 
los jinetes ágiles como el viento del galope, y el 
cielo se erizaba de lanzas; el silencio de relinchos; 
la memoria de leyendas. 



12 


Justino Zavala Muniz 


¿Hacia dónde iban las sonoras columnas? ¿Quién 
los llamaba? La conocida voz del caudillo que na¬ 
die desoía. Porque cuando el sueño de imo llega a 
ser el de todos, comienza a cumplirse el gran des¬ 
tino de un pueblo. Yo estaba entonces, en la oscu¬ 
ridad escondida de mi rancho, hasta este atardecer 
en que salgo, no llamada por nadie, buscando al pa¬ 
yador que en guitarra de graves y apagadas bor¬ 
donas, encuentre nuestro canto. 

Pero, ¿cómo se contará, recordará, esta dolorida 
mansedumbre nuestra si no tiene hechos ni gestos 
ni palabras? 

¿Quién tiene ahora nuestra esperanza, nuestra 
pasión; la divisa capaz de levantarnos y formar co¬ 
lumnas marchando en un nuevo sueño con todos 
los que sucumben hoy en el ritmo, oscilante y mo¬ 
nótono canto de paloma, de la ambición del pobre? 

Como el sembrador arroja en doradas ondas las 

semillas que en el surco crecen, débiles bajo la 
mano de los vientos, hasta cubrir a las lomas, así 
la mano de Dios arrojó sobre los campos al pobre, 
semilla fecunda, tirada en abiertos círculos, creci¬ 
da y siempre inclinada hacia la tierra por la ma¬ 
no del DOLOR. 

Y ellos callan, como yo he callado sin encontrar 
mis pálabras. Pero el filo de este sufrimiento, ca¬ 
va en el silencio de mis días hasta el manantial de 
mi alma. Y así ahora corren por la herida de mis 
ojos las aguas de mi dolor. 

Perdido está mi hijo, sin haber alcanzado una 
tierra donde asentarse, un alma donde posar. 

Sorda vida sin hechos, la suya; oscura como mi 
rancho, mi alma sin lenguaje. ¿Quién oirá el con¬ 
fuso rumor del viento en el monte, que pasa por 
nuestros corazones, y nos prestará sus palabras pa¬ 
ra que los hombres nos oigan y comprendan? Que 
ya no puede andar por los resecos caminos del ha- 



La Crus de los Caminós 13 

blar pintoresco, nuestro dolor. 

Como no puede decirlo aún ninguno de nosotros, 
asi quiero la voz que nos dé sus palabras para de¬ 
cir lo que sufre cada uno de nosotros. Mira, tú que 
esperas y tienes, la vida de mi hijo: Envueltos en 
los tules de este atardecer, allá están los árboles 
que él plantó. 

Del callado dolor con que él cavó la tierra ajena, 
han nacido y crecido aquellas rectas realidades, 
pobladas de cantos, elevándose al cielo. 

¿Quién elevará en él a su alma, árbol levantado 
al cielo, a cuya copa vengan a cantar los pája¬ 
ros de la esperanza? 


TELON 



JORNADA PRIMERA 


Patio de una antigua estancia. A la izquierda se ex¬ 
tiende hacia el fondo la pared de la casa; construcción colo¬ 
nial con dos amplias ventanas enrejadas, y entre ellas el 
arco de la puerta posterior del zaguán. Las tres aberturas 
practicables; en las ventanas, tiestos con flores humildes. 
Al fondo, im pequeño rancho dando frente a la escena, sir¬ 
ve de cocina; es la típica construcción del campo, achatada, 
con su pequeña puerta por la que entra, apenas, la 
luz. A la derecha se alarga otro rancho, con una ventanita 
mirando a la escena; en su esquina, que da a la sala, tma 
puerta simulada. En el centro del patio, como si fuera su 
eje, el brocal azul de un aljibe coronado por el arco de 
hierro del que pende una roldana con su cadena y balde. 
Guardando las casas,se ven por entre los trozos libres, al¬ 
zarse grEindes árboles: ombúes, paraísos. Más allá, trozos 
de un cielo de otoño en atardecer: azul y ro^. 



ESCENA PRIMERA 


En el espacio libre dejado por los dos ranchos, hacia la 
derecha, la rueda de los peones. Sentados en humildes ban> 
eos, troncos de madera sin desbastar, rodean al fogón en 
donde hierve el agua del mate que uno de ellos ceba. Algu¬ 
nos jóvenes; otros de edad mediana; un viejo. Grupo hete¬ 
rogéneo en los cuerpos y vestidos, que van desde los pan¬ 
talones ciudadanos que viste uno de ellos, hasta el chiripá 
que viste el viejo. No se podría definir con un mismo trazo 
al conjunto, como no fuera señalando la acentuada pobre¬ 
za de todos. Mientras uno mira tercamente al fogón como 
si de la llama viva esperara un pensamiento, otro se ha dis¬ 
traído con el lento crepúsculo que se va haciendo en el 
campo, tal como si buscara en el alejado cielo sin nubes, 
respuesta a la larga pregunta de sus ojos. Por el espacio li¬ 
bre entre la casa y la cocina, se proyectan sobre la escena 
la sombra de un hombre y de un niño. La primera, senta¬ 
da; la segunda de pié, frente a aquélla. A intervalos se ve 
a la sombra del niño cebar el mate al hombre. Otras veces, 
la sombra del hombre se abate hacia el suelo y se yergue 
con .un vaso en la mano, que lleva a los lab|ps. La pequeña 
sombra de una damajuana, es una mancha borrosa entré el 
hombre y el niño; aquél la empinará una vez hasta colmar 
el vaso. 

Desde una de las ventanas de la casa, la del segundo 
término, una victrola turba la beatitud del crepúsculo con 
las voces agrias de una música exótica. Es una música yan¬ 
qui, sacudiendo su epilepsia en el noble silencio del patio 
campesino. 

PEON PRIMERO.—Música rara la que han tráido estos 
aparatos. 

a 

r ' : ! • f ; , 



18 


Justino Zavala Müniz 


PEON SEGUNDO.—Dende que está la señorita, no ói- 
mos otra cosa. 

PEON TERCERO.—Va pa tiempo que en todos laos ésa 
es áura la música. Sin embargo, va uno por el ca¬ 
mino de noche, y si le vienen las ganas de cantar 
en los ojos o en la boca, le sale un estilo o una vi¬ 
dalita. 

EL VIEJO.—(Sonriente) Es que éso es lo nuestro; nos 
hemos criao oyéndolo. 

PEON PRIMERO.—No crea, don. En mi vida he^ óido 
más a estos aparatos que a los payadores; y así mis¬ 
mo, yo también sólo recuerdo los estilos. ¿De dón¬ 
de vendrá éso? 

EL VIEJO.—Ahi tiene. 

PEON SEGUNDO.—¡Quién sabe el estilo no está en el 
campo! ¿No ve su música,.callada y extendida como 
los horizontes? La palabra una queja, como nuestra 
vida. 

PEON TERCERO.—Sin llanto. 

EL VIEJO.—Eso no es de hombres 

PEON SEGUNDO.—Y después, ¿pa qué? ¿Quién oiría 
nuestro llanto, ni le hallaría remedio? 

(Desde el grupo de las sombras parte la carcajada de 
SERVANDO, seca, estridente, cortando el diálogo de los 
hombres). 

PEON TERCERO.—^Ya está el patrón judiando al gurí. 

PEON PRIMERO.—Estará mamao. 

EL VIEJO.—Mala hora la del padre, cuando dió el gurí 
pa don Servando. . 

PEON TERCERO.—El hambre no dá tiempo pa andar 
eligiendo. 

(De nuevo la carcajada suspende, como una respuesta de 
burla, la palabra de los peones). 



ESCENA SEGUNDA 


(Por detrás de la rueda asoma TELEMACO, trayendo 
una regadera en la mano. Avanza hacia el aljibe. Es de me¬ 
diana estatura; toda la fortaleza de su forma, patentizada en 
los brazos desnudos hasta el codo, se humilla en la humildad 
del gesto. Los vestidos son, como los del actual trabajador 
del . campo, una mezcla híbrida de ciudadanía y gauchismo: 
sucias alpargatas; pantalón ciudadano de torpe confección 
que las lluvias han acortado exageradamente; en mangas de 
camisa; golilla blanca y amplio sombrero negro. Sus 30 años 
de duros trabajos, cansaron la mirada de los ojos oscuros; 
y sólo los labios conservan, finos, tenaces, la firmeza de un 
gesto que parecerá siempre de violencia hasta ahogar im 
pensamiento audaz pugnando por expresarse. Al pasar jun¬ 
to a los peones, uno de ellos se volverá hacia él ofreciéndole 
el mate. Toda la escena se desarrollará mientras TELEMA¬ 
CO anda en su propósito de extraer agua del aljibe, colmar 
su regadera, y volver con ella por el mismo trayecto que 
ha hecho). 

PEON SEGUNDO.—¿Un amargo, Telémaco? 

TELEMACO.—^Después, ahora no tengo tiempo. 

PEON SEGUNDO.—Ya está el sol adentro; terminó la ho¬ 
ra del trabajo. 

TELEMACO.—(Sin énfasis. Así hablará siempre). Mi tra¬ 
bajo no termina con el sol. 

PEON PRIMERO.—Sos un mensual como nosotros. 

TELEMACO.—^Tenés razón. Pero lo que yo hago es para 
muchos años. Los días son cortos para crear tan¬ 
tas vidas como las de mis árboles; y las hormigas 
negras, chiquitas y a millares, corren por los cami¬ 
nos y los surcos, para matármelos en una noche. 



20 


Justino Zavala Muniz 


(De nuevo suena la carcajada de SERVANDO, y se oye 
al niño llorar) 

EL NIÑO.—¡Dejemé, don Servando... duele mucho! (Se 
verá mientras tanto a la sombra del hombre alar¬ 
gar el brazo hasta el rostro del niño, en ademán de 
apretar entre sus dedos la nariz de éste). 

PEON.—(Dirigiéndose a Telémaco) Mirá como trata el 
dueño a una vida que le dieron. 

TELEMACO.—(Inclinándose para llenar el balde) De éso, 
todos tenemos alguna culpa. 

(Aunque Telémaco ha hablado más que para ellos, pa¬ 
ra sí mismo, todos callan ante la verdad que está en las 
conciencias y ha sonado en voz alta en el patio. Cesa de 
súbito la voz de la victrola. Por la parte del zaguán apare¬ 
ce VICTORIA. En la penumbra del anochecer, su figura 
es una afirmación audaz turbando la recogida tristeza del 
patio. Son grandes sus formas, sosteniéndose sobre las pier¬ 
nas firmes, como las de una cariátide. El andar seguro; 
echada hacia atrás la cabeza de cabellos negrísimos; no ha 
tostado el sol, ni su rostro ni sus manos de mañanas. Sin 
duda no aprendió en el campo, donde las almas femeninas 
se esconden bajo los párpados, la mirada leal de sus gran¬ 
des ojos negros. Lleva enrojecidos de carmín los labios 
sabrosos; tremenda promesa de sueños desconocidos que ' 
voltea el gesto de los peones al mirarla. 

Educada en la ciudad, viste y habla con sus hábitos. 
Habrá siempre en su voz, a pesar de su firmeza, el temblor 
de una verdad, la de sí misma, que quiere ser un hecho an¬ 
te los hombres). 

VICTORIA.—(Dirigiéndose a la sombra de Servando) 

¿Ya estás. Papá? 

SERVANDO.—¿También te aburren una risa y un lian- 
tito? 

VICTORIA.—(Al niño). ¡Martín, venga a ayudarme! 

SERVANDO.—Me está cebando mate. 

(Victoria vuelve a irse con gesto impaciente, por don¬ 
de ha venido). 



La Crüz de los Caminos 


21 


PEON 1^.—(Aludiendo a Servando) Siempre maltratan¬ 
do al gurí. ¿No temerá que im día lo hagan sufrir 
a él en la hija? 

PEON 2^.—(Confidencial) La otra mañana la vide ba¬ 
ñarse. Yo estaba entre los sauces, cuando la bom- 
bié acostada al sol, a la orilla del río. ¡Qué 
blanca es! 

PEON 1^.—^¿Y la viste claro? ¿Cómo son los pechos? 

PEON 2^.—^Apenas separados; altos y suaves, como des¬ 
de la llanura son los cerros del Guazú-Nambi. 

PEON 1^.—¿Y qué hiciste? 

PEON 2^.—^Esas no son pa uno de nosotros. 

PEON 3^.—Son como las nubes; están hechas pa verlas 
pasar. 

EL VIEJO.—Justamente, como las nubes: ¡tan poca cosa 
^ con el fuego adentro! Si nos tocaran serian tal 
como el rayo. 

PEON 1^.—(A Telémaco, que regresa del aljibe; con sor¬ 
do encono) ¡Ni que jueras el dueño, pa cuidar de 
los árboles con ese cariño! 

TELEMACO.—(Detenido junto a la rueda). No los cui¬ 
do ni los quiero porque yo sea el dueño. Sólo noso¬ 
tros, los pobres, salmos crear con amor lo que 
nunca será nuestro... 

PEON 1^.—(Interrumpiéndole con creciente desprecio). 
Eso serás vos, que nosotros trabajamos... pa co¬ 
mer y dir viviendo. 

EL VIEJO.—No crea, mozo. Pa mí que §1 lleva alguna 
razón. Juimos, en los tiempos di antes, a la guerra. 
¿Y pa qué? Pa dir, no más. Y en nosotros iba el 
coraje. 

TELEMACO.—(Terminando su pensamiento). Si Dios 
las apagase y yo pudiera, encendería de nuevo las 
estrellas. 

PEON 2^.—(Burlón). ¿Y pa qué, don? 

TELEMACO.—(Indiferente a la burla) Pa verlas, no más. 

TELON 



ESCENA TERCERA 


Interior de un amplio comedor de estancia. Junto a la 
pared de la izquierda, un pesado aparador antiguo; al fondo, 
la ventana enrejada que da al patio de la escena anterior, 
con sus tiestos de flores, abierta de par en par. A la dere- 
cha, la puerta que comunica con el zaguán, también abierta. 
Sobre la mesa comedor, colocada en el centro de la escena, 
una lámpara y fruteros colmados de frutas de otoño. Distri¬ 
buidos en la escena muebles antiguos en los cuales se ad¬ 
vierte la pulcritud del aseo. 

Al levantarse el telón, la penumbra borra las cosas y só¬ 
lo en el espejo de un mueble el atardecer, entrando por la 
ventana, pone una mancha de luz. Victoria acaba de hacer 
callar a la victrola, que está colocada sobre la mesa. Se acer* 
ca a la ventana; asida a las rejas, queda un momento miran¬ 
do el limpio lucero que decora el lejano cielo ahondándose 
por encima de la sombra del rancho que cierra el patio. Lue¬ 
go deja caer los brazos, vencidos. Así permanece un instan¬ 
te, recogida en su pensamiento; después reacciona, coge un 
libro que habrá sobre la mesa y se dirige hacia la ventana. 

VICTORIA.—(Llamando en alta voz hacia el patio). Te- 
lémaco... 

TELEMACO.—(Desde la rueda de los peones). Voy, se¬ 
ñorita. e 

(Victoria queda con la cabeza echada hacia atrás, miran* 
do al lucero, hasta que entra Telémaco. Este viene sin som* 
brero; trae en la mano los útiles para recibir una clase de 
lectura elemental. Bajo el techo del patrón; frente a la mu¬ 
jer, en las manos los libros y cuadernos, su humildad se 
vuelve torpeza en el andar y el gesto). 

TELEMACO.—Buenas noches. 



24 


Justino Zavala Muniz 


VICTORIA.—(Volviéndose hacia él). Buenas. (En la pe¬ 
numbra del anochecer, sus cuerpos son casi dos 
sombras). ¿Papá estaba con ustedes? 

TELEMACO.—Sí, señorita. 

VICTORIA.—¿De qué se reían? 

TELEMACO.—Cosas de Don Servando, con el gurí. 

VICTORIA.—Hay días en que Papá es cruel con Martín. 
¿No le parece? 

TELEMACO.—^Es el patrón... 

VICTORIA.—Hace mal; tanto le pega, que el muchacho 
terminará por perder el miedo. 

TELEMACO.—¿Sólo por eso?. (El advierte, por el silen¬ 
cio hostil con que ella no ha respondido, la imper¬ 
tinencia de su pregunta. Deseando abreviar el silen¬ 
cio se acerca a la ventana). ¿No le riego hoy las 
flores? jx 

VICTORIA.—No; ya estoy aburricía de hacer lo mismo 
siempre. 

TELEMACO.—¿Le fastidia el campo? 

VICTORIA.—Me aburre lo que siempre es igual, y ha de 
ser igual. 

TELEMACO.—^La ciudad no será así... 

VICTORIA.—^También es así. 

TELEMACO.—^Yo creía que allí siempre había tanto mo¬ 
vimiento. .. 

VICTORIA.—^Eso es lo igual: el movimiento. 

TELEMACO.—(Sin comprender del todo) ¡Ah... sí! 

VICTORIA.—(Yendo a dar luz a la lámpara que está so¬ 
bre la mesa). Vamos a empezar. 

(Telémaco se sienta a la esquina de la mesa, dando es¬ 
paldas al zaguán; Victoria dando frente a la escena. Mien¬ 
tras disponen los útiles para dar la clase, ella hará saltar sus 
manos blancas entre las torpes y quietas de él. Telémaco la 
dejará hacer, con la mirada fija en la mancha de luz que 
la lámpara proyecta en el mueble. Animada por su silencio 
inerte, ella pronunciará cada vez más la insinuación de su 
coquetería. Hasta que por fin, tan audaz es ya su actitud, 



La Cruz de los CAunNos 


25 


que él levantará de la mesa sus manos y se recogerá contra 
el respaldo de la silla. Su gesto es ima mezcla de sorpresa y 
de enojo. Las miradas de ambos son firmes, como un desafio) 

TELEMACO.—Señorita Victoria... 

VICTORIA.—¿Qué dice, Telémaco? 

TELEMACO.—¿Ya empezamos? 

VICTORIA.—Sí, empezamos. (Sin transición, abriendo un 
libro del cual dictará lo que ha de ir copiando Telé> 
maco. Pronuncia con lentitud dando tiempo a que 
él oiga y comprenda cada palabra). La mujer dijo: 

• Yo tengo algo nuevo que expresar, que nadie ha 
oído jamás. Pero no encuentro la palabra ni el he¬ 
cho para decirlo; pues todas mis palabras están gas¬ 
tadas por el hombre, y todos mis hechos de ante¬ 
mano juzgados. Para que él lo entendiese, sería ne¬ 
cesario que él no tuviera palabras, ni juicios; de 
otro modo, yo no seré para él como soy, sino como 
él habla y me piensa. ¿Por qué todos mis hechos 
posibles han de estar ya juzgados, aún por el hom¬ 
bre peor; los labios más sucios pueden dictar sen¬ 
tencia sobre mis acciones más puras? (Dejando de 
leer, para mirar a Telémaco). ¿Comprende, Telé- 
maco? 

TELEMACO.—^Algo, señorita. 

VICTORIA.—^Está cansada de vivir sujeta a una volun¬ 
tad extraña; cansada de ver siempre una estrella 
y im paisaje tan bellos y tener la seguridad de no 
poder nunca saber ni el secreto que guarda la es¬ 
trella, ni el que guarda el paisaje. Agobjada por la 
lejanía del cielo; agobiada por la lejanía de su alma. 

TELEMACO.—¿Y sufre por eso ? 

VICTORIA.—^Y sueña, ser ella la estrella caída en las ma¬ 
nos de un hombre... Ser para el pobre venciendo 
su humildad, la libertad y el sueño que ella no pue¬ 
de hallar. El misterio revelado. (Con exaltación) 
Caer en sus brazos y en su alma, como esas flechas 
de luz desprendidas de pronto que hieren de fuego 



26 


Justino Zavala Muniz 


a la noche. Soñaba que ella era un sueño entre dos 
brazos... 

TELEMACO.— (Humilde). Aunque haya sido de chicos 
todos hemos soñado con el cielo. 

VICTORIA.—(Alentándole). ¿Usted también? 

TELEMACO.—Yo también. (Desde el patio se oirá reso¬ 
nar la carcajada de Servando; cortada, seca, hi¬ 
riente). 

TELEMACO.—(Avergonzado). Se vuelve a reir el patrón. 

VICTORIA.—Será de Martín. 

TELEMACO.—Yo era como Martín; no sé si él tendrá la 
facilidad que yo tenía para quedarme como ido de 
las cosas. Tantas veces molidos los huesos por una 
paliza, mal me mandaban al campo abierto, era co¬ 
mo si el aire del galope me aventase los dolores. Y 
aunque supiese que en las casas me esperaba otra 
paliza, de pronto me tiraba en el monte y soñaba 
hamacado por el canto de las palomas, o viendo pa¬ 
sar el río entre las ramas de un sauce llorón. 

VICTORIA.—¿Y qué soñaba? 

TELEMACO.—Ahora lo he olvidado. Siempre... que no 
era el gurí maltratado en la estancia. Soñaba con las 
garzas; viviendo en la suciedad de los bañados, es 
de seda su cuerpo. ¿Por qué el pobre no podrá tra¬ 
bajar cubierto de aseo? En el campo todo es limpio, 
luminoso; sólo la casa en donde vive el hombre, es 
triste. ¡Qué cosa la vida...! Tantos golpes recibí de 
chico; y ahora miro para atrás y me parece que de 
gurí no viví otra cosa que mis sueños. 

VICTORIA.—¿Todavía mira así al cielo? 

TELEMACO.—No, señorita. De chico soñaba con el cielo; 
ahora todo lo espero de la tierra. Así se han ido hu¬ 
millando mis esperanzas. 

VICTORIA.—El cielo desespera, Telémaco. 

TELEMACO.—Yo lo observo para saber qué trabajo haré 
en la tierra. 

VICTORIA.— (Señalando el acentuado anochecer frente a 



La Cbub de los Caminos 


27 


la ventana). Mire aquel lucero. Parece un ojo frío 
con que la noche nos mira tenaz, una hora de nues¬ 
tra vida que todavía no ha llegado. 

TELEMACO.—¿Usted crée? 

VICTORIA.—Sí, esa hora pasará, pasará; la tranquila mi¬ 
rada del lucero está segura. Nos mira, con la misma 
clara luz, nuestras horas escritas de alegría y de do¬ 
lor. Y nos moriremos, y la noche seguirá mirando 
sin piedad por el ojo de luz del lucero, como si no 
hubiese visto nuestra muerte. (Mientras habla, un 
pensamiento distinto ha movido su cuerpo y sus 
gestos que quieren ser de audaz intimidad con Te- 
lémaco. En el gesto de él hay una terca atención de 
querer saber, con sorpresa y enojo, si ella está ha¬ 
blando con las palabras o con el cuerpo, del que él 
huye sin disimulo, empequeñeciéndose en la silla). 

TELEMACO.—Señorita... si nos vieran... Usted, yo... 
La gente, el patrón... 

VICTORIA.—(Simulando sorpresa). La gente, papá, ¿pa¬ 
ra qué los recuerda? ¿No dijo recién que le gusta¬ 
ba soñar? 

TELEMACO.—^Eso era de chico; ahora todo el tiempo me 
lo lleva el plantar árboles. 

VICTORIA.—(Insinuándose). ¿Y si algo cayera en usted, 
y levantara otro sueño? 

TELEMACO.—No comprendo, señorita. Paso el día sobre 
la tierra, sembrándola. Voy abriendo y guardando 
en los surcos, de sol a sol, las semillas; mis tranqui¬ 
las esperanzas. 

VICTORIA.—(Intentando ahora más audaz, vencer con su 
cuerpo y los gestos la terca negativa de Telémaco). 
Si yo fuera hombre, buscaría siempre la libertad; 
andaría por todos los caminos; conocería todas las 
cosas. 

TELEMACO.—^Yo quisiera ser libre para quedarme sobre 
un pedazo de tierra y hacer una sola cosa, que fue¬ 
ra la mía. 



28 Justino Zavala Müniz 

VICTORIA.—(Hacia él extendiendo el rostro con la pro¬ 
mesa de un beso). ¿Y si le dieran algo que usted 
nunca esperó? 

TELEMACO.— (Apartándose con enojo humilde). ¡Seño¬ 
rita!... ¿Seguimos? 

VICTORIA.— (Con enojo contenido) Seguimos. (Vuelve a 
dictar). Pero el hombre es torpe y no comprenderá. 
Así ella sintió que sólo arrojándose hasta saltar el 
círculo de los juicios inconmovibles del hombre, po¬ 
dría hallar su verdadera libertad. 



ESCENA CUARTA 


Entra Servando seguido de Martín. Aquél es un hombre 
de 50 años; alto, huesoso, llena de ángulos violentos la cara, 
ensombrecida por el bigote negro que cae, desaliñado, sobre 
los labios. Los ojos brillantes miran de un modo tenaz e in¬ 
cierto. ■\íestirá como el hombre rico del campo: botas, bom¬ 
bachas, ancho cinturón sosteniendo el revólver; camisa de 
color claro; golilla blanca. La cabellera negra caerá sobre un 
costado, con las huellas del viento del campo. Andará con el 
paso del gaucho a quien el alcohol ha vuelto pesado. Como su 
mirada, que no cae jamás sobre las cosas, sino que parece 
buscar en el espacio algo que ella sólo vé, así su risa extem¬ 
poránea, mezcla de taimado y cruel, da la sensación de reír 
de algo que está escuchando dentro de sí, olvidado de quien 
tiene delante. 

Martín avanza en la sombra que proyecta el gran cuer¬ 
po de Servando. Tiene 12 años de edad. Es pequeño; oscure¬ 
cido el gesto; torcidas las piernas; cansado el andar. Mísero 
el vestido; mísero el cuerpo; más triste aún el alma. 

Mientras Servando trae en la mano el mate, Martín le 
sigue con la caldera y la pequeña damajuana de caña. 

Al sentir los pasos de Servando, Telémaco se ha puesto 
de pié. 

TELEMACO.—^Buenas noches. Patrón. 

SERVANDO.—(Burlón, a Victoria) Dejá a ese cristiano 
que duerma. Para lo que él precisa, le alcanza con 
saber hacer la raya de un surco. Esas historias con 
que querés llenarle la cabeza, terminarán por arran¬ 
carlo de la tierra. 

TELEMACO.—(Sin atender a la burla). Tendríamos ne- 



ao 


Justino Zavala Muniz 


cesidad, don Servando, de un arado para romper el 
campo nuevo. 

SERVANDO.—(Con hastío) Todos los días usted precisa 
algo para su tierra. (Sentándose junto a la mesa). 
Ahora no estoy para disponer nada. (Dando el mate 
a Martín, que se ha parado detrás suyo). Ya estás 
como las liebres, ¡animal! durmiendo de ojo abierto? 
Calentá ese mate. (Martín sale. Servando continúa, 
dirigiéndose a Telémaco). Otro día hablaremos de 
eso del arado. 

TELEMACO.—Se nos resecará la tierra. 

SERVANDO.—(Agrio, para cortar el diálogo). Esperare¬ 
mos la lluvia. 

TELEMACO.—Se nos va el tiempo. 

SERVANDO.—(Tendiendo los brazos, cuyas manos cruza 
sobre la mesa). ¡Y que se vaya! 

TELEMACO.—Sí señor. Buenas noches. (Sale). 

VICTORIA.—Buenas noches. 

SERVANDO.—(A Victoria). Serví una copa. 

VICTORIA.—(Mientras se dirige al aparador y busca la 
copa para servir la caña). ¡Qué respuesta, papá, a 
quien quiere hacer algo aquí en donde nadie hace 
ns-dci! 

SERVANDO.—¿Quién lo obliga? 

VICTORIA.—¡Claro; mejores son los del galpón: miran 
pasar las horas en la rueda del mate, o paseando por 
el campo; y, para que nada les falte, el patrón los 
divierte! ¡Así va todo!... 

SERVANDO.—¿Y si yo no quiero otra cosa? 

VICTORIA.—Tu campo se hace pedazos, papá. Cada año 
don Manuel se lleva entre las manos, unas cuchillas, 
unas cañadas, el monte... Y tú con los brazos 
caídos. 

SERVANDO.—¿Y pa qué lo querés vos, si te aburrís 
en él? 

VICTORIA.—^Pero tú, que de joven abandonaste los estu¬ 
dios diciendo que lo querías trabajar... 



La Cruz de los Caminos 81 

SERVANDO.— (Ríe; luego calla en un silencio tan extem¬ 
poráneo como su risa). No me daba la voluntad pa¬ 
ra el estudio. 

VICTORIA.—Ni para el trabajo. 

SERVANDO.—Ni para este trabajo. (Confidencial, con ex¬ 
traño acento afectuoso). ¿Sabés, Victoria: todo el 
mundo, Telémaco, vos, Manuel, viven queriendo ga¬ 
nar el tiempo; llenarlo de algo. Pues yo miro a ve¬ 
ces al cielo y allí, a pesar del día y la noche, parece 
que no hay tiempo. ¿No hallás vos? Después... ten¬ 
go para mí que nací con el tiempo ya perdido. 

VICTORIA.—¿Con el tiempo perdido? 

SERVANDO.— (Vuelve por sí mismo a llenar la copa) 
Pues sí. Nací después de mi tiempo, y allá se me 
perdió el alma. Yo debía ser de entonces, cuando la 
voluntad era un golpe rápido del brazo con un cu¬ 
chillo en la mano, o un golpe seco en el cuerpo, por 
un hierro de lanza en el pecho. ¡Pero este andar, y 
andar... andar... que tu trabajo de hoy sea un 
hecho recién dentro de un año, y la voluntad ten¬ 
dida esperándolo... Y así llegar, ennegreciendo el 
campo de surcos, hasta los horizontes. (Sin transi¬ 
ción, violento). ¿Y ese gurí, se ha dormido con el 
mate? 

VICTORIA.— (Llamando hacia el patio). ¡Martín, el mate! 

MARTIN.— (Su voz desde la cocina). Ya vá, señorita. 
(Después de un breve silencio, se le siente llorar) 
¡Ay, ay... ¿Por qué me pega? 

VICTORIA.— (Hacia el patio) ¿Quién te pega? 

UNA VOZ DE MUJER.—Soy yo, señorita. Este diantre 
me revuelve el fuego. 

VICTORIA.— (Impaciente, a su padre que lleva la copa 
a los labios). ¿Seguirás tomando más caña? ¡Ter¬ 
minarás por caerte borracho! (Queriendo conven¬ 
cerlo). ¿Por qué no sales, vas a ver a tus vecinos, 
haces un viaje? 

SERVANDO.—(Hablando con la dificultad que el al- 



Justino Zavala Muniz 


cohol pone en su pensamiento). De jame aquí tran¬ 
quilo. Andar por donde uno conoce... es pasearse 
por el aburrimiento... Tenés conocidos los cardos 
del camino; sabés qué cañadas florecen de marga¬ 
ritas las primaveras. 

VICTORIA.—Te llevaré lejos; ahí tenemos el auto. 

SERVANDO.—Al principio era lindo ver cambiar el 
campo tan ligero. La velocidad hacía un campo nue¬ 
vo; la distancia se acorta, no existe. Pero a poco 
de andar, todo se te vuelve altos y llanuras. Sí, eso 
es: altos y llanuras... (De nuevo parece como si 
la risa se escapara por los labios que encontró abier¬ 
tos). Y aunque corrieses toda la vida, no encontra¬ 
rías otra cosa; aunque fueses mucho más ligero, al¬ 
tos y llanuras en el camino. Como en el tiempo, día 
y noche. (Pausa). Te caerías muerto, tendido en el 
camino, bajo el sol o perdido en la sombra, y el ca¬ 
mino, sigue igual: altos y llanuras. El tiempo, igual: 
día y noche. (Pausa). Mejor entonces, como yo: si no 
están hechos para entretenernos ni para descansar, 
los caminos ni el tiempo, mejor quedarse así, quieto 
en un lugar y en una cosa. Y aquí terminan mi ca¬ 
mino y mi tiempo. ¿Comprendés? 

VICTORIA.— (Desinteresada del diálogo). Todo eso para 
no hacer nada... 

SERVANDO.— (Sorprendido). ¡Güé! ¡Claro que es para 
no hacer nada! ¿Para qué cansarte? Cuando mira¬ 
mos un cerro, es como las horas felices que espera¬ 
mos ... eso es... mas después es el propio cerro que 
no nos deja ver el camino entretenido que anduvi¬ 
mos. (Martín entra y continúa cebando mate. Ser¬ 
vando da un sorbo y prosigue). La hora gozada tam¬ 
bién pasa y, lo peor... nos oculta los días de espe¬ 
ranza dichosa. (Victoria se ha puesto a mirar el cie¬ 
lo desde la ventana. Servando sorbe, distraído, el 
mate; Martín, vencido de sueño, se recuesta, medro¬ 
so, a la pared). Así fué cuando yo quise.. . la no- 



La Cruz de los Caminos 


33 


che del casorio como alto cerro; llegaste a él atra¬ 
vesando sueños. Un tiempo después, desde las lla¬ 
nuras del matrimonio mirás para atrás, y aquella 
noche se atraviesa tapándote para siempre aquellos 
sueños. 

VICTORIA.— (Con enojo). jSi pudiera oírlo mi madre! 

SERVANDO.—¡Si a lo mejor fué de ella que aprendí es¬ 
to: paró su vida en un día. (Sorbe su caña). Años 
después de casada parecía una novia.., Yo ya ha¬ 
bía pasado... pero ella veía las cosas así, y vivió 
contenta. 

VICTORIA.—(Siempre de espaldas). Tú en cambio, te 
rebajas haciéndote igual a los peones. Antes no eras 
así!... 

SERVANDO.—(A Martín, violento). ¿Ya estás durmien¬ 
do, trompeta? (A Victoria, naturalmente) Los peo¬ 
nes son gente como nosotros. 

VICTORIA.—Los peones, son peones. 

SERVANDO.—(Burlón). Telémaco también lo es. 

VICTORIA.—(Intentando detener el pensamiento de su 
padre). Telémaco se empeña en ser mejor; igual a 
nosotros. Yo lo ayudo por eso, a subir. 

SERVANDO.—(Con el mismo acento de burla). Los otros 
también quieren y yo los ayudo. 

VICTORIA.—(Con enojo incontenido). ¡Rebajándote! 

SERVANDO.—Hay la misma distancia en bajar que en 
subir... y bajando, se anda más rápido (Se llena 
otra copa). Bajando, de un golpe los emparejo .. 
todos conmigo. (Pausa). Vos tendrías que subir... 
uno a uno... y no te daría para eso, una vida. (La 
palabra de Victoria va creciendo en vivacidad, en 
tanto Servando hace cada vez más lenta a la suya. 
Después de un silencio). Y decime, Victoria: ¿pa 
qué, mismo, te tomás ese trabajo con Telémaco? 

VICTORIA.—Busco algo en qué emplear a mi alma. 

SERVANDO.— (Ríe sonoramente ante los ojos interro¬ 
gantes y audaces de su hija) ¿Tu alma?. .. Eso es... 



34 Justino Zavala Muntz 

Bueno (Lleva lentamente la copa a los labios. La 
coloca sobre la mesa; la hace girar con igual len> 
titud sobre su base, fijos en ella los ojos. Extiende 
hacia adelante el busto, y habla como si fuera con* 
sigo mismo). Eso es... el alma. (Pausa). Emplear 
el alma... ¿Y el cuerpo? 

VICTORIA.—(Desafiante). ¿Y si fuera así? 

SERVANDO.—(Vuelve a hacer girar la copa y a contem* 
piarla. Con el mismo acento opaco). Si fuera así... 
serías una yegua. 

VICTORIA.—¡Borracho!... (Servando echa hacia atrás el 
busto, y ríe con más estrépito que nunca). 


TELON 



JORNADA SEGUNDA 

Patio de la casa de SERVANDO, que mira al camino. Al 
foro, la casa colonial vista por fuera: dos amplias ventanas 
enrejadas, en el lienzo blanco y liso de la pared levantada 
sobre un ancho friso azul, coronada por una cornisa simple. 

Entre las ventanas, la puerta del zaguán, abierta, dejan¬ 
do ver el interior, tan amplio que más parece un vestíbulo; 
tal como en las antiguas construcciones ricas del campe se 
estilaba. Por la ventana abierta de la izquierda se verá el 
interior del comedor. Al fondo del zaguán decorado con mue¬ 
bles de mimbre, se verá la puerta que comunica con el patio 
interior; cerrada. La ventana de la derecha permanecerá 
también cerrada. 

En el primer plano de la escena, y correspondiendo a ca¬ 
da una de las esquinas del edificio, un paraíso gigante. Ban¬ 
cos de piedra a la sombra de los árboles. La mañana tiene 
una alegría dispersa en la luz del cielo, de los árboles, de las 
cosas. En el campo, se ha de estar oyendo en el balido de las 
majadas; entre los árboles de la quinta se alzará y caerá 
en los cantos de los pájaros, claros y limpios; lluvia con sol. 
En los patios, las mismas palabras que los hombres pronun¬ 
ciaron el iilviemo se iluminan ahora de alegría. 

La sombra no es sombra; es ternura de lu^. 



ESCENA PRIMERA 


(FILOMENA se ocupa en barrer el patio. En ella toda 
es ancho: vestidos, caderas, senos, labios. Sus formas, conte¬ 
nidas en la poquedad de la estatura, se han desbordado en 
curvas caídas hacia atrás, adelante y los costados. Sobre el 
claro percal con que se viste, saltan pueriles florecillas rosa¬ 
das. No parece de aquella pesada masa sin dirección, la vo- 
cecita nerviosa con que habla). 

FILOMENA.—(Cantando con un aire de tonada): 

Llenar de surcos la tierra. 

Una casa levantar, 

Es lo mismo que a la idea 
Te pusieras a alambrar. 

Deja a los campos vacíos 
En su bella libertad. 

Y así tendrás en los ojos 
Soledad para soñar. 

VICTORIA.—(Desde el comedor, asomada a la ventana) 
¿No vió el plumero, Filomena? 

FILOMENA.—(Dejando de barrer). ¡Yo qué sé del plu¬ 
mero! 

VICTORIA.—Estaba aquí, en el comedor... 

FILOMENA.—(Vuelve a barrer). Pues por ahi estr.rá. 
(Váse Victoria). 

TELE]^^CO.—(Aparece con actitud preocupada, por el 
costado derecho. Trae una podadera y un pequeño 
serrucho en la mano. Atraviesa la escena mirando 
hacia un lado y otro, tal como si buscara algo caído 
en el suelo). Buen día, doña Filomena. 

FILOMENA.—(Deja de barrer; apoya las dos manos so¬ 
bre el cabo de la escoba y en ellas el mentón. Ape- 



38 


Justino Zavala Muniz 


ñas disimula la burla de su pensamiento). Güen 

óido, Telémaco. 

TELEMACO.—(Deteniéndose). ¿Cómo decía? 

FILOMENA.—No, nada... era un decir, no más. ¿No 
vás al rodeo? 

TELEMACO.—(Alejándose). Voy a podar la quinta. 

FILOMENA.—(Vuelve a barrer). ¡Ah, sí... Tendrás mu¬ 
cho que cortar. ¡Con qué vicio te crecieron algu¬ 
nos árboles, ¿eh? 

TELEMACO.—Es verdad. 

FILOMENA.—(Detenida junto al paraíso de la derecha 
mientras Telémaco se ha detenido junto al de la 
izquierda). Ché, Telémaco: me palpita que vos an- 
dás medio ido. 

TELEMACO.—¿Yo? 

FILOMENA.—¡Claro que vos! Anoche no más me pe¬ 
gaste un susto. Yo había ido al picadero a buscar 
leña, y te vide en la quinta como una visión del 
otro mundo. Con una luz en la mano, vos eras una 
sombra grandota haciendo bailar a tu alrededor las 
sombras de los árboles... 

TELEMACO.—(Yéndose). Andaba buscando hormigas. 

FILOMENA.—(A un peón que se ve pasar por el costado 
derecho de la escena). Ché, Meyao: a ver si me 
traes el huesito del corazón; lo preciso pa una me- 
decina. (Sin dejar de barrer, a otro peón que se 
supone pasa más lejos). Moreno, si vas por el ba¬ 
ñado bombiame la tubiana. 

PEON.—(Asoma por el costado izquierdo). Diga, vieja: 
¿Vd. no vió mi cuchillo? 

FILOMENA.—(Sin dejar de barrer). ¿Qué tengo yo que 
ver con tu cuchillo? 

PEON.—¿Vd. no lo vió? 

FILOMENA.—¿Soy tu madre pa andar cuidándote las 
pilchas? 

PEON.—(Yéndose. A uno que se supone lejos). ¡Dejé 
ese lazo que es mío, negro! (Alguien silba llaman¬ 
do a los perros. 



ESCENA SEGUNDA 


(Entra Inocencia. Sesenta años, pasando con el agua 
de los días por su cuerpo, han gastado las débiles superfi¬ 
cies y sólo quedan ya las endurecidas formas de los huesos. 
Parece venida al mundo no de un vientre de mujer, sino 
creada por los labios de algún narrador imaginativo para 
sus cuentos de brujerías. Al verla, Filomena deja la escoba 
y corre a abrazarla). 

FILOMENA.—¡Hola comadre Inocencia... qué milagro! 
¿Qué la trae por aquí? (Las mujeres se abrazan, 
pareciendo que se azotaran las mejillas con los be« 
sos repetidos que se asestan). 

INOCENCIA.—Ya lo vé, comadre. Como supe que esta¬ 
ban de camiada, me vine arrimando... 

FILOMENA.—(Maliciosa). Güen olfato, comadre... ni 
los cuervos... 

INOCENCIA.—¿Qué quiere? Pa algo han de ser los ri¬ 
cos; pa ayudarnos a los pobres. 

FILOMENA.—Pues está claro... 

PEON.—(Vuelve a asomar por detrás del paraíso de la 
izquierda. Con afectuosa cortesía). Diga, doña Fi¬ 
lomena: ¿no me empresta la cuchilla de la cocina? 
Perdí el mío... 

FILOMENA.—¿Y por qué no comprás? B1 boliche ertá 
bien cerca. 

PEON.—Es pa cueriar la vaca y ahora no hay tiempo pa 
ir a comprar. 

FILOMENA.—^La mellan, y después andan mañereando 
pa afilarla. 

PEON.—(Sonriendo). Si me la empresta, le traigo la 
tripa gorda. 



40 


Justino Zavala Muniz 


FILOMENA.—¿Vos creés que soy carancho? ¡Mandáte 
mudar y no amolés la pacencia! 

PEON.—(Yéndose). ¡Pucha, vieja bellaca! 

FILOMENA.—¡Andá, ladiao!... 

(Por la esquina izquierda del frente de la casa, aparece 
Victoria. A pocos pasos detrás suyo viene Telémaco. Bien 
se advierte que ella huye, soberbia, de la terquedad humil¬ 
de con que él la sigue. Aunque no pronuncian palabras 
mientras abrevian la distancia hasta la puerta del zaguán 
por donde ella penetra y se esconde, los gestos dicen tan 
alto de los ruegos desechos del hombre ante el duro silen¬ 
cio de la mujer, que las viejas en el patio los oyen con los 
ojos avizores, mientras se sientan en el banco que sombrea 
el paraíso de la derecha. Desaparecida Victoria, Telémaco 
quédase dando pasos sin sentido en el patio, sin que su per¬ 
dida voluntad acierte a encontrar el gesto del disimulo. Y 
las viejas, casi nariz contra nariz, rodilla contra rodilla, son 
la viva imagen de la habladuría popular, que por un ade¬ 
mán entran camino de las almas extrañas, juzgan sus se¬ 
cretos como si en la palma de la mano tuvieran el ajeno 
corazón, y con él jugaran mientras charlan y charlan. ¿Qué 
honradez persiste, bajo esos ojillos, mientras saltan las pa¬ 
labras entre los labios resecos?) 

INOCENCIA.—¿Y es ansina, no más? 

FILOMENA.—¿Quién lo duda, comadre? ¡Y pa éso tan¬ 
to orgullo! 

INOCENCIA.—¡Con un sucio! (Sarcástica) ¡Tan aseadi- 
ta la moza!... Mas quién lleva adentro la suciedad 
del vicio, ni siente la suciedad del hombre. ¿Vd. 
no halla? 

(El paso con que Telémaco va hacia la izquierda, bien 
denota que apenas si ha de alejarse del edificio donde que¬ 
da Victoria). 

FILOMENA.—^Ahi lo tiene, al zonzo ese: tanto levantó 
la boca, que se escupió la cara. 

INOCENCIA.—No vido que quitados los trapos, no son 
más que una pobre! 



La Cbüz ds los Caminos 


41 


FILOMENA. —ésas son, comadre, las que ponen y sa¬ 
can la honra a las pobres. ¡Mal haya el hombre 
que cae en sus arterias, o la mujer en su lengua...! 

INOCENCIA.—¡Ah, comadre, no me diga lo que es la 
gente pa apreciar al prójimo... Mire usté que lo 
que dijeron de su asunto con el pulpero!... 

FILOMENA.—(Intentando desviar el mortificante recuer¬ 
do que la maldad de la otra trajo al diálogo). Eso 
ya se olvidó hace tiempo, Y bien lo pagué, coma¬ 
dre. (En una tímida justificación) A más... tan 
poco aprecio hizo de mí el Barroso, que en casa en¬ 
tró la desgracia. 

INOCENCIA.—La desgracia.., jué ansina, comadre. ¡Po- 
brecito... él mismo me lo contó... Claro que no 
estaba bien aquello de pasarse las noches en la 
carpeta olvidao de su mujercita. ¡El vicio, del hom¬ 
bre ...! 

FILOMENA.—(Ante la imperturbable maldad de Ino¬ 
cencia, mira de frente al recuerdo y quiere diluir 
su disgusto en cinismo). ;.Usté sabe los sustos de 
una mujer sola en el rancho, mientras el namoero 
suena en los árboles fingiéndole voces de hombres 
que se acercan, de criaturas oue lloran? ¡Qué sé 
yo lo que el susto de la soledad le pone al ruido del 
viento en la noche!... 

INOCENCIA. — (Con la voz opaca, tal como si estuviera 
narrando la historia desgraciada de una muier que 
no es aquella que la escucha). Después de la des¬ 
gracia, el pobrecito de Barroso vino a casa a que¬ 
jarse. Dice que un amigo, ¡nunca fdltan malas ’en- 
guas pa contar estas cosas!... 

FILO^ffiNA.—Eso es, ¡nunca faltan!... 

INOCENCIA.— ... le avisó de sus amores con el pul¬ 
pero. El hombre por vergüenza, que no por des¬ 
confianza, salió aquel atardecer, como siempre. Y 
cuando usté dentró a la cocina, maneó el caballo 
en el bajo y se vino a los ranchos. Apenita si tuvo 



42 


Justino Z avala Munib 


tiempo de meterse abajo de la cama, cuando por el 
corredor sintió llegar al pulpero. (Como si toda¬ 
vía conservara el asombro) ¡Había sido verdad, 
comadre! 

FILOMENA.—La desgracia está escrita... y llega a 
tiempo... 

INOCENCIA.—^Dice que los vido dentrar a usté y al pul¬ 
pero al rancho. Peló el revólver el hombre; pero 
se contuvo. Quería convencerse. Ustedes en comen¬ 
zaron a sacarse las ropas. 

FILOMENA.—¡Quién lo hubiera carculado entonces! 

INOCENCIA.—Ahí tiene... Cuando ganaron la cama le 
temblaba el arma en la mano. Pensó ahí no más, di¬ 
ce él, darse a ver y matarlos!... 

FILOMENA.—¡Y yo, tán confiada! 

INOCENCIA.—Crujía la cama con los saltos de ustedes, y 
al Barroso, asegún cuenta, le crujían los dientes, 

FILOMENA.—Yo no sé pa qué le dió al pulpero por ha¬ 
cerme celar aquella noche. Eso sí, comadre; yo es¬ 
taba en la cama con el pulpero... pero las cosas son 
las cosas: yo nunca créi que el Barroso me jugara 
sucio con náides. 

INOCENCIA.—¿Y jué verdad que el pulpero le dijo a us¬ 
té: aónde andará el güey de tu marido? 

FILOMENA.—¡Así jué, no más! 

INOCENCIA.—¡Mire qué cosa ha de hacer el diablo! ¿Y 
lo de la jugada? 

FILOMENA.—Yo le dije: está en la carpeta. Y el pulpe¬ 
ro porfió, pa hacerme celar, que estaba en lo de la 
l^d.nc}iQd[8.* 

INOCENCIA.—Malicia del pulpero. 

FILOMENA.—¡Pura malicia! 

INOCENCIA.—¡Y el hombre, abajo de la cama, con el ar¬ 
ma en la mano! ¿Y después, comadre? Porque en 
llegando a esto, al hombre se le hace un hueco en 
el recuerdo, 

FILOMENA.— ¿Y después... ? Yo qué sé. Cuestión Jué que 



La C&uz dc ios Cauinos 43 

en comenzamos a discutir y a ráimos: que si está 
con la Manchada o está en la carpeta... 

INOCENCIA.—¡La rabia del Barroso abajo de la cama! 

FILOMENA.—^Yo discutía: ¿Pero vos no sabés lo que es 
el vicio del juego? Barroso nació jugador, se crió ju¬ 
gador, y va a estirar la pata jugando. El vicio do¬ 
mina al hombre. 

INOCENCIA.—¡Qué momento, comadre! 

FILOMENA.—Pal final, el pulpero me dijo: te juego diez 
pesos a que está con la Manchada. Acepto, dije yo. 
Y cerramos el trato con un beso. 

INOCENCIA.—¡Ave María! 

FILOMENA.—^No habíamos terminado de cerrar la apues¬ 
ta, cuando vide el revólver y la cara del Barroso 
salir de abajo de la cama. Juí a gritar, cuando él 
salió del todo y encarándose con el otro le dijo: ¡Per¬ 
diste, pulpero, yo estaba aquí! 



ESCENA TERCERA 


(Por la puerta del zaguán aparece Victoria y se dirige 
hacia el grupo de las viejas. Lleva un libro en la mano). 

VICTORIA.—Filomena, ¿cuándo vá a preparar las cosas 
de la matanza? 

(Las dos viejas al sentir a Victoria se ponen de pie, en 
actitud de irse). 

FILOMENA.—(Con mal contenida acritud). Güé, ya voy, 
pués. 

VICTORIA.—Por la ladera ya vienen con el rodeo. 

(En tanto las viejas vánse, en animado diálogo por la 
esquina de la izquierda, Victoria va a sentarse en el banco 
bajo el paraíso de la derecha, sin hacer caso de las miradas 
que a hurtadillas las viejas le asestan. Abre el libro e inten¬ 
ta leer. No ha pasado la primera página, cuando Telémaco 
aparece por el costado derecho del edificio y, con sordo paso, 
llega hasta detenerse a espaldas de ella). 

TELEMACO.—(En su voz hay el tono del ruego, como un 
tenue velo cubriendo el encono de la mirada). Vic¬ 
toria. .. 

VICTORIA.—(Sorprendida). ¿Usted? ¿Qué es esa inso- 

l0IlCÍd. ? ^ 

TELEMACO.—¿Cuál? 

VICTORIA.—(Poniéndose de pie). ¿Cómo me llama así? 
¿No comprende que nos espían? ¡Váyase! 

TELEMACO.—(No hay ni en su voz ni en su gesto ningún 
signo de altanería; pero aquella humildad del acen¬ 
to, no es tan imperturbable como su resolución de 
hablar) Señorita, dejemé... oiga un poco. Yo sé que 
no puedo decirlo bien... pero usted quiere que sea 
como antes cuando no había pasado nada. 



46 Justino Zavala Muniz 

VICTORIA.—Usted se ha vuelto insolente, Telémaco. 
¿Quién no vé ya sus faltas de respeto conmigo? ¿Por 
qué ha perdido aquel modo humilde de antes? (Con 
vehemencia). Ya no hay nada más, ¿comprende? 

TELEMACO.—(Ha recibido las palabras de Victoria, sin 
oírlas, sólo atento a recoger las suyas junto a sus la¬ 
bios. Tanto le ha costado unirlas). Si usted clavó en 
mí una espuela, ¿cómo quiere que corra y esté quie¬ 
to al mismo tiempo? jComo antes, como antes...! 
¿Qué se yo cómo era antes? Si tuve deseos, pasa¬ 
ban por mi alma sin huellas, como en el campo las 
sombras de las nubes del mediodía... 

VISTORIA.—Pues ahora debe ser lo mismo... 

TELEMACO.—No puede ser. Los surcos que usted abrió, 
huellas sucias de rastrojo son ahora... (Rodea el 
banco, extendidos los brazos hacia ella. Exaltado) 
¡Yo nunca lo había pensado! ¿Por qué me hiciste 
pensar y ser? ¡Yo quiero... 

VICTORIA.—(Con el temor en los ojos y en la voz) ¡Quie¬ 
to, Telémaco... papá... 



ESCENA CUARTA 


(Mientras Telémaco deja caer los brazos y Victoria ca¬ 
mina lentamente hacia la casa en donde entra, por el costado 
izquierdo vienen Servando y El Pájaro. El primero viste 
como en el acto anterior. El Pájaro es pequeño de formas; 
pero éstas tienen tan justo equilibrio, que parece ser un 
hombre de regular estatura. En sus vestidos, botas, poncho 
de verano, se aviva el recuerdo romántico de los gauchos. El 
perfil tiene la agudeza y sobriedad de un perfil de medalla. 
La voz es clara, lenta, emotiva. Todo en él es una audacia 
velada, que su hombría desatará si es preciso. Nadie move¬ 
ría sus juicios; nadie cambiaría su vida; todo comienza y ter¬ 
mina en él. Por eso no es humilde ni altanero. Las almas ex¬ 
trañas sólo son para la suya un espectáculo; cuando más, 
un episodio con que llena la imaginación mientras los cam¬ 
pos le miran pasar en los saltos de sus potros, o bajo las 
estrellas, en los perdidos caminos de la frontera, donde, con¬ 
trabandista, se va jugando y ganando la vida). 

SERVANDO.—(Á Telémaco). Dígale a Martín que traiga 
el mate para convidar al amigo. 

EL PAJARO.—Buen día, Telémaco. 

TELEMACO.—(Yéndose. A Servando) Sí señor. (A El Pᬠ
jaro). Buen día... 

SERVANDO.—(Al tiempo de hacerlo, en el banco más 
próximo). Sentáte Pájaro. (Mientras El Pájaro se 
sienta, adelantando una pierna tal como si no qui¬ 
siera pesar con todo su cuerpo sobre el banco). ¿Do¬ 
mando siempre? 

EL PAJARO.—Redomoniando la suya, sí señor. 

SERVANDO.—^¿Qué tal te va saliendo? El padre era muy 

btllaco. 



48 


Justino Zavala Muniz 


EL PAJARO.—Parece que va a ser güeña. Tan inquieta 
y alegre, que le he puesto un nombre raro. ¿Carcule? 

SERVANDO.—(Incapaz del más leve esfuerzo mental). 
¡Y yo qué sé...¡ 

EL PAJARO.—(Sonriendo). Esperanza... 

SERVANDO.—^Lo que yo no tengo. 

EL PAJARO.—(Vuelve a sonreír). A lo mejor fué por 
eso que la cristiané ansina; pa que monte en ella... 

SERVANDO.—Erraste, Pájaro: cuando me la traigas ya 
se habrá aquietado... y le va a quedar grande el 
nombre... 

EL PAJARO.—Será como un recuerdo. 

SERVANDO.—Tal como fueron no se recuerdan. Y des¬ 
pués. .. a ésa ya no la podré montar yo. (En su pa¬ 
labra se ha ido acentuando una callada idea de des¬ 
aliento que ahora se hace visible en el gesto). ¿Sa- 
bés Pájaro: por eso te esperaba... 

(Martín viene con la caldera, el mate, la damajuana 
y dos copas para servir caña. Servando coge y sorbe el ma¬ 
te que el niño le alcanza, mientras éste sirve caña a los 
dos hombres.) 

SERVANDO.—Ahí está cómo me alcanzó este día. ¡Qué 
cosa... la vida es un plazo, y otro, y otro, que se, 
cumplen. ¿Quién resiste? Eso es; cuando menos 
pensás, ahí está el plazo cumplido. Hoy viene don 
Manuel para recibirme la estancia... Ya es de él. 
Como un puñado de agua se me fué el tiempo, 
sin sentirlo, entre las manos... 

EL PAJARO.—¿La tenía hipotecada, don Servando? 

(Mientras los hombres hablan, Martín les ceba mate). 

SERVANDO.—¡Yo qué sé. Pájaro!; ¡yo qué sé!... ¡Ca¬ 
ramba! De una noche a una mañana, murió mi pa¬ 
dre, y fui rico. ¡Cómo cansa ser rico! Parece que 
el campo te pesara en las manos. (Contestando a 
alguien que habla dentro de él). ¿Por qué tiene imo 
que conservar lo que no quiso tener? Nacés, Pᬠ
jaro, rico: ¡y toda la vida el cansancio para llegar 



La Cruz de los Caminos 


49 


rico a la muerte! Un viaje tan largo... (Sonrién¬ 
dose). ¿no hallás?, cansándote de cargar en la es¬ 
palda un peso que dejás tirado en la tierra al lle¬ 
gar al final. 

EL PAJARO.—(Intentando bromear). Mi viaje es más 
corto, don Servando; todo está en cruzar bien una 
línea; La frontera. Y lo que cargo, lo juego una 
noche en la carpeta. Y si cuadra... también jue¬ 
go la vida en un camino. 

SERVANDO.—^Ahí está. Pájaro. Pero vos no querés na¬ 
da, y vivís contento. 

EL PAJARO.—^Y... don Servando... Una casa, una mu¬ 
jer, un campito; atan al hombre. (Sonríe). Pa mi 
parecer, al menos. Hasta una esperanza, ata como 
una cosa. Yo por éso, todo lo llevo encima; en la 
maleta va todo lo que tengo. 

SERVANDO.--¿Y no te aburrís. Pájaro, de andar siem¬ 
pre por los mismos lugares? ¿No te vienen ganas 
de irte por ahí? 

EL PAJARO.—No, don Servando. Me parece que llevo 
arrollada entre las patas de mi caballo, las cintas 
de todos los caminos. Y de áhi será, que se me van 
las ganas de hacerlos. 

SERVANDO.—^Puede ser. Pero yo... Ya ves: hoy es el 
último rodeo que mando parar, como dueño. Mirá 
Pájaro; hace noches que vengo pensando; nunca 
me había pasado esto; pero el plazo se cumplió... 
Y estoy cansado de no haber podido nunca querer 
alguna cosa, cualquiera, pero querer algo. Fui rico 
sin querer; y ahora soy pobre, sin querer. (Vuel¬ 
ve a servirse caña). ¡Qué sé yo!; tengo como la 
pereza extendida de un día de lluvia. ¿Te has fi- 
jao en los días del invierno, el agua cayendo con 
tantas vocecitas levantadas en el patio, cómo te 
llenan la cabeza de ideas? Pero la misma lluvia, 
cerrándote el campo como un trapo gris colgado de 
los árboles, te afloja en los brazos la voluntad. 



50 


Justino Zavala Muniz 


Su palabra tiene la lentitud del pensamiento obli¬ 
gado rara vez a hacerse vivo en la expresión. Y 
en la primavera... las mañanas tan frescas, todo 
es ágil: la luz, el caballo, el sonido... Y tu cuerpo 
parece una voluntad. Pero en la cabeza vacía te 
suena hasta la boca, esto: ¿Para qué, para qué? 
(Pausa). jSi yo hubiera podido una vez, tener al 
mismo tiempo la idea y la voluntad! 

EL PAJARO.—^Yo tengo pa mí, don Servando, que eso 
de la idea, como usté dice, ha de cansar al hombre. 
Cuando yo ando solo por el camino y veo que pue¬ 
de venirme una cosa de ésas, canto o silbo... (Son¬ 
ríe). Y ansina la voy ahuyentando. 

SERVANDO.—Tenés razón, Pájaro. (Pausa). Y allá en 
la ciudad, viven ahora diciendo que nosotros no 
hacemos nada; que los hombres del campo no lu¬ 
chamos, como ellos dicen. ¡Güe... claro que no ha¬ 
cemos nada! De mí te digo que pasé la vida así... 
(Abre los brazos; echa hacia atrás el busto; eleva 
los ojos al cielo queriendo hacer física la imagen), 
como el río Tacuarí en la llanura; pasando sin rui¬ 
do, recogiendo al cielo. (Pausa). Si por lo menos, 
ahora, que me voy a la ciudad, pudiera lejos, guarr 
dar el campo, como el Tacuarí se queda con la luz 
del cielo cuando ya es oscura la noche... 

EL PAJARO.—¿Y no le queda nada, don Servando? 

SERVANDO.—Me va a pasar una pensionsita vitalicia. 
(Continuando su disputa en voz alta, con la idea 
callada que le acosa). Que no queremos, que yo no 
quise cambiar nada. (Señala el horizonte). ¿Vos 
vés. Pájaro, en algún lado aquí, algo que quiera 
cambiar? ¿Para qué, entonces? 

DON MANUEL.—(Su voz alegre, pueril, suena desde la 
distancia, hacia la izquierda). Buen día, paisanos. 
¿Dan permiso para bajarse? 

SERVANDO.—(Aludiendo a la voz). Ahí lo tenés ya al 



íiA Crüe de los Caminos 51 

mísero ése. Andá a recibirlo. (A Martin, mientras 
EL Pájaro se ha levantado a su indicación). Traé 
una silla. (Su gesto se vuelve reconcentrado y 
agrio). 



ESCENA QUINTA 


(Por la lateral izquierda vienen El Pájaro y Don Ma¬ 
nuel. Este es un tipo híbrido, sin ningún gesto ni rasgo que 
alcance a definirlo. Su estatura es proporcionada; su ab¬ 
domen no alcanza a descomponer la figura; los ojitos son 
vivaces sin violencia; el bigote canoso sin ser blanco; vis¬ 
te con pulcritud que no es lujo. Las mismas botas que cal¬ 
za estilo campero, tienen un cuidado lustre ciudadano. Si 
en el campo la mediocridad tuviera una imagen, esa sería 
ésta. ¿Es de la ciudad? ¿Es del campo? Es de cualquier par¬ 
te, porque no es de ninguna. Ese mismo traje que viste, 
quitadas las botas, es el que usa en la rueda del club de su 
pueblo. Es, en suma, si pudiera usarse el término, la hi¬ 
pérbole de la justa medida. Lo que hay en él de cierto y 
fuerte, una imperturbable voluntad tendida hacia su fin, 
nadie lo advertiría, ni en la persona ni en la palabra. Pero 
io sabe el viajero que la cruza extendida en los valles, al¬ 
zada en las lomas, alejando alambrados y arrojando a los 
caminos o a los pueblos, a los hombres vencidos por sus 
manos regordetas. Por la puerta del zaguán vuelve Mar¬ 
tín con una silla que coloca frente a Servando) 

DON MANUEL.—(Al notar que Servando no hace ade¬ 
mán de levantarse para recibirlo). No se moleste, 
don Servando, ¿Qué tal, tomando el fresquito? (Ex¬ 
tiende la mano que el otro acoge fríamente). ¿Cómo 
va la señorita? (Mientras se sienta). ¡En buen esta- 
do el ganadito! ¿Piensa carnear? ¡Cómo está de ba¬ 
ja la Tablada! 

SERVANDO.—¿Cómo le vá? 

(El Pájaro vuelve a ocupar su asiento junto a Servan¬ 
do. Martín váse con la caldera a calentar el agua). 



54 


JCSTINO Zavala Müniz 


DON MANUEL.—^Bien, don Servando; muchas gracias. 
(Extrae con que liar un cigarro. A Servando). ¿Gus¬ 
ta servirse? 

SERVANDO.—(Siempre con sequedad). Gracias, recién 
fumé. 

DON MANUEL.—(Liando su cigarro). Sí, señor... 

(El Pájaro, ante la descortesía de Don Manuel de no 
ofrecérselo, comienza a liar de su tabaco un cigarro). 

DON MANUEL.—jQué lindo tiempo, ¿no verdad? 

SERVANDO.—Muy lindo. 

DON MANUEL.—Sí señor... 

SERVANDO.—Sí señor... 

DON MANUEL.—Este animalito que carnea hoy, va por 
su cuenta, ¿no verdad? ¡Claro, me explico... la 
despedida... 

SERVANDO.—(Ríe con su risa extraña). Claro, la. des¬ 
pedida. 

DON MANUEL.—^Ya podíamos aprovechar para contar 
el ganadito. ¿No le parece? 

SERVANDO.—Podíamos. 

DON MANUEL.—Sí señor... 

EL PAJARO.—(Creyendo a su presencia culpable del 
visible embarazo de Don Manuel. Levantándose). 
Con su permiso. 

SERVANDO.—¿Dónde vas? 

EL PAJARO.—Parece que estorbo. Irán a hablar de ne¬ 
gocios. .. 

SERVANDO.—^A mí no. Quedáte; la cosa es clara: de 
esto ya nada es mío, todo es de este hombre. 

DON MANUEL.—Los negocios... 

(El Pájaro se sienta. Martín vuelve a cebar mate). 

SERVANDO.—Y digamé: ¿no podíamos arreglar para yo 
quedarme en las casas y con unas cuadras? He es¬ 
tado pensando que con un poco de trabajo yo arre¬ 
glaría mi situación. Todavía tengo voluntad y fuer¬ 
zas. 

DON MANUEL.—¿Qué quiere hacer don Servando? 



La Cruz de los Caminos 


55 


SERVANDO.—¡Yo qué sé... (Ríe con sonora carcajada. 
Se sirve nuevamente caña). La verdad es que yo 
nunca he podido querer nada. Sí, eso es... Pero 
ahora parece que va a cambiar la cosa. 

DON MANUEL.—(Como disculpándose de una negativa 
que nadie torcerá). Y yo... tengo todo tan resuel¬ 
to. .. Para decirle la verdad, éste es el último ne¬ 
gocio que hago. Sí señor... Hace años que estoy 
cansado de tanto querer siempre aumentar el 
campito... 

EL PAJARO.—(Irónico). ¿El campito? 

DON MANUEL.—El campito... ¿Sabe? Yo empecé de 
muchacho, repartiendo cartas en el pueblo; entonces 
no había carteros. Los vecinos me pagaban un real, 
dos... Algunos me regalaban una carrada de leña 
en el invierno, que yo mismo cortaba; otros, una va- 
quita... (Con ánimo de halago). ¡Hombre, su pa¬ 
dre f ué uno de ellos. Y bueno... así f ué toda la vi¬ 
da; juntando vintén sobre vintén; queriendo siem¬ 
pre, sin descanso, juntar un capitalcito. 

SERVANDO.—Y lo juntó. 

DON MANUEL.—Sí señor. Y ahí está mi desgracia; no 
me alcanza... 

SERVANDO.— (Ríe). ¡Pero si usted es muy rico! 

DON MANUEL.—Es justo; soy rico. ¿Para que se lo voy 
a negar? Pero soy un desgraciado. A usted que es 
un amigo, se lo puedo decir, sí señor. ¡Toda la vida 
queriendo ser rico, y ahora que lo soy, no puedo ser 
como rico! ’ - 

EL PAJARO.—¡Güé, eso es lindo...! ¡Nunca había óido 
una cosa ansina! 

DON MANUEL.—¿Usted tiene algo, amigo? 

EL PAJARO.—(Sonriendo). Por áura... el caballo y el 
coraje. ¿Alcanza? 

(Servando ríe sonoramente). 

DON MANUEL.—^Yo me hice, toda la vida, queriendo aho¬ 
rrar, ahorrar... Sí señor. Y ahora que ya tengo lo 



56 


Justino Zavala Muniz 


que quise, no puedo dejar de querer. 

SERVANDO.—(Riendo) ¡Justo como yo! (El gesto y el 
tono con que habla, hacen creer que una voluntad 
decidida dirige sus palabras). Bueno; es muy rara 
y dolorida su historia... 

EL PAJARO.—(Siempre irónico). Como de paisanos. 

SERVANDO.—Eso es; de paisano. Pero vamos a lo que 
dije: ¿Podemos arreglar así, de quedarme? 

DON MANUEL.—Ahí está, don Servando... que tengo 
un ganadito comprado para poner en este campo. 
¿Sabe? Una invernada para vender antes del año, 
pues tengo un compromiso grande. 

SERVANDO.—¡Pero si yo no digo más que unas cuadras 
y la casa. 

DON MANUEL.—^Y... usted es campero y sabe que el 
barullo... el movimiento, asustan al ganado y no 
lo dejan engordar. Y... ahí está... ¿Sabe? Por ser 
usted yo hice este negocio; yo quería descansar. 

SERVANDO.—^De modo que... 

DON MANUEL.—Y... ahí está... Mi campito está muy 
apretado; necesito todo este potrero porque usted 
ve, le voy a explicar: corriendo el alambre hasta el 
cañadón, y levantando éste de la chacra yo traigo 
aquí a un moreno al que ya le di esta casa para vi¬ 
vir de puestero... 

SERVANDO.—(De su ánimo vuelve a irse la voluntad). 
Bueno, basta. Ud. mira ahora todo esto como dueño... 
(Ríe), yo también... Sólo que usted es el dueño, 
mismo. (Llamando). ¡Telémaco! (Volviendo a di¬ 
rigirse a Don Manuel). Vamos a arreglar eso de los 
árboles. 

DON MANUEL.—Como usted guste. 

(Por el costado derecho aparece Telémaco). 

TELEMACO.—¿Llamaba patrón? (A Don Manuel) Buen 
día... 

DON MANUEL.—Buen día, paisano. 

SERVANDO.— (A Telémaco). Sí. ¿Cuánto crée Ud. que 



La Cruz de los Caminos 


57 


vale cada árbol de la quinta? 

TELEMACO.—(Después de un silencio ocupado en hacer 
los cálculos). Y..uno con otro... seis pesos. 

DON MANUEL.—(Sin poder disimular la violencia). ¿Es¬ 
tá loco, amigo? ¿De dónde saca esos cálculos? 

TELEMACO.—(Con digna serenidad). De lo que me costó 
criarlos. 

DON MANUEL.—(Con un dejo de desprecio). Yo pago los 
árboles, y no su trabajo. 

TELEMACO.—Los árboles son mi trabajo. 

DON MANUEL.—(Irónico). ¿Es esa la fruta que dan? 

TELEMACO.—Eso es lo que valen. Son casi todos na¬ 
ranjos. 

DON MANUEL.—^Las vacas no comen naranjas... 

TELEMACO.—Yo no los planté para las vacas. 

DON MANUEL.—Pero yo los compro para ellas; servi¬ 
rán de sombra... 

TELEMACO.—(A Servando). ¿Se va deshacer la quin¬ 
ta, patrón? 

SERVANDO.—Ya lo oye. 

TELEMACO.—¿Así que yo no trabajaré más en ella? ¿Y 
los que recién están creciendo? Hay dos almácigos 
para mudar... 

DON MANUEL.—Esto será un potrero. 

TELEMACO.—¿Y vá a soltar aquí el ganado? 

DON MANUEL.—Pues está claro. 

TELEMACO.—¿Y yo? 

DON MANUEL.— ¿Usted? ¡Yo que sé...! 

TELEMACO.—¿Perdí mi trabajo? ¿Se deshace todo, cha¬ 
cra, quinta? Don Servando, ¿quién manda aquí? 

SERVANDO.—Mire Telémaco: resulta que se venció el 
plazo de la hipoteca, no pude pagar, y ahí tiene... 
(Señalando a Don Manuel). El es el dueño. 

TELEMACO.—(Sin ocultar su angustia). ¿Pero y los ár¬ 
boles? ¿Y yo? 

DON MANUEL.—(En su gesto se advierte cuánto le des¬ 
conciertan las palabras del peón). ¿Pero y usted 
quién es? 



58 


Justino Zavala Muniz 


TELEMACO.—¡El que ha trabajado; el que trabaja! (Su 
angustia se vuelve indignación). Ud. era el dueño de 
la tierra y la perdió, yo no sé cómo. Y porque ahora 
Ud. es el dueño, yo pierdo mi trabajo? (Su exalta¬ 
ción se acrece a medida que habla, hasta olvidar la 
distancia que el dinero pone en el lenguaje de los 
hombres). ¿Así es que mi voluntad por mucha que 
sea, no vale nada? ¿Nada? (Señalando a un hombre 
y a otro). Ud. era el dueño y se la vendió a él. Y 
mientras tanto, yo era quién trabajaba la tierra, y 
crecían los árboles... (Su palabra es casi un grito). 
¡Y ahora... ahora... Uds. pueden, yo no puedo na¬ 
da! ¿Para qué entonces sirve toda mi voluntad? 

DON MANUEL.—^Amigo: yo preciso todo el campo. 

TELEMACO.—¿Y mi trabajo? ¿Y los árboles? ¿Dónde voy 
con mi trabajo en los brazos si Ud. me echa de la 
tierra? 

DON MANUEL.—Siempre hay en algún lado trabajo... 

TELEMACO.—¿Dónde está? 

DON MANUEL.—El mundo es grande... 

TELEMACO.—Ustedes lo hacen chico. (Con voz de rue¬ 
go). ¡Don Servando, conserve la quinta! 

SERVANDO.—(Levantándose. Los otros le imitan). No 
puedo, Telémaco. Yo qué sé... me alcanzó el tiem¬ 
po... yo estaba distraído... no lo sentí. Así anda 
él. (Adelantando hacia la izquierda). Vamos don 
Manuel a ver los árboles; ya veremos lo que valen. 
Vaya Telémaco; ya vienen con el ganado; que ma¬ 
ten una vaquillona. 

EL PAJARO.—(Deja avanzar a los otros y se vuelve hacia 
Telémaco). Sólo los caminos, Telémaco, nos van de¬ 
jando pa nuestra voluntá... Y éso mesmo, pa que 
andes y andes... que en su angostura alambrada 
nadie puede posar. Ansina es la ley... (Váse. Te¬ 
lémaco se queda, caídos los brazos; caída la cabeza; 
perdido el pensamiento). 



ESCENA SEXTA 


(Victoria ha oído, desde el interior de la casa, las pala¬ 
bras desesperadas de Telémaco. Y ella, que un momento an¬ 
tes ahuyentara al peón, vuelve ahora al patio movida por la 
piedad. Así se acerca a él, que permanece inmóvil, sin ver- 
la. Desde la distancia de la izquierda, se siente la alegría 
de un silbido extendido sobre la cabeza del rodeo, como una 
soga que lo sujetara. Otra vez, es la exclamación regocijada 
de un hombre: “¡Oigalé el duro...” Y la frase se pierde en 
la distancia. Más cerca, otro grita: “¡Cuidao la ronda, negro, 
que te degüella!” Y el silbido se alarga de nuevo, preten¬ 
diendo aquietar las alzadas cabezas del ganado. El rodeo es¬ 
tá cerca y su alegría salta hasta el patio durante toda la 
escena). 

VICTORIA.—Telémaco... (Este levanta la cabeza y la 
mira con aire hosco). ¿Discutía? 

TELEMACO.—(Su palabra disimulará la violencia que 
agita su alma. Así irá creciendo hasta expresar el 
odio). Deshacen la quinta, me echan de entre mis 
árboles... No tuvo horas el día para mi trabajo en 
ella. Y porque su padre no contó los días de un ven¬ 
cimiento, ahora nos echan de aquí. ¿Adónde4remos? 

VICTORIA.—^Parece que a vivir al pueblo, nosotros. ¿Y 
usted? 

TELEMACO.—(El asombro está en sus ojos). ¿Yo? ¿Pero 
es que usted irá a un lado a donde yo no iré? 
¿Quién dice éso? 

VICTORIA.—Sí, Telémaco: nos separaremos. Así será 
mejor... 

TELEMACO.—¿Cómo? ¿Y Ud., después de lo que pasó, 
ahora también me deja? ¿No me quiso entonces? 



60 


Justino Zavala Muniz 


VICTORIA.—^Lo que pasó entre nosotros no era amor; 
ya se lo he dicho. Eran mis deseos no gozados nim- 
ca, los que busqué encontrar aquel día. Pero usted 
confundió; creía que era amor, y olvidó que era el 
peón y yo la patrona... 

TELEMACO.—¿Cómo quiere que entienda? Vd. me hizo 
amarla. Sus piernas, ¡cuántas veces, me herían co¬ 
mo un latigazo blanco en los ojos! Yo no sé decir¬ 
lo y por éso... ¿Pero Vd. no vé que yo la amo? Si 
pudiera decirlo... 

VICTORIA.—Aunque supiera decirlo, sería lo mismo. ¿No 
lo sé yo y acaso me entiende Vd.? (Con pena). No, 
Telémaco, no: no se puede amar porque nos amen. 
No se es feliz con el amor que nos tienen. 

TELEMACO.—Ni con el que tenemos. Pero aquel medio¬ 
día nos entendíamos... 

VICTORIA.—Nos pareció. Lo necesité un momento y no 
era a Vd. a quién me daba. Había en mis ojos tantas 
figuras, ¿comprende?; recuerdo de personas... No 
sé cómo decirlo... imágenes, que no veía su cuerpo. 
Vd. era el que estaba; pero yo no lo veía. Así me 
pasa con el día: de noche es cuando veo sus encan¬ 
tos. En la luz todo es demasiado claro; por eso es 
hermosa la noche; todo existe y no existe; está co¬ 
mo más lejos... 

TELEMACO.— (Con rencor). ¡Artera en el trato; artera 
en los hechos!... 

VICTORIA.— (Con pena). ¿Así paga? 

TELEMACO.—¿Qué le debo? ¿Por qué me enseñó a leer? 
¿Quién me puso esto adentro? ¿Qué es Vd.? ¿Una 
loca, una cualquiera? 

VICTORIA.—(La pena detiene su exaltación). Porque fui 
generosa con Vd. me calumnian las viejas y ahora, 
su gratitud es también calumnia. ¡Así es; así son 
todos! ¿Por qué me pide todavía más... amor... 
si le di lo que nunca hubiera conquistado? 

TELEMACO.— (Su rencor se ha vuelto ruego). ¡Ah, no 



La Ceüz d® los Caminos 


61 


me eche! ¡No tengo tierra donde trabajar, no me 
eche Vd. también! ¡Déjeme seguirla, quién sabe 
no podamos estar juntos! 

VICTORIA.—¡Jamás! Las líneas de su vida y de la mía, 
se tocaron en un punto. Y allí mismo se separa- 
*ron... como los palos de una cruz. 

TELEMACO.—¿Qué consuelo es ése? (Vuelve a exaltar¬ 
se) ¡Digamé!: ¿es esto justo? ¿Cómo pudo hacer lo 
que hizo, si no me quería? ¿Se puede hacer así? 

VICTORIA.~Yo lo hice, Telémaco. 

TELEMACO.—Pero me hizo quererla. ¿Qué culpa ten¬ 
go yo? 

VICTORIA.—¿La tengo yo? ¿No fué hermoso para usted 
aquel momento? 

TELEMACO.—Por éso lo quiero para siempre... 

VICTORIA.—Si yo no se lo hubiera ofrecido ¿lo habría 
Vd. logrado nunca? 

TELEMACO.—No, señorita. ¿Quién me lo hubiera dado? 

VICTORIA.—¿Por qué, pues, no me habla con gratitud? 

TELEMACO.—Mas, ¿cómo podré vivir ahora, después 
que Vd. me hizo sentir lo de aquel mediodía? Vd. 
tomó mi alma en sus manos... (Con desolación) 
¡no sé decirlo! Pero desde entonces, en el rincón 
del monte cada vez que llego, me parece oir cosas 
que antes nunca oí... (Vuelto hacia el recuerdo). 
Sí, usted decía: ¡sueña Telémaco; sueña...! ¿Y 
ahora? 

VICTORIA.—Como las madrugadas del campo, así son 
nuestros sueños... ¡tan grandes... y, sin embar¬ 
go, tan cerca está la noche que las apaga. (Des¬ 
pués de una breve pausa). ¡Pero nunca cesan! 

TELEMACO.—(Intentando asirse a las manos de Victo¬ 
ria). ¡Lléveme, lléveme! No tengo ya la tierra don¬ 
de trabajaba, ¿qué voy a hacer si no tengo tam¬ 
poco su persona, que yo amo? 

VICTORIA.—(Desolada), ¿No comprende, Telémaco, que 
eso es imposible? Vd. es pobre... 



62 


jtJSTlNO 2 AVALA MüNl* 


TELEMACO.—¡Ah, el pobre. El pobre... ¿Qué culpa es 
la suya? Sin que lo quisiera, así vine al mundo. 
Estos árboles que levantó mi trabajo, su padre los 
perdió. Sin mi voluntad Vd. me dió una esperan¬ 
za, y me la quita. ¡Ah... el pobre! ¿Qué podré yo 
jamás? Mi trabajo irá, inútil, entre mis brazos 
quietos; mi amor se muere callado entre mis labios. 
(Una extraña idea ha asomado en el silencio de su 
frente). ¡El crimen... (Exaltado). Sí, eso nos que¬ 
da; sólo eso es nuestro. ¡Quién pudiera! 

(Y los brazos del hombre caen, vencidos, cuando la cabe¬ 
za de Victoria se abate en un llanto callado). 



ESCENA SEPTIMA 


(Desde el rodeo llegan las voces: jDesjarretá, mucha¬ 
cho! ¡Pasá la caña que ese tiro valió un trago! De pronto 
se siente sonar un disparo. Callan las voces, y sobre el silen¬ 
cio resuena la carcajada de Servando. La voz de El Pájaro 
llega claramente hasta el patio: ¿Qué hizo don Servando? 
Un peón grita: ¡Patrón!). 

VICTORIA.—(Gritando mientras corre hacia la izquier¬ 
da). ¡Papá, papá!... 

(Telémaco parece no haber oído el disparo; sus ideas 
de desolación suenan más fuerte que todo en su frente. Por 
detrás del paraíso de la izquierda vuelven Servando y El 
Pájaro. El primero, tambaleante, sostenido por El Pájaro, 
avanza con dificultad trayendo aún en la mano el revólver 
con que ha hecho el disparo). 

VICTORIA.—(Yendo hacia él). ¿Qué hiciste, papá? 

EL PAJARO.—^Volteó a don Manuel. 

SERVANDO.—(Ríe con su risa extemporánea, prolonga¬ 
da, ruidosa). Ahí está... por fin... (Vuelve a reir. 
A Victoria). Dejame. ¡Qué raro! Vi la cosa, y tuve 
la voluntad para quererla... Y la dejé ir;: (Ríe). 
Ya está: el mísero quería descansar, y descansó. 
Yo tuve mi voluntad... ahora ya no preciso más. 
Que otros hagan la suya. 


TELON 



JORNADA TERCERA 

(Patio de la casa de Telémaco. Un rancho, lateral iz¬ 
quierda, extendido hacia el foro. Al fondo, un ombú. Late¬ 
ral derecha cerrando el patio, un pequeño rancho, que sir¬ 
ve de cocina. Este y aquél tendrán una puerta y ventana, 
practicables, hacia la escena. En la mañana de claridades 
resplandecientes, todo es miserable: cansados, los ranchos 
parecerán querer tenderse a la sombra con que el ombú 
refresca el patio. Sólo el viejo árbol tiene una imperturba¬ 
ble seguridad, alzada sobre las grandes raíces y el verde 
lujoso de la copa. Por los espacios descubiertos se ve un 
gran cielo pálido, seco, quemado por el sol que arrugó las 
hojas de los mezquinos árboles, visibles en el primer tér- 
raiiio del paisaje.) 



ESCENA PRIMERA 


(Al levantarse el telón la escena estará vacía de toda 
cosa, como no sean la luz y las sombras que luchan, cortán¬ 
dose violentas en el patio. Las puertas y ventanas de los 
ranchos estarán abiertas. Junto a las raíces descubiertas 
del ombú, algunos bancos humildes. Sobre las huellas de 
un fogón apagado, la caldera del mate.) 

(Es el verano; luminoso, el cielo pesa sobre el paisaje, 
las cosas y los hombres). 

(Por detrás del ombú se verá avanzar a JESUSA, car¬ 
gando sobre la cabeza un pesado atado de ropas que trae 
del arroyo. Es alta, enjuta; seca, como un surco quemado 
por el sol del verano, infecundo. De la mirada, de los la¬ 
bios, de las manos, huyó la feminidad; y la trabajosa vida 
tomó sus formas en signos varoniles y agrios. Es la espo¬ 
sa de Telémaco. Pobre como su casa, sus ropas. Tiene 50 
años. Bajo la blusa descolorida, secos los senos que ya no 
amamantarán más; sobre los ojos cansados, la frente estre¬ 
cha que ya no soñará más. Avanza con la fatiga que le pro¬ 
duce el peso del atado traído en la cabeza, y la que los días 
han ido volteando en su alma. Al llegar junto al ombú, se 
detiene y deja caer el atado. Con las puntas del pañuelo 
que trae anudado sobre la cabeza, comienza a sacarse el 
sudor del rostro). 

(SILENCIO). 

DOMINGA.—(Por la ventana del rancho de la izquier¬ 
da, se sentirá salir su voz dolorida). ¡Ay, ay... po- 
brecito... tirado ahora en el campo! (Pausa) En 
la loma... montoncito de tierra perdido, allí está 
mi corazón...! 

JESUSA.— (Agria, dirigiéndose a la voz del rancho). 



68 Justino Zavala Müniz 

¿Todavía llorando? Los patios sucios. ¿Encendiste 
el fuego? ¿Cuándo terminará tu llanto? 

DOMINGA.—¡Pobrecito... cómo pesará la tierra sobre 
tu cuerpo tan tierno!... ¿Quién me consuela? 

JESUSA.—(En el mismo tono de antes). ¿Quién ha de 
consolarte, desgraciada? (Ruda) ¡Guardá tu llanto; 
si hubiéramos de llorar las pobres todas las injus¬ 
ticias, más que el sol y el invierno, el llanto nos 
quemaría la cara! 

DOMINGA.—Ya mis brazos, de llevarte por los caminos, 
se habían curvado como una cuna... Y tú que¬ 
das bajo la cruz de palo de una loma! ¡Sólo el vien¬ 
to frío pasará ahora sin peso, por la tibia cuna de 
mis brazos! 

JESUSA.—(Yendo hacia el rancho, con ademán de enojo) 
¡Calláte, simple! No tenés más que el tiempo, y lo 
gastás llorando. (Entra en el rancho). 

(SILENCIO). 



ESCENA SEGUNDA 


(De la misma dirección por donde ha entrado JESUSA 
en escena, llegan TELEMACO y EL PAJARO; sólo que por 
el costado derecho del ombú, mientras aquella lo hizo por la 
izquiérda. Han pasado desde la segunda jornada a ahora, 
veinte años. Y en ellos se acentuó el contraste entre los gestos 
y vestidos de un hombre y otro. Mientras han vencido a Telé- 
maco la edad y el trabajo, apenas si se advierten en El Pᬠ
jaro. Camina uno con las rodillas dobladas casi en ángulo 
recto; el otro ágil y erguido. El sol ha hecho brotar el sudor 
en los rostros, que se enjugan antes de sentarse a la sombra 
del árbol.) 

TELEMACO.—(Después de un silencio) ¿Lloverá? 

EL PAJARO.—La tierra estaba muy dura. Yo me he can- 
sao. (Sonríe). La falta de costumbre... (Pausa). Si 
le hiciéramos un corralito estaría mejor; son capa¬ 
ces los ganaos de dirse a rascar en la cruz, y piso¬ 
tear al angelito! 

TELEMACO.—Capaces... (Pausa). El tiempo está de 
agua. Va para un mes así; pero hoy parece que se 
va a descargar... 

EL PAJARO.—Parece... Los arroyos se pasan donde quie¬ 
ra. (Sonriendo). ¡Mal tiempo pa los polecía^ y 
aduaneros! 

TELEMACO.—^La tierra se raja; el trigo se pasma. (Pau¬ 
sa). ¿Tomamos un mate? 

EL PAJARO.-^A mí me dió sed... Es que la hicimos 
muy honda. 

TELEMACO.—(Recogiendo la caldera del mate, se po¬ 
ne de pie. Al dirigirse hacia la cocina, mirando la 



ü 


Justino Zatala Müniz 


lejanía). El cielo está cayendo oscuro, sobre el Ce¬ 
rro de las Cuentas... Si se moviera el viento, lo 
traería. (Entra a la cocina, donde permanecerá 
hasta que el diálogo lo indique). 

DOMINGA.—(Su voz desde el rancho). ¡Ay, hijito mío; 
la tristeza de llevar el vientre lleno de tí, volteó 
mi vergüenza! Muda quedé viendo al dolor cavar 
como una pala, arrancando mis viejos sentimien¬ 
tos. Y en tanto, tú ibas naciendo en mí, y yo olvi¬ 
daba, y soñaba en la espera... 

JESUSA.—(Sale y comienza a barrer el patio). Buenos 
días. Pájaro. 

EL PAJARO.—Güenos días, doña Jesusa. 

JESUSA.— ¿Recién llegaron? 

EL PAJARO.—Es que lo llevamos a la lomita, saliendo 
del monte. Si la cruz se pudre, de lejos se sabe que 
está a la sombra del álamo. 

DOMINGA.—(Su voz). ¡Ay, ay, hijo mío...! ¡Tanto do¬ 
lor me trajiste, angelito y ya eras mi esperanza. 

JESUSA.—¿Querés callarte? El que debía oirte, te echó 
al camino con tu hijo 

EL PAJARO.—¡Mal hombre, doña Jesusa! El engaño de 
Dominga jué creerle las palabras. Dispués resulta 
que la realidad la patea pal camino... 

JESUSA.—El engaño está adentro de nosotras. Ese rico 
de ella, y el pobre de otra, todos son lo mismo. 
Malhaya nuestra mocedad que va haciendo de los 
deseos el poncho con que vestimos al hombre... 
Pa que dispués el viento avente el tejido y lo deje 
desnudo; igual a todos... 

EL PAJARO.—No crea, doña; hay paisanos güenos, co¬ 
mo en todo. Aunque en un momento ima mujer se 
les haya entregao, vuelven por ella y la hacen su¬ 
ya pa siempre! 

JESUSA.—Nadie es de nadie, ni cuando una se entrie- 
ga. Tiraos juntos en la misma cama, cada uno sue¬ 
ña por su lado. Así es... por desgracia. 



La Cruz de los Caminos 71 

EL PAJARO.—(Con acento de duda). Yo tenía pa mí 
que había tantas parejas que hacen juntas la vi¬ 
da, tirando siempre en un mesmo camino... 

JESUSA.—^Así es de afuera, en lo que uno habla o hace: 
como los bueyes, trabajamos juntos bajo el mesmo 
yugo; pero cada uno vá solo, rumiando su pasto... 

EL PAJARO.—Será ansina... 



ESCENA TERCERA 


TELEMACO.— (Vuelve con la caldera y el mate. Al tiem¬ 
po de alcanzar éste al Pájaro, se sienta frente a él) 
Voltea el sol... Ya no puede demorar en llover. 

EL PAJARO.— (Distraído). Tiempo lindo pa viajar de 
noche; mi oficio no se siente como un trabajo y 
las leguas pasan, vacías, en mi trote distraído... 

JESUSA.— (Dirigiéndose a El Pájaro, sin dejar de ba¬ 
rrer). Debe ser arriesgado; de repente la muerte, 
cualquier noche, puede atravesársele en una picada. 

EL PAJARO.—Haber peligro, hay; pero uno se acostum¬ 
bra a atravesarlos, como al campo... 

JESUSA.—Peor es esta miseria callada; siquiera usté lle¬ 
va un arma en el cinto, igual a la del otro... la cues¬ 
tión es el coraje. Pero esto de acostarse una noche, 
y mientra usté duerme, sin ruido ir cayendo la he¬ 
lada, ¿con qué se defiende? 

TÉLEMACO.— (Cebando el mate que le ha devuelto El 
Pájaro) Caer muerto una noche, en una huella bo¬ 
rrada. .. ¿Para qué? 

EL PAJARO.— (Cordial). Vos también caerás, Telémaco. 

TELEMACO.—Es razón; pero cada año que pasa, crecen 
mis árboles y cuando yo muera, dejaré (^yuién sabe 
cuántos crecidos! 

EL PAJARO.— (Bromeando). Yo dejaré una historia. ¿No 
hallás? 

JESUSA.—(A El Pájaro) Lo que debe aburrir es el andar 
siempre sólo! 

EL PAJARO.—No crea; cualquiera cosa entretiene al hom¬ 
bre. Este viaje lo hice sin sentir: monté en la fron¬ 
tera al atardecer, y en las Sierras de Ríos me cayó 



74 


Justino Zavala Muniz 


la noche. A poco, la blanca luz de la luna borró a 
todas las estrellas; en el cielo quedó sólo el lucero 
encendido. En las casas de los hombres se jueron 
apagando las luces, mientras íbamos solos yo y mi 
sombra, viajando. Sin apuro, durante leguas me 
distraje oyendo al trote de mi caballo sonar en la 
caja del camino, como una bordona golpeada. 

(Jesusa deja la escoba y se sienta haciendo rueda con 
los dos hombres, de tal modo que El Pájaro viene a ser el 
vértice del ángulo que forman Telémaco y ella. El mate irá 
de una a otra mano, mientras se desarrolla la escena.) 

TELEMACO.—(Mirando hacia el campo). ¿No sienten el 
olor a tierra mojada? Allá lejos se vé llover; tal vez 
haya empezado el viento... 

JESUSA.—(A Telémaco). Todo el invierno te pasaste sin 
otra idea que el temor a la lluvia cayendo días y 
días; era como si una no estuviera a tu lado, acos¬ 
tada. De noche no estabas más que alerta al ruidi- 
to del agua en la paja del techo. Ahora no hacés 
más que clamar porque venga la lluvia... (Con 
enojo). ¡Así se te secarán los ojos de mirar al cielo! 

TELEMACO.—Si lloviera maduraría el trigo, y el año de 
la renta tendríamos con qué pagarlo. Si sigue la se¬ 
ca, tampoco podremos pagar este semestre y el due¬ 
ño, vos lo sabés, nos mandará echar... Ayer mismo 
me dijo: que no vende la lana... que la Tablada 
está muy baja... Llevo ya diez años en esta tierra; 
cuando vine, ni una huella había en la cuchilla. Vos 
ves, ahora el montecito, la chacra, los ranchos... 
Todo ha sido por ahora trabajar para ir quedándo¬ 
nos; pero si el trigo se salva, entonces podremos con 
un año más, empezar a juntar algún dinero para 
comprar esta tierrita y quedarnos para siempre. 
(Pausa). 

Si el dueño nos esperara este año... 

JESUSA.—El dueño nos echará... El dueño nos echará. 
Asi nos fueron echando los dueños de las casas don- 



La Cruz de los Caminos 


75 


de trabajábamos, a los hijos cuando todavía eran 
tiernos y débiles. “No podemos tenerlos*’; no hacían 
más que decirme. Sólo nos permitían guardarlos a 
nuestro lado, cuando no tenían más alimento que la 
leche de mis senos. Después, ya eran una boca más 
comiendo de lo de ellos. ¿Dónde andan ahora los ma¬ 
yores? ¿Lo sabés vos? ¿Viven, son muertos, están 
en la cárcel; o son otros miserables como sus padres? 
¡Ah, nosotras sí, que tiramos los hijos al mundo...! 

TELEMACO.—¿Qué le vamos a hacer? (Mirando al cielo) 
Allá vuela una garza a esperar la lluvia en la orilla 
del río. Es seña cierta, ¿no te parece. Pájaro? 

EL PAJARO.—(Distraído). Ah, sí... 

JESUSA.—¡Veinte años secándonos de miseria, y oyéndo¬ 
te siempre lo mismo: el cielo, la lluvia, la tierra, el 
dueño! (Exaltándose) ¿Pero y vos...! ¿Y vos? 

DOMINGA.—(Su voz desde el rancho). ¡Ay, pobre de mí 
que ya no tengo esperanzas! 

JESUSA.—(Ruda, contestando a la voz). ¿Quién las tie¬ 
ne, desgraciada? 

TELEMACO.—^Dos años después que salí de lo de don 
Servando, planté aquellos eucaliptus que se '^en 
rodeando la casa de don Juan; justo un año antes 
de nacer mi primer hijo. ¡Cómo han crecido! Se¬ 
guro el viento se quebrará en ellos, sin llegar a los 
patios. Si llueve pronto ya verás este montecito 
que ahora parece achicharrado; lo verás desde le¬ 
guas, en la cuchilla tan alta... 

JESUSA.—^Lo mismo te pasará con éstos; para los cuatro 
costados que se mire, un monte levantado por tu 
mano. ¿Quién se acordará que vos hiciste a esos 
árboles, si nos vamos con nuestra pobreza por los 
caminos? ¡Maldita la hora en que abriste el primer 
surco! Todo fué para él desde entonces... (Vuel¬ 
ve a exaltarse). ¿Y para qué? ¿Para qué ese afán? 
¡Ah... si yo fuese hombre... 



76 


Justino Zavala Munu 


EL PAJARO.— (Intentando con su broma, desviar la 
disputa) ¿Pelearía, doña Jesusa? 

JESUSA.—Pero no como Vd. Pájaro: para llevar o traer 
una lata de tabaco. Quemaría esta casa, los trigos 
los árboles. (Con dolor). ¿Qué me importa a mí 
que los árboles sean muy verdes, muy lindos, si 
mis ropas son sucias y mis hijos no pueden jugar 
a su sombra? ¿Qué me importa que mejore la quin¬ 
ta, si yo no mejoro? 

TELEMACO.—¿Qué le vamos a hacer, si somos pobres? 
Algún día hemos de salir de esta condición... 

JESUSA.—¿Por dónde? ¿Cuál es el camino para salir? 

TELEMACO.—¡Antes no eras así! 

JESUSA.— (Con desprecio) Tampoco vos eras así. 

TELEMACO.—Siempre fui así... 

JESUSA.—(Violenta) ¡Mentís!... 

TELEMACO.—(Se pone de pie, como si el insulto le hu¬ 
biese levantado bruscamente de los hombros y, 
perdida la noción de las cosas, va a lanzarse sobre 
su mujer en el instante en que El Pájaro le detie¬ 
ne. Gritando). ¡Mujer...! 

JESUSA.— (Como si no hubiera advertido la cólera de 
Telémaco, fijo su pensamiento en el recuerdo). Sí, 
te veo como eras antes: fuerte, altanero... ¿cuán¬ 
tas veces te dije que te veía así? ¡Recordalo! 

TELEMACO.— (Que después del fugaz instante de cóle¬ 
ra, ha dejado caer los brazos y la voluntad). Pero 
yo no era así. 

JESUSA.— (Una vieja idea, por largos años sonando en 
la frente, asoma ahora a sus labios sacudiéndola de 
un dolor rencoroso) Sí, me engañaste... como a 
una gurisa! ¿Por qué, decime, me engañaste ha¬ 
ciéndome crer que eras un hombre así, como El 
Pájaro? 

EL PAJARO.—^Doña Jesusa: yo tengo pa mí que jué 
siempre ansina... 

JESUSA.—¿Y cuando llegabas a medianoche, cruzando 



Lá Orüz db los Caminos 


77 


campos, entre peligros, por acostarte conmigo? 
¿Eras como hoy? 

TELEMACO.—(Sin perder la calma) Pero si no había pe¬ 
ligros. .. 

JESUSA.—(A medida que habla su rencor se enardece an¬ 
te la figura del hombre que le quita con su mansa 
serenidad, la imagen del otro hombre que soñó. Y 
asi, puesta de pie, sus manos parecen querer sacu¬ 
dir la figura pesada, imagen de su engaño). Me 
mentías entonces? 

TELEMACO.—Yo nunca te lo dije, Jesusa. 

JESUSA.—(Su voz comienza a turbarse por el llanto). 
¿Cómo no me lo ibas a decir, si yo lo pensaba? Vos 
venías trotiando en la noche y yo te esperaba llena 
de angustia, calculando el tiempo que demorabas 
en pasar los peligros. Mientras todos los hombres de 
la estancia dormían, vos eras sólo viajando en el 
campo, jugándote la vida... Sí... recuerdo bien... 
Me llamabas apenas... Mi oído de miedo era más 
fino que el de los perros despiertos. Entrabas, cuán¬ 
tas veces, empapado del rocío de la noche... ¡Y eras 
como un matrero!... A la mañana siguiente, yo 
tenía tus huellas en el cuerpo; pero nadie veía la de 
tus botas en el trébol crecido. (A punto de llorar). 
¿No era así? ¿No era así? 

TELEMACO.—(Bajo el asombro de verse un hombre que 
no fue nunca). No era así. Yo te ofrecía un rancho 
en donde vivir sin patrón; pensábamos en tener una 
familia; una chacra; una quinta... iAcordate! jYo 
trabajaría y vos serías... (Con dolor). ¡Milite, mi’- 
jer: ¿por qué estás sucia? (Ahora es a sus labios que 
sube el desengaño. Y sus palabras son pueriles y 
tiernas como las de un niño). ¿Qué culpa tengo yo. 
Pájaro? ¡Trabajo, trabajo! pero si esta estuviera ale¬ 
gre y limpia... yo tengo alegrías escondidas. ¿Por 
qué ella se duerme, o reniega siempre? Ningún tra¬ 
bajo me cansa del todo. ¿Acaso no me alegro antes 



78 


Justino Zavala Muniz 


del trabajo, cuando veo las claras mañanas? 

JESUSA.—¿Con qué he de vestirme, infeliz? ¿Y para vos, 
para vos, sucio de los surcos; manso? ¿Cuando vol¬ 
viste a ser como entonces? 

DOMINGA.—(Su voz desde el rancho) ¡Ay, yo me quie¬ 
ro morir! ¿Qué espero ahora para morirme? 

EL PAJARO.—(Intentando detener la angustia del diálo¬ 
go entre los esposos). Atiéndala ¡pobrecita! doña Je¬ 
susa. 

JESUSA.—(Yéndose hacia el rancho). ¿Para qué buscar¬ 
le consuelo a la desgracia? ¡Si fuera capaz de pren¬ 
derle fuego a esta miseria... 

TELEMACO.—¡Pájaro: vos vés cómo pesa...! 



ESCENA CUARTA 


(Por detrás del ombú, aparecen un nombre y un niño. 
El hombre es de edad indefinida; su miseria física y moral, 
han abatido en largos años, o acaso en un mes, todos los sig¬ 
nos de la juventud. Así borra la desgracia el tiempo en la 
vida del hombre; sólo se recuerda el instante en que empe¬ 
zó; después, todo es un día sin horas. En éste, bien debiera 
decirse una noche, ya que él la lleva en sus ojos ciegos. So¬ 
bre el hombro izquierdo, sostiene una bolsa que se supone 
llena de ropas y mendrugos; en la mano derecha un bastón 
tosco. El niño le coge la muñeca, llevándole trás de sí. El ni¬ 
ño tiene quince años. Quién vive de limosnas y guía a la des¬ 
gracia se vuelve prematuramente tímido y vencido,.. Lle¬ 
van en el sombrero; en las ropas, en los destruidos calzados, 
el recuerdo ceniza que el viento les ha puesto en los cami¬ 
nos. El niño trae colgada a la espalda una guitarra.) 

EL CIEGO.—Buenos días, paisanos. 

(Telémaco y El Pájaro se vuelven hacia los recién llega¬ 
dos, en actitud cordial). 

TELEMACO.—Alléguense. 

EL CIEGO.—(Adelantando llevado por el niño). Con su 
permiso, quisiéramos esperar aquí a que pase la 
tormenta. (Los hombres se dan la mano). Y si hu¬ 
biera algo de comer... 

TELEMACO,—(Mientras El Pájaro ofrece a los viajeros 
bancos junto al ombú, donde se sientan). ¿Cómo no, 
sí señor... Sólo que han de comer muy mal. Esta 
es la casa de un pobre. 

EL PAJARO.—(Mirando a los ojos del hombre): Parece 
que el señor es ciego. 

EL CIEGO.—Sí, paisano... ¡Qué bárbara seca; pero pare- 



80 


Justino Zavala Muniz 


ce que hoy termina... Dios lo quiera. (Se saca el 
sucio sombrero, y con la mano enjuga el sudor de 
la frente). 

TELEMACO.—(A El Pájaro). Calentá, Pájaro, el mate y 
servile al hombre. (Yendo hacia el foro). Yo voy 
mientras, a guardar algunas cosas; el agua se viene. 

EL CIEGO.—Se lo voy a apreciar. 

(El Pájaro recoge la caldera y el mate, y va hacia la 
cocina. El Ciego y El Niño hablan en voz baja. El niño da la 
sensación de describir al Ciego el patio en que se hallan). 

JESUSA.—(Saliendo del rancho, ve a los viajeros. En ade¬ 
mán de saludo). Buenos días, paisano. 

EL CIEGO.—Güenos días, doña 

EL NIÑO.—Buenos días. 

JESUSA.—¿Caminando?... 

EL CIEGO.—Caminando... (Se sonríe y señala la guita¬ 
rra que el niño tiene en la falda). Y cantando. 
¿Quiere oir algo. Doña? 

JESUSA.—No estamos para música. 

EL CIEGO—Dispense, Doña. 

JESUSA.—^Para esta miseria, ¿qué música habrá? 

EL CIEGO.—(Sonríe). Siempre hay alguno más pobre. 

(Jesusa se dirige hacia la cocina. A poco El Pájaro sale 
con un mate y la caldera y se sienta formando rueda con los 
viajeros. Ofrece un mate al ciego.) 

TELEMACO.—(Vuelve trayendo un recado en los brazos. 
Hablará señalando el paisaje. Mientras tanto, las 
sombras del patio se han ido oscureciendo por la tor¬ 
menta vecina. El cielo visible hacia el foro, va per¬ 
diendo gradualmente su claridad resplandeciente 
porque las nubes, todavía lejanas, van ocultando al 
sol. Durante toda esta escena, hasta que se indi¬ 
que, el tono gris oscuro se irá acentuando insisten¬ 
temente). Está cerca ya... Allá lejos, parecen aho¬ 
ra más blancas las estancias... Se siente el silen¬ 
cio extendido en el campo, mientras llega la tor¬ 
menta. (Deja el recado a la puerta del ranche ha- 



La Cruz de los Caminos 


81 


bitación, y vuelve a dirigirse al foro. Con el brazo 
extendido hacia la lejanía. Alegre la voz). Mirá Pᬠ
jaro: ya no se sabe si las orejas del Guazú Nambí 
son dos cerros o es una nubecita echada sobre el 
Cerro Largo. ¿Sienten? El pampero ya viene por 
el Frayle Muerto... ¡Qué fresca esta brisa con olor 
a lluvia en el pasto!... (Váse). 

EL PAJARO.—(A El Ciego) ¿De nacimiento? 

EL CIEGO.—No señor; de enfermedad. 

EL PAJARO.— (Señalando la guitarra). ¿Cantor el hom¬ 
bre? 

EL CIEGO.—^Es verdad... Siempre sirve pa alegrar un 
poco a la gente... y a uno. 

EL PAJARO.— (Cavilando sobre la desgracia del hombre 
que le mira sin ver). ¡Ha de ser duro...! ¡Haber 
visto antes...! 

EL CIEGO.—(En su palabra habrá siempre una extraña 
resignación alegre) Como en todo. 

TELEMACO.— (Va a pasar por el último término de la 
escena, y se detiene. El espectáculo del cielo y los 
campos ha puesto una clara alegría en su voz). ¡Ah, 
maulas... cómo marchan en filas las majadas por 
los senderos buscando el abrigo de las laderas... 
(Señalando la lejanía). ¿Vos creés, Pájaro, que aquel 
jinete consiga ganarle a la lluvia? Inútil que galo¬ 
pe; el pampero ya lo vá envolviendo en la polva¬ 
reda del camino... Y las nubes, atrás, ¡cómo sal¬ 
tan y caen en las cuchillas! (Váse). 

(Jesusa va de la cocina al rancho, ocupada en pí>eparc.r 
el almuerzo). 

EL PAJARO.— (Al Ciego). ¿Siempre caminando? Debe 
ser fiero y cansao, saber que una cosa ansina no tie¬ 
ne arreglo! No quedará volunté pa nada. (Los hom¬ 
bres y las cosas ya no proyectan sombras en el pa¬ 
tio, pues la nubes han ocultado totalmente el sol. 
A veces se siente la sorda alegría de un trueno ve¬ 
nir desde la distancia). 



Justino Zavala Munm 


S2 

EL CIEGO.—No crea, Don. Como le digo, esto me aconte¬ 
ció de una enfermedad. Tá claro, que al principio es 
duro... No queda, como Vd. dice, voluntó pa nada. 
Pero qué sé yo... (Sonríe) Ahí tiene... después de 
un tiempo, uno sigue y hasta se pone alegre! 

EL PAJARO.—Gracias a Dios. 

EL CIEGO.—Y... yo qué sé... Me acuerdo que cuando 
era muchacho, todas las mañanas me mandaban 
tráir la majada por un largo bañado. ¡Qué cansan¬ 
cio llevar los animales lerdos por entre los caragua- 
tás afilados como lanzas. ¡Se me perdían por sen¬ 
deros escondidos entre las pajas bravas, solas o en 
grupos, mientras el sol ardía en mi espalda. Y re¬ 
cuerdo que siempre, cuando la fatiga ya me voltia- 
ba los párpados y la rienda, hallaba claras lagunas 
llenas de nubes. Entonces, olvidaba a las ovejas y 
me tiraba al agua, pareciéndome que con el cuerpo 
desnudo, nadaba en el cielo... En cualquier direc¬ 
ción que se marche, un mimbre, una laguna, pues¬ 
tos por nadie o por Dios, refrescan la sequedad del 
bañado. ¿No es así? 

EL PAJARO.—^Ansina es... 

EL CIEGO.—^Y güeno; algo así la vida; vamos arriando 
dispersos nuestros trabajos, por la sequedad de los 
días. Y cuando se nos caen ya los brazos, siempre, 
puestas por nadie, hallamos una laguna de cielo 
adonde tirarnos con el alma desnuda, olvidados de 
todo. Tal vez porque todos sabemos que siempre hay 
esas aguas de cielo, es que vamos andando, refres¬ 
cando la vida... 

EL PAJARO.—Siempre caminando por el campo, le han 
de venir ganas de verlo. 

EL CIEGO.—(Sonriente). Y... amigo... ¿qué vamos a 
hacer? Unos sueñan pa adelante, yo sueño pa atrás... 
la cosa es más o menos. 

(Telémaco vuelve y se sienta junto a los otros, mirando 
hacia el paisaje. Suena un trueno lejano). 



Lá Cruz db lob Ca^hnos 83 

TELEMACO.—^Por arriba va un cielo para el sur; por aba¬ 
jo viene para acá la tormenta. 

EL PAJARO.—A lo mejor todo queda en ruido. Tormen¬ 
ta de verano... 

TELEMACO.—No me parece. Mirá el cielo; se ha cerrado 
en un círculo sobre el bañado y avanza para aquí ca¬ 
yéndose. 

(Jesusa sale de la cocina llevando la fuente con el al¬ 
muerzo. A los hombres). 

JESUSA.—Vamos a comer. (Entra en el rancho habita¬ 
ción, seguida por £1 Pájaro, £1 Ciego y £1 Niño). 



ESCENA QUINTA 


(Telémaco queda sentado mirando, abstraído, el paisa¬ 
je. Luego comenzará a hablar movido por los cambios que 
va adviertiendo en el cielo. Los truenos que sonaron sobre 
su cabeza, comienzan a alejarse.) 

TELEMACO.—(Después de un silencio). ¿Está cambian¬ 
do el viento?... Hoy no se veía la estancia de don 
Servando... Pero todavía llueve en la Cuchilla 
Grande. (Poniéndose de pie en actitud de mirar, 
desde el fondo de la escena, a los cuatro horizontes). 
No, no puede irse; allá al este, no se vé al Cerro 
Largo. Para Meló está lloviendo fuerte. (Silencio) 
Ya tapa la lluvia la chacra del vasco. (Ahora su voz 
se irá haciendo intensamente emocionada). Una ho¬ 
ra, nada más, que llueva, y se salvará mi trigo... 
¿Está parando el viento?... No; es que el cielo es¬ 
tá muy pesado y le costará al pampero arrastrar¬ 
lo... (Levanta la cabeza). ¡Y éstas, siempre corrien¬ 
do, por arriba, para el sur! (Silencio). 

JESUSA.—(Desde el rancho). ¿Vas a venir? Se enfría la 
comida. 

TELEMACO.—Esperá mujer. (Silencio). Parece que todo 
el cielo avanza, para volcarse en los campgs... (Viene 
a sentarse en uno de los bancos en donde^queda mi¬ 
rando al paisaje en actitud de angustiosa espera). 
Sí... aquella nube negra es viento... Pero los re¬ 
lámpagos de víbora que la parten hasta el suelo, son 
de lluvia. (Silencio. De pronto mira al piso con la 
angustia de querer encontrar en el patio una leve 
huella de gota de agua. Se pone de pie y avanza de 
nuevo hacia el último término de la escena. Extien- 



88 


Justino Zavala Muníz 


de, alzada, su mano derecha. Luego la izquierda. 
Desde la lejanía comienza a acentuarse un rayo de 
sol, iluminando, al principio débil, el cuerpo de Te* 
lémaco). ¡Pájaro, Pájaro, vení un poco! (El Pájaro 
asoma a la puerta del rancho^ y desde allí, detenido, 
pregunta) 

EL PAJARO,—¿Llamabas, Telémaco? 

TELEMACO.—(Con los brazos en alto como en una invo¬ 
cación). ¿No está ya goteando? Me cayó una en la 
mano. ¿Vos no sentís? 

EL PAJARO.—(Recostado en el marco de la puerta, ex¬ 
tiende la mano esperando sentir las gotas de que 
habla Telémaco. Mirando al cielo lejano). A ver... 

Yo no siento.,. 

TELEMACO.—Ahora yo tampoco siento... 

(El rayo de luz se va acentuando sobre la escena). 

EL PAJARO.—No llueve, Telémaco. Ya se vá la tormenta. 

TELEMACO.—Sí.., sí... se vá; se vá por el bañado. Mi- 
rá aquella nube: parecía un vaso y las otras la han 
quebrado... (En la escena el rayo de sol se ha he¬ 
cho de una brutal claridad. Telémaco dejará caer los 
brazos vencidos, cuando termine sus palabras, ex¬ 
presión del llanto). ¡Ah, se van las nubes... se van 
los cielos... y me llevan la esperanza... I 

DOMINGA.—(Su voz desde el rancho). ¡Ay de mí! ¡En la 
loma, bajo el montoncito de tierra... enterraron mi 
esperanza...! 


TELON 



JORNADA QUINTA 

(Un camino. Los animales, bajando- a abrevar su sed en 
el agua del río Tacuarí, trazaron con su huella en la aspere¬ 
za del bañado, el breve sendero que los hombres recién han 
ensanchado hasta convertirlo en camino por donde pasa, re¬ 
sonando bajo la bóveda de los árboles, la jadeante inquietud 
de sus autos. Desde la sala se verá en primer plano, la an¬ 
gosta cinta blanca de las huellas refrescándose en la som.bia 
de los talas, abiertos en semicírculo que ocupa todo el cen¬ 
tro de la escena. Los troncos de los árboles simulan grackjsas 
columnatas de un templo, tocadas por la luz ágil de la ma¬ 
ñana entrando por los ventanales abiertos entre la masa os¬ 
cura de las copas. Más al fondo, sobre la hosquedad de los 
talas, eleva al cielo el verde inocente de sus brazos, un sau¬ 
ce. El paisaje de la lejanía es una tela ondulada, extendida 
en lomas alejándose; en la línea elevada del horizonte, una 
cuchilla dividida en dos grandes rectángulos de verde inten¬ 
so del maíz recién crecido. Separándolos, un ancho camino 
violeta conduce a dos ranchos, entre los que se extiende, en 
la mañana de luz, el guión alegre de una casita de blancas 
paredes y techo de paja brava). 



ESCENA PRIMERA 


(A la izquierda, en la sombra de los árboles, guardando 
un fogón donde hierve el agua del mate que ellos sorben, 
dos hombres. Uno parece tener 40 años; pobres sus ropas 
campesinas; duros sus gestos. Frente a él, también pobre¬ 
mente vestido, un joven de ademán torpe y mirada asom¬ 
brada. Uno de ellos, tendido en el suelo, apoya un codo en la 
maleta llena y mantiene la cabeza en el puño cerrado. El otro 
se ha sentado sobre un tronco dejado por la resaca. Puesto 
a secar de la cerrazón que aún flotará desgarrada por los 
caraguatás, la mancha roja de un poncho patrio. Más hacia 
el frente y la derecha, rodean a Telémaco, otros dos paisa¬ 
nos; uno de ellos, Juan José, sostiene una guitarra en la 
falda. Al levantarse el telón, Jesusa anda entre los hombres, 
ocupada en preparar los dispersos y mezquinos equipajes, 
como para seguir el viaje que habían detenido. Sobre el 
cuerpo de Telémaco se han acentuado el cansancio de la edad 
y la miseria de las ropas. Sería ya un vencido si no fuera 
que su vida es un columpio dramático donde su alma, balan¬ 
ceándose desde la esperanza hasta la desesperación, sube y 
cae bajo los cielos). 

PAISANO 1^.—(En el momento de entregar el mate al jo¬ 
ven que está frente a él). Antes había meno§ cami¬ 
nos y en cambio teníamos más por donde caminar. 
Cada hombre abría su huella que era la de su 
volunta. 

PAISANO 29.—(Como un eco). La de su voluntá. 

PAISANO 19.—Todo lo que llevamos andao y éste (Seña¬ 
lando a Telémaco). siempre diciendo que ya esta¬ 
mos cerca. Su distancia es como la legua del brasi¬ 
lero, o la esperanza del pobre. 



90 


Justino Zavala Munb 


PAISANO 29.—(Sin levantar la vista del mate que ceba). 
La esperanza del pobre. 

PAISANO 19.—Si hubiéramos cortao recto, como yo de¬ 
cía... A este tranco, siguiendo las huellas del cami¬ 
no abierto, ¿cuándo llegaremos? 

PAISANO 29.—¿Cuándo llegaremos? 

PAISANO 19.—Pa rumbiar, nadie como los caudillos de 
antes. Montábamos al cáir la noche, y en el cielo 
hallaban el rumbo. Y pa juntar hombres y llevar¬ 
los... Un día le pusieron en la frente a los gauchos 
un trapo blanco y otro colorao, y de áhi pa adelan¬ 
te hicieron la historia del pais. ¿Quién hace éso au¬ 
ra? ¿Quién encuentra una divisa pa nuestra frente 
y encomienza otra historia? 

PAISANO 29.—^Ahi está: una divisa pa encomenzar otra 
historia... 

JUAN JOSE. —(Que ha estado distraído en hacer sonar la 
guitarra en perdidas notas como su pensamiento. 
Señalando a la distancia). Aquél que vá allá sí, lle¬ 
gará pronto. ¡Si pudiésemos nosotros andar tan li¬ 
gero como él en su auto! 

TELEMACO.— (Volviendo la cabeza en la dirección indi¬ 
cada por el otro). Tiene todo el camino arreglado; 
corre sin peligros. 

JUAN JOSE.—Pa nosotros no están hechas las carreteras. 
Por lisas que sean, nuestro paso siempre es igual; 
nunca podremos como ellos encoger las distancias. 

TELEMACO.—Pero todavía hay algunas que hacen, de 
tan largas, lenta la marcha de sus autos. Tanto como 
nuestro paso. 

JUAN JOSE.—Y ahora con esos aparatos que vuelan... 
Yo he visto andar uno entre las nubes. ¡Qué altura 
bárbara! 

TELEMACO.—Sí; pero por más que vuele el hombre, más 
alto sigue el cielo... 

JUAN JOSE.—¡Ha de ser lindo mirarlo desde tan cerca' 

TELEMACO.—Yo creo que es como aquí: cuanto más al- 



La Cruz de los Caminos 


91 


to es el cerro donde has subido, más grande se ’e 
hace el cielo que queda todavía sobre tu cabeza. 
Hundido en las sierras, lo ves acostarse en las pie¬ 
dras al alcance de la mano... 

PAISANO 1^.—Aquellos se nos apartaron pa dir a la es¬ 
quila. Ya viste cómo éste (Señalando a Telémaco) 
quiso explicar al dueño pa que nos dejara un día 
más aquí. Pa estas cosas carece tener pocas palabras. 

PAISANO 29.—Eso es; pocas palabras.., 

JUAN JOSE.—(Comentando el pensamiento de Teléma¬ 
co) ¿De modo que hundido en un pozo, bajás el cie¬ 
lo hasta tu misma frente? 

TELEMACO.—Así es... 

PAISANO 39 .—(Mirando con irónica sonrisa a Telémaco). 
O te ahogás... 

JESUSA.—(Que durante toda la escena ha estado entran¬ 
do y saliendo por la lateral derecha, dando idea de 
que se ocupa en arreglar los míseros equipajes. A 
Telémaco). Estamos, Telémaco. ¿Está pronto el ca¬ 
rrito? 

TELEMACO.—(A Paisano 39). ¿Prendiste el caballo? 

PAISANO 39 .—Falta prenderlo; está ensillado. 

TELEMACO.—Poniéndose de pie, coge una maleta que ha 
de estar cerca suyo. En voz alta, para que todos oi¬ 
gan). Vamos. (Juan José y Paisano 39 comienzan a 
recoger las pequeñas cosas que aún quedan cerca 
de ellos y, ya de pie, hablan a Jesusa. El pequeño 
grupo que está a la izquierda, continúa sentado.) 

PAISANO 19.—(Notando que su compañero mira indeciso 
a Telémaco, le alcanza el mate). Cebá otro^mate; 
se vá a enfriar. 

JESUSA.—(Advirtiendo la indiferencia de los que per¬ 
manecen sentados). Telémaco ha dicho que vamos. 

PAISANO 19.—(Secamente, sin volver el rostro). No so¬ 
mos sordos... 

PAISANO 29.—Eso es; no somos sordos. 

TELEMACO.—(A los mismos). ¡Vamos, pues! Tenemos to- 



IS Justino Zavala Muniz 

da la mañana para caminar con la fresca. 

PAISANO 1^.—Pues aprovéchala. 

TELEMACO.—(Sorprendido). ¿Y vos? 

PAISANO 19.—Nosotros nos quedamos. 

TELEMACO.—(Sin comprender) ¿Cómo? 

PAISANO 19.—(Poniéndose de pie. Su compañero, como 
si fuera su sombra, le imita) Como lo oís. (Con acri¬ 
tud). Y al fin, ¿vos quién sos para que te sigamos? 

TELEMACO.—Pero si no me siguen... Sólo pasa que es¬ 
toy seguro de que siguiendo siempre al norte, halla¬ 
remos una tierra donde puédamos poner nuestro 
trabajo, y sus frutos serán nuestros. ¿Qué esperan¬ 
za nos queda aquí? ¿Dónde hallar una tierra libre, 
en estos lugares? 

PAISANO 19.—¿Y cómo hemos de hallarla siguiendo este 
camino? (Con desprecio) No querés andar más que 
por la abertura estrecha del corredor alambrado. 
¿Qué hay a la derecha, que hay a la izquierda? El 
campo ajeno: el rico de un lao; el rico del otro... 

TELEMACO.—Pero este camino atraviesa el pago y sigue 
hasta más allá del horizonte que ahora vemos... 

PAISANO 19.—Ya lo sabemos. Pero a este paso con que 
vamos, cuando atravesemos el horizonte, algún día, 
estaremos deshechos de andar. ¿Por qué no corta¬ 
mos recto desde aquí? 

TELEMACO.—¿Y adónde iremos? 

PAISANO 19.—¿Sabés vos adonde lleva, al final, tu ca¬ 
mino? 

PAISANO 29.—Al final... ahí está. 

JUAN JOSE. — Siempre se hallará algo nuevo pa ver y 
contar. ¿Qué hay aquí que pueda entonarse en la 
guitarra? ¡Sucia miseria humillada! 

TELEMACO. — (A Paisano 19). ¡Claro... ya ves! Lo que 
sabemos es que aquí no hay tierra para nosotros. 
¡Vamos ! 

PAISANO 19—Y aunque halláramos todos donde traba¬ 
jar, y comiéramos, y engordáramos... ¿Y qué? 



La Cruz m los Caminos 


93 


PAISANO 29.—¿Y qué? 

TELEMACO.—¿Qué más? 

PAISANO 19.—^Pa mí no basta. Ni pa nadie ha de bastar. 
(A Paisano 29, al tiempo de recoger la maleta). Va¬ 
mos, nosotros. Cortaremos recto. 

TELEMACO.—(Al ver que los otros le vuelven la esnal- 
da e inician la marcha hacia la izquierda). |Vuel¬ 
van! Sigamos el camino abierto; es éste el rumbo. 
¿No ven las huellas? 

PAISANO 19.—(Sin volver el rostro). Nosotros abriremos 
nuestras huellas. 

PAISANO 29.—Sí, las abriremos. 

JESUSA.—(Tomando del brazo a Telémaco e iniciando 
con el la marcha hacia la derecha). Déjalos Teléma¬ 
co. No hables más, que a esos no se les convence, se 
les arrea. (A Juan José y Paisano 39) Vamos; ésos 
por cortar recto, se perderán ahí no más, en la ce¬ 
rrazón. .. 

JUAN JOSE.—(Siguiendo a Telémaco). Sí; siempre el ca¬ 
mino es más seguro. No queda más rumbo que pa 
adelante; tan cerca van los alambres. 

PAISANO 39.—(Durante toda la disputa su mirada ha ido 
de un hombre a otro, en un tenaz esfuerzo por en¬ 
tender cada palabra. Y cuando los pequeños grupos 
ya volvieron la espalda, él permaneció en el centro 
de la escena, viéndolos alejarse, sin que en su an¬ 
gustia pudiera levantar los pies a los que la inde¬ 
cisión pareció clavar a la tierra. Ya uno y otro grupo 
se pierden entre las columnas de los talas, cuando 
abiertos los brazos, sólo consigue gritar): jEsmeren... 
esperen...! {Quién sabe no hay uno que sepa el ca¬ 
mino de todos! (Y allí se queda, sin dar un paso, 
mientras cae el telón ocultando aquella etapa del 
camino.) 


TELON 



ESCENA SEGUNDA 


(En el primer plano de izquierda a derecha, un trozo de 
camino. Hacia atrás, en el centro de la escena, el frente de 
una pulpería. Es una construcción antigua; próximo a cada 
una de sus esquinas, se rompe el lienzo blanco de la pared 
en el rectángulo azul de las maderas de la puerta; en el cen¬ 
tro, a la sombra de los arcos de un alero que avanza desde el 
edificio hasta el camino, la reja! Por encima de la azotea, 
se ahonda un cielo con luz hiriente de mediodía. A un cos¬ 
tado de la casa, un legible letrero anunciador de nafta. De¬ 
trás de la reja, en mangas de camisa, desbruzado sobre un 
diario extendido sobre el mostrador de aquélla, un Pulpe¬ 
ro. Sentado bajo el alero, en el banco que mira hacia la iz¬ 
quierda, vestido de botas, poncho de verano, golilla y cham¬ 
bergo un Paisano. Uno y otro tienen en el rostro y en el 
cuerpo, el cansancio de aquel sol pesando en incontables 
cristales temblorosos sobre las cuchillas. Sus palabras sal¬ 
drán sin la forma del gesto; ninguna voluntad las trae a los 
labios; ninguna respuesta esperan. Hablan porque la presen¬ 
cia de un hombre hace sonar en los labios de otro, los más 
altos y claros pensamientos que llenan la frente, sin pala¬ 
bras, sin voluntad, sin dirección, cuando el silencio del hom¬ 
bre viaja en el silencio del campo. A éstos, lo único ^ue en 
verdad les une, es la idéntica dolorida inmovilidad en oue 
ambos están, mientras sobre el paisaje sólo las sombras via¬ 
jeras de las nubes van inclinando las doradas cabelleras de 
los pastos con los pasos del Tiempo, que ellas conducen. Por¬ 
que el rostro del uno es conocido del otro hasta el aburri¬ 
miento, como la cuchilla que cierra el horizonte frente al pa¬ 
tio de la casa, ni se miran siquiera. Por eso, uno dejará caer 
la mirada insistentemente sobre el diario que tiene bajo los 



Justino Zavala Muniz 


brazos, y el otro parecerá obstinado en contar las arrugas de 
la bota cruzada sobre la otra pierna). 

PAISANO.— (Comentando una reciente lectura del Pul¬ 
pero). ¿Ansina que todavía hay guerra por esos 
páises? 

PULPERO.—Ya vé. 

PAISANO.—¿Pero es entre ellos mesmos, o es entre na¬ 
ciones de un lao y otro? 

PULPERO.—Entre naciones. 

PAISANO.—¡Qué cosa!, ¿no? Aquí ya no habrá más gue¬ 
rras. Sí, se acabaron los caudillos y con ellos se jue- 
ron las guerras. 

PULPERO.—Se fueron las guerras y se llevaron a los 
caudillos. 

PAISANO.—Guerras como las de antes, ya no vienen, ¿no? 

PULPERO.—¿Para qué? Si salíamos vivos, usté seguiría 
siendo domador, yo pulpero... Sólo que el rico se¬ 
ría menos rico y el pobre más pobre. 

PAISANO.—Justo.. . (El comprende, pero el recuerdo trae 
sobre la luz de las realidades presentes, la más viva 
aún de sus imágenes). Aquí jué adonde conocí a uno 
de cerca... La tarde en que llegué, su pulpería 
blanca jué como un saludo alegre del pago, exten¬ 
dido en los dos brazos del camino. 

PULPERO.—Cierto; mi casa era como una espera en el 
campo; así mi vida. Entonces era necesario tener po¬ 
trero grande, aguadas limpias, para que los caballos 
no se pasasen rompiendo a la noche en relinchos, 
mientras los viajeros iban dejando la crónica de sus 
vidas sobre este mostrador. 

PAISANO.—Comparaos con los de áura, ¡qué escasos eran 
antes! 

PULPERO.— Sí; ahora es mucho más transitado el cami¬ 
no; pero en el recuerdo parece vacío. Es que los 
hombres se nos han vuelto indiferentes, (T el pul¬ 
pero deja irse el aburrimiento en un largo bostezo, 
ante la indiferencia callada del paisano. Por la iz- 



La Cruz de los Caminos 


97 


quierda asoman Telémaco, Jesusa y Juan José. Des¬ 
de la llanura de la escena anterior, sólo ellos han 
alcanzado a este alto del camino. En el viaje se han 
ido desprendiendo los pocos que aún seguían. Todo 
lo que tienen va sobre los hombros de cada uno, en 
las maletas cuyo peso multiplica el sol hasta ago¬ 
biar los cansados pasos. Telémaco aprendió de sus 
antepasados, aquel agudo instinto de iluminar en 
la noche los caminos en sombra, con sus recuerdos; 
con él avanza ahora, rumbeando en las sombras del 
camino de su destino. Jesusa le sigue con la firme¬ 
za de quien va viendo abrirse las distancias en las 
huellas del hombre en quien crée. Y cerrando la 
marcha Juan José. Aunque su hombro no lleva más 
que la guitarra, es su andar el más cansado. Se di¬ 
ría, por el gesto con que sostiene el instrumento, que 
su silencio le pesa hasta vencerlo). 

JUAN JOSE.—(Al enfrentarse a la pulpería, vacilará un 
instante entre seguir las huellas de Telémaco y Je¬ 
susa, o acercarse a la reja. Luego, decidido, a Telé- 
maco). Vayan andando que ya los alcanzo, (Mien¬ 
tras los viajeros continúan lentamente, el Paisano 
sacude su indiferencia con el gesto con que acoge 
el saludo de J6an José). Buen día, paisanos. 

PAISANO.—Buen día, amigo. 

JUAN JOSE.—(Al Pulpero). ¿Quiere darme una caña? 

PAISANO.—¿Viajando el hombre? 

JUAN JOSE.—Sí, señor. 

PAISANO.—¿Y pa dónde, mesmo, si no hay inconve¬ 
niente...? o 

JUAN JOSE.—(Con gesto de cansancio). Y, justo... mis¬ 
mo, yo no lo sabría decir... Una tierra sin dueñf s, 

sin pobres_Pa decir la verdá... (Señalando a 

sus compañeros que se han detenido a esperarlo). 
Allí, el aparcero, es que sabe. 

PULPERO.—(Alcanzando la copa servida con su imper¬ 
turbable aburrimiento) Ha de ser lejos... 



98 


Justino Zavala Muniz 


JUAN JOSE.—Venimos de lejos... Cansa el camino. 

PAISANO.—No está hecho el criollo pa andar ansina... 

JUAN JOSE.—(Siempre aludiendo a Telémaco). Y a aquél 
no hay quién lo pare. Andar y andar, dice: no que¬ 
da otro remedio. 

PAISANO.—¿Quién lo rempuja? Mas, ¿usté es cantor? 

JUAN JOSE.—Pa servirlo. 

PAISANO.—Gracias. ¿Cosas nuestras? 

JUAN JOSE.—Que han pasado... 

PAISANO.—¿Compuestos por usté? 

JUAN JOSE.—Si usté no duda... 

PAISANO.—¿De gauchos? 

JUAN JOSE.—Matreros. 

PULPERO.—^Ya no quedan más que en las décimas... 

PAISANO.—¡Y lo que jué de lindo ese tiempo! ¿Vamo a 
óirlo, paisano? 

JUAN JOSE.—¿Dá permiso el pulpero y convida? 

PULPERO.—Con un vaso de vino. 

PAISANO.—Sientesé, amigo. (Entusiasta, contestando a 
alguien que hubiera puesto en su alma una afirma¬ 
ción dolorosa). ¿No vé, caramba, cómo todavía que¬ 
da lo nuestro? 

JUAN JOSE.—(Sentándose. A Telémaco). Ché, Telémaco: 
a vayan siguiendo, que yo voy a cantar unas cosas 

a estos amigos... 

TELEMACO.—(Que se había sentado mientras esperaba, 
se pone de pie). ¿Qué has de cantar? Vamos, Juan 
José: no nos queda tiempo para cantos; todavía es 
temprano. 

JUAN JOSE.—(Como si sus palabras hiciera largo tiempo 
que estuvieran detrás de los labios. Con inusitado 
encono). Mirá: sigan ustedes, ;qué caramba!... Si 
no sabés hacer aprecio de mi música, ¿pa qué te 
voy a seguir? 

TELEMACO.—(Su bondad no advierte el rencor del otro). 
¡Vamos, Juan José, vamos! Traé tu guitarra; te ha 
de servir cuando descansemos, y hasta encontrarás 



La Cbüz de los Caminos 


99 


en ella nn canto nuevo. 

JUAN JOSE.—(Ante la mirada curiosa de los desconocí' 
dos, aumenta el encono de su voz). Te seguí para 
ver si hacia un compuesto con tus hechos... 

TELEMACO—¿No me seguiste como un amigo, entonces? 

JUAN JOSE.— ... pero no hiciste nada heroico como un 
cauaiiio; ni doioriuo como un matrero, ¿Qué CcUito 
se vá a hacer con tu vida?, 

JESUSA.—(Violenta). ¡Quedáte, desgraciado! Porque su 
viaa no ha siao con una lanza en la mano, no has 
sabido ver la valentía ae sus necnos. ¿Que saoes vos 
üe su dolor, si te pasas miranao pa aíras y recordan¬ 
do historias que nunca viste? (Coge a Teiémaco y 
le induce a marchar). Va encontraremos uno que 
hara nuestro canto... 

JUAN JOSE.—No será un paisano. 

JESUSA.—(Volviendo hacia la pulpería la cabeza). ¡Más 
que vos, haragán! (Con desprecio) ¡Que has de ser 
un amigo! Vos querés a ios que ya no existen, r.i 
necesitaron tus cantos pa ser lo que iueron... 

TELEMACO.—(intentando aún convencerlo). Vamos, 
Juan José; trae tu guitarra; ya nos sentaremos a 
oirla. 

JESUSA.—(A Teiémaco). Dejálo. ¿Pa qué ha de servir? 
(A Juan José) Ya encontraremos, tal vez en la otra 
vuelta del camino, uno que ha de querer a los que 
vé luchar y sufrir. El tendrá una música nueva que 
no está en tu guitarra gastada. Ya te veremos, des¬ 
graciado, decir también que es un compuesto tuyo y 
repetirlo... 

JUAN JOSE.—¿Y si no lo encuentran? 

JESUSA.—(A punto de perderse, por el extremo del ca¬ 
mino, llevándose del brazo a Teiémaco). Seguire¬ 
mos callados. Y cuando hayamos llegado, el que pa¬ 
se por aquí y te oiga, y después vea nuestro rancho, 
nuestros hijos, recordará el camino y de nuestra his- 



100 Justino Zavala Muniz 

toria sobre él, hará nuestro canto. 
JUAN JOSE.—No veo qué ha de contar. 
JESUSA.—Ya lo verás, cuando lo oigas cantar. 


TELON 



ESCENA TERCERA 


(Está cayendo un atardecer sobre el camino que simula 
el primer plano de la escena. Al fondo sobre el paisaje, lla¬ 
nura desolada, una loma, partida su cumbre por la cruz que 
forman dos caminos; uno de sur a norte, otro de este a oes¬ 
te. La sombra de la tarde está suavemente tendida en la la¬ 
dera de la loma; en la cumbre, donde los caminos se cruzan, 
queda todavía la clara luz del sol resplandeciente sobre las 
blancas cintas dirigidas a los cuatro horizontes. Por la iz¬ 
quierda vienen Telémaco y Jesusa. Traen pesadas maletas 
sobre los hombros. Jesusa apenas si logra sostener a Telé- 
maco que avanza, vencido. Llegado junto al camino, que da 
frente a la escena, sus piernas como su voluntad, ya no pue¬ 
den más y se doblan hasta caer.) 

JESUSA.—(Deja en el suelo las maletas y coge a Telé- 
maco por debajo de los hombros, intentando levan¬ 
tarlo). ¡Vamos, Telémaco!... ya estamos cerca; 
romperás de nuevo la tierra; plantarás el trigo; se al¬ 
zarán los árboles; levantaremos nuestro rancho... 

TELEMACO.—(Su voz está quebrada, como su alma). Sí, 
todo eso podría volver a ser, ¿Y después? 

JESUSA.—Encontraremos una vejez tranquila bajo nues¬ 
tra casa, oyendo cantar a tus árboles llenos del 
viento... ' 

TELEMACO.—¿Y después? 

JESUSA.—¿Después?... 

TELEMACO.—Moriremos. Dejáme. (Su voz sale con la 
lentitud del esfuerzo). Ya he roto muchas tierras, 
tuvimos los hijos... Recogimos el trigo que el pa¬ 
trón vendió. Allá en las cuchillas lejanas, está el 



102 


Justino Zavala Muniz 


viento cantando entre los árboles que yo planté... 
y no los oigo. Cayó, como un montón de cardos rese¬ 
cos, nuestro rancho. Como vos, como yo, perdidos 
en los galpones andan nuestros hijos... 

JESUSA.—(Enjuga tiernamente con su pañuelo, el sudor 
que comienza a correr por el rostro de Telémaco). 
Los llamaremos. 

TELEMACO.—^Dejáme; lo que puede venir ya fué y pasó. 
Lo que no termina es este cansancio de la vida po¬ 
bre. Como por un árbol deshecho, pasa el dolor por 
mi cuerpo quebrado; como pasó sobre el de nuestros 
padres y pasará sobre el de nuestros hijos. (Le es 
preciso descansar antes de proseguir). Y seguirá en¬ 
tre las ramas de los corazones, cantando con sus vo¬ 
ces sordas, que nadie recoge... 

JESUSA.—Pero la esperanza... Yo tengo esperanzas; vos 
también las tenías... 

TELEMACO.—La esperanza... Igual a las tierras que yo 
plantaba, así está mi corazón. Todas las primaveras 
crecían las esperanzas. (A cada instante es más len¬ 
ta y más sorda su palabra) .. .que la hoz de los días 
segaba siempre... Y otra vez a plantar la misma 
semilla para la nueva siega. (Pausa). Así de niño... 
de joven... de viejo. Ahora sin jugo, tierra ya rese¬ 
ca de tanto alimentar a la semilla hambrienta, así 
está mi corazón. (En un último esfuerzo, señalando 
la loma, donde los caminos se cruzan). Lleváme has¬ 
ta allí... enterrado bajo la cruz de los caminos... 
para que los hombres que vengan, de cualquiera de 
las cuatro distancias, pasen galopando sobre mi 
muerto corazón... (Ante los labios enmudecidos, 
los párpados cerrados, Jesusa se abate buscando una 
feliz respuesta, que ya no es, por siempre, posible, a 
su angustia.) 

JESUSA.—(Sosteniendo en sus rodillas la espalda de Te¬ 
lémaco; en sus manos la cabeza muerta). ¡Teléma¬ 
co!... ¡Telémaco!... (Intenta levantarlo; en el 



La Cruz de los Caminos 103 

cuerpo del hombre ya sólo está el silencio. Ante la 
indiferencia definitiva, ella gritará su llanto a los 
cuatro horizontes). ¡Ah!... yo sola no puedo... No 
me dan las fuerzas!... ¿De dónde vendrá el hom¬ 
bre que ha de ayudarme a levantarlo y llevarlo has¬ 
ta la altura? (Con los labios separados por el grito, 
allí queda, atento el oído de angustia, esperando la 
respuesta que todavía no tienen los callados hori¬ 
zontes indiferentes). 


TELON 





/ 






Música de la Tonada de la jomada 
segunda compuesta por María Julia 
Garoyalde de Zavala Muniz. 





jusTino zñvñLñ muniz 


ALTO ALEGRE 

☆ 


DRAMA EN TRES ACTOS 


Estrenada en el Teatro Marconi de 
Buenos Aires el 12 de Junio de 
1940 bajo la dirección de Armando 
Discépolo, y en el Teatro SODRE 
de Montevideo el 26 de Agosto de 
1943, bajo la dirección de 
Margarita Xirgú. 



DEDICATORIA: 

Para tí, María Julia: Porque tu claridad 
en mi espíritu, iluminó estas doloridas 
imágenes. 


J. Z. M. 



UN DIA CUALQUIERA 

Es la plaza del pueblo del ALTO ALEGRE. Así la lia- 
man los moradores de aquel mísero rancherío disperso so¬ 
bre una aplanada y alta cuchilla, desde la que se ven exten¬ 
sas soledades de campo donde sólo viven los ganados. 

En realidad, allí no hay plaza, ni pueblo, ni alegría. 

ALTO ALEGRE, le llamaron los escasos viajeros de re¬ 
motos tiempos, a aquella cuchilla en donde se detenían 
las diligencias para hacer su posta renovando los 
caballos que las llevaban por el solitario camino de las lla¬ 
nuras. Porque desde allí, hacia atrás y adelante, se abre 
el paisaje en suaves ondulaciones de lomas con ritmo de 
nubes de medio día de verano. Alto Alegre, cuando sólo 
era cielo y campo, y tranquilos ganados pastando en las 
cañadas o sonoras majadas en las laderas. Antes de que 
vinieran los hombres a levantar sobre él sus achatados ran¬ 
chos, y a mancharlo con esas formas de su miseria. Pero 
el nombre ya estaba, y los viajeros siguieron llamándole 
con él, olvidados, en el recuerdo de la alegría del paisaje, 
del dolor de los hombres que ahora allí viven. 

Un pequeño propietario que malgastó su herencia, di¬ 
vidió aquella cuchilla en manzanas regulares, recuadra¬ 
das por anchas calles, puso sus terrenos en venta y per 
precios que alcanzasen a pagar los peones de estancia con 
sus mezquinos sueldos; y al amontonamiento de los ran¬ 
chos así levantados le llamó “Pueblo”. 

Así nació este del ALTO ALEGRE. 

De la pobreza de uno y la miseria de todos los que 
allí vinieron a levantar sobre un pañuelo de tierra, un 
techo donde guardar a la mujer y los hijos, mientras ellos 



lio 


Justino Zavala Muniz 


andaban por las estancias del contorno ganándose el pe¬ 
dazo de carne que traían de tarde en tarde. 

Sin duda, los primeros que cortaron la tierra, los ár¬ 
boles, y la paja para edificar aquellos ranchos, lo hicieron 
con alegres cantos de esperanza. Pero de ellos ya no que¬ 
da recuerdo. 

Ahora sólo se ve, en la actitud y la mirada de los hom¬ 
bres, como en los ranchos, las grietas del cansancio del 
desengaño. De tal modo, que el viajero que un día lle¬ 
gase allí, aún sin hallar entre los ranchos persona alguna, 
podría por aquellos reconocer luego a sus habitantes. 

Tal como cuando en los caminos se cruzan con sus mo¬ 
radores, los viajeros se dicen: “Ahí va uno del Alto Ale¬ 
gre”. El pueblo define a sus pobladores, como éstos a aquél. 

De tal lugar es la plaza. 

Un espacio baldío en donde crecen sucias gramillas 
y macachines. 

No la rodea ni iglesia, ni comisaría, ni escuela. 

De todos estos edificios que jerarquizan a las plazas de 
los pueblos del Uruguay, en éste sólo está la pulpería. 

Con sus altas puertas hasta las que se sube por dos 
escalones de piedra que dan a la calle; blanca, con una 
divisa azul en el pretil, tiene una altura de orgulloso em¬ 
paque, levantada sobre la esquina de la derecha, en la ca¬ 
lle que cierra el fondo de la plaza. 

A sus costados, como sobre las calles de la izquierda 
y derecha, se humillan rodeando la casa del pulpero, los 
míseros ranchos. 

Alguno, el de Liboria, que está sobre el costado de¬ 
recho dé la plaza, tiene el lujo de un álamo tierno frente a 
él. Otros, como el de Lázaro, sobre el costado izquierdo, re¬ 
lumbran al sol de las mañanas, en los trozos de latas con que 
se han remendado sus paredes de terrón. Pero todos repro¬ 
ducen la típica forma del rancho criollo: techo de paja, 
de dos aguas, y una puerta y ventana al frente, que aquí 
se abren hacia la plaza. 



Alto Alegre 111 

Y rodeando a este apretado círculo de miseria, el lu¬ 
jo de la luz plena sobre los campos reverdecidos de pri¬ 
mavera, la abierta soledad de las estancias, y la grandeza 
de un cielo azul. 

Desde allí se ve venir un camino que asoma, rojo, en 
la curva de una loma y baja y se pierde hacia el pueblo, 
oculto por la azotea de la pulpería. 

Por él se verá bajar, cuando el desarrollo de la acción 
lo indique, a los moradores del ALTO ALEGRE. 



ESCENA PRIMERA. 


Un grupo de niños, varones y mujeres, está, disperso, 
sobre la plaza. Débiles, cubiertos de harapos, los pies des¬ 
calzos, juntan macachines que van arrancando del suelo 
y guardando en una lata que cada uno tiene a su lado. 

Son los hijos del Alto Alegre. Unos de ojos azules y pe¬ 
lo negro; otros, con los rasgos del indio, ojos oblicuos y 
largos mechones que se aplastan en la frente. Ninguno 
tiene una raza definida. ¡Cómo han de tenerla aquellas in¬ 
felices criaturas entre las que, por otra parte, sólo es idén¬ 
tica la miseria? 

De pronto todos se distraen de su afanosa búsqueda, 
y alzan los torsos para mirar hacia la puerta de Liboria. 
Por ella han aparecido primero Braulio, retrocediendo pe¬ 
nosamente; luego Liboria que aún mantiene al niño suje¬ 
to con una mano, por los cabellos. 

Braulio tiene recién doce años. Es pequeño de formas; 
está apenas vestido con los jirones de lo que fué un panta¬ 
lón y una desgarrada camisa. 

A pesar de que su tía le tiene asido brutalmente por 
los cabellos, él sigue alejando, con la mano escondida de¬ 
trás de su cuerpo, el trozo de carne por el cual han reñido. 

Liboria es una mujer que ha pasado ya los cincuenta 
años. Flaca, angulosa, de áspera voz y vestidos míseros. 

BRAULIO.—(Retrocediendo hacia la calle, hasta lograr 
desasirse). ¡Déjeme, tía, ya le di su parte! 

LIBORIA.—(Todavía tiene en una mano el trozo de car¬ 
ne que el niño le ha dado). ¡Te he dicho que me 
entregues eso, bandido! 



jU 


Justino Zavala Muniz 


BRAULIO.—¡Pero si es para mama!... ¿Qué comemos 
nosotros, entonces? 

LIBORIA.—(Intentando aún quitarle el trozo de carne. 
Imperiosa). Tu madre volverá con sobras de comi¬ 
da de la estancia donde fué a lavar. (Braulio ha 
dado un salto, poniéndose fuera de su alcance. L» 
ira tiembla en la voz de la mujer). ;Caminé, ban¬ 
dido! ;Te he dado de comer y ahora te me vas con 
la carne! 

BRAULIO.—(Oueriendo exnresar con justicia la situa¬ 
ción). ¡Pero tía, usted cocinó para los dos, carne 
^ y macachines oue yo traie!. Todavía le regalé ese 
pedazo... ¿Qué más quiere?. (Aludiendo al que aún 
conserva en la mano). Este es para mama. 

LIBORIA.—(Con acento de desniadada amenaza). ¿De 
dónde sacaste esta carne, decí? 

BRATTLTO.—í’TmnIorante). ¡Ya le dije, tía! 

LIBORIA.—(Mostrando el trozo que ella tiene). ¿Vas a 
decir que es carniza oue encontraste en la zanja?. 
Mirá, ¿quién te va a creer? 

BRAULIO.—(Los sollozos están a punto de ahogar su 
voz). ¡Por favor...! Ya le dije... No sea mala. ¡Us¬ 
ted comió y tiene un pedazo grande! Déjeme! Lue¬ 
go vuelvo a ir y le traigo otro; sólo yo sé donde 
está... 

LIBORIA.—(Oi»e ha advertido el temor del niño). Dame 
eso, te digo! 

BRAULIO.—Este, nó!... 

LIBORIA.—(Gritando). ¡Ladrón, te denunciaré! 

(Ante el grito de la mujer, los niños se reúnen y miran 
a Braulio con expresión de asombro, mientras hablan en¬ 
tre ellos. Este se ha sentilo sacudido por la amenaza, y 
adopta un gesto cercano a la fuga. En la ventana del ran¬ 
cho que queda en la calle del otro costado de la plaza, 
frente a aquel en que está el de Liboria, asoma Brígida). 
(No se le alcanza a ver más que el busto. Lleva un pa- 



Alto Alegre 


115 


ñuelo negro sobre la cabeza de agudo perfil y cabellos gri¬ 
ses; una bata de color amarillo agrio. Su voz, como las ma¬ 
nos que apoya en el marco de la ventana, tiene una áspera 
sequedad que ella intenta disimular con un tono de impo¬ 
sible ternura entre sus labios). 

BRIGIDA.—(A Liboria, que ya avanza, con decidida có¬ 
lera por la plaza y en dirección a la esquina cer¬ 
cana a la casa de aquella). ¿Se disgustó, vecina? 
¿Qué le pasa con el gurí? 

BRAULIO.—(Siguiendo a cautelosa distancia a su tía. 
Casi llorando mientras ruega). ¡No me haga eso!... 
¡Acuérdese de mama! Si ella me dice que se lo dé 
en seguida le traigo este pedazo de carne. ¡Pero 
no me denuncie, tía!... ¡Si usted también comió! 

LIBORIA.—(Entreparándose, a Brígida). Este bandido, 
que mató una oveia de un palo, para traérsela di¬ 
ciendo oue era carniza. 

BRIGIDA.—?Qué horror, vecina!... ¿Y usted comió de esa 
carne? 

BRAULIO—íPero si otros también lo hacen. ¿No es ver¬ 
dad, doña Brígida! 

BRIGIDA.—(Simulando un honrado asombro). ¡Calíate, 
muchacho; no me metas a mí en esas cosas! Mirá 
tu pobre tía... que comió carne robada... 

LIBORIA.—(Insultante, y mientras se vuelve para diri» 
girse hacia la esauina sobre la cual está la pul¬ 
pería). Pero sin saber que era robada. ¿Entendió? 
No sov como otras que el estiércol que una junta 
con todo trabajo, van de noche a robárseloi- 

BRIGIDA.—(Se advierte que domina la situación, por su 
imperturbable serenidad). Limpíese la boca... le 
chorrea sangre fresca, vecina. Y las carnizas, que 
•*”0 sepa, nunca son tan tiernas 



ESCENA SEGUNDA 


Ya va Liboria, seguida por Braulio, a perderse por la 
calle de la pulpería y Brígida ha entrado a su rancho, cuan¬ 
do desde el comercio se ve salir a Lázaro, cuyo rostro ha es¬ 
tado asomando mientras en la plaza discutían las mujeres. 

Tiene sesenta años. Todo en él, la mirada de los ojos 
azules, el gesto de los labios anchos y blandos, la voz, el 
ademán y el paso, tienen la sensación de una vencida bon¬ 
dad. Viste un saco cuyo color se ha vuelto indefinido y un 
pantalón que deja ver el extremo de sus piernas, delgadas 
hasta no ser más que hueso y piel. La cabeza, calva en lo 
alto y con abundante cabellera descuidada y sucia en la 
base, llévala al descubierto. Calza alpargatas raídas y en¬ 
durecidas por el barro. 

LAZARO.—(Mientras desciende lentamente los escalones 
de la pulpería. A Liboria). Buenas tardes, doña Li¬ 
boria. (Intentando disimular su intención, que es 
cerrarle el paso buenamente). Parece que va a ve¬ 
nir un tiempo muy bueno; dicen que empezó a 
cundir la peste en las majadas. ¿Usted no ha oído? 
Sí; será un tiempo muy bueno. 

LIBORIA.—(Con gesto agrio). Yo no he oído nada. 

LAZARO.—Pa los estancieros la cosa no será de alegrar¬ 
se. Pero pa nosotros, ¿no le parece? A ellos les 
sobra; a nosotros nos falta. Menos mal que la pes¬ 
te, aunque más no sea ella, es como un destino. 
Reparte un poco. ¿No le parece? 

LIBORIA.—(Intentado seguir). ¿Usted no sabe por dón¬ 
de anda el sargento? 



118 


Justino Zavala Muniz 


LAZARO.—(Como si no hubiera oído). Al fin, si no la 
comemos nosotros, queda pa los zorros y los cuer¬ 
vos. Y un cristiano, ¿no verdá?... tiene más de¬ 
recho. Al fin... 

LIBORIA.—(Ya impaciente. Apartándole de adelante). 
Le he preguntado por el sargento. 

LAZARO.—¿El sargento? 

BRAULIO.—(Que ha estado atento al diálogo). ¡Pídale 
por mí, viejo Lázaro! 

LAZARO.—¿Qué te pasa, muchacho? (A Líboria). Pa qué 
quiere al .argento? Milicos son milicos. ¿Pa qué los 
quiere? 

LIBORIA.—Voy a denunciar a este bandido. 

BRAULIO.—(Ofreciéndole de nuevo el trozo de carne). 
Aquí lo tiene, tía. ¿Quiere que yo mismo se lo lle¬ 
ve a su casa? ¿Quiere que vaya en seguida y co¬ 
rriendo? 

LAZARO.—¡Claro, doña Liboria! No meta un milico en 
estas cosas... Hoy la sirven, porque es pa hacer 
mal al muchacho; mañana, contra usté sirven a 
otro. ¡Mirá que gente! 

LIBORIA.—Bueno: ¿sabe o no sabe dónde anda? 

LAZARO.—(A Braulio, simulando un enojo que calme 
a su tía). Respeté a tu tía, muchacho! (Quitándole 
con violencia el trozo de carne). ¡Traiga eso pa 
aquí. ¿No vé que es de la vecina, pues? (Ofrecién¬ 
dole). ¡Sírvase, doña Liboria! 

LIBORIA.—(Abriéndose paso entre ambos, al punto de 
perderse ya en la esquina de la calle. A Lázaro, con 
cruel sarcasmo). Yo no preciso su carne, viejo. Llé¬ 
vela para su casa... que hará mucha falta, ahora 
que son tres. 

LAZARO.—(Con un inocente asombro en la mirada, la 
voz y el gesto). ¿Por qué me dice eso? ¿Qué le 
he hecho? (Pero Liboria ya ha desaparecido, sin oír¬ 
le. El se vuelve a Braulio, alcanzándola el trozo de 



Alto Alegre 119 

carne que aún conserva en la mano extendida). — 

Tomá, Braulio. Yo ¿pa qué quiero?... ¿qué le hice? 
BRAULIO.—(Cogiendo con desgano la carne). Yo tam¬ 
poco le hice nada... Esto era para mama. ¿Y ahora, 
qué hago, viejo Lázaro? 

LAZARO.—(Con gesto de vencimiento). — Y... ¿yo qué 
sé? ¿Ves? Vos sos bueno, querés con toda el al¬ 
ma, y ahí está. Dispararle a la desgracia... ¿Cómo? 
Vos... 

(Y juntos de tal modo, como si fuesen dos niños 
cogidos de la mano para protegerse del miedo, 
vuelven a la puerta de la pulpería. Lázaro sube los 
escalones y allí se queda, perdidos la mirada y el 
pensamiento; vuelto hacia el rancho vecino de 
aquel en que Brígida acaba de ocultarse cerrando 
la ventana. Braulio se sienta en el primer' escalón 
junto a la calle; coloca en el suelo la carne, y per¬ 
manece, la cabeza hundida entre las manos, empe¬ 
queñecido por el encogimiento de un llanto ca¬ 
llado). 



ESCENA TERCERA. 


Malucho ya ha llenado de macachines su lata. Ergui¬ 
do junto a ella, llama con voz imperativa que los otros ni¬ 
ños obedecen. Aunque de color es moreno hasta parecer azul, 
su frente es amplia y finos los labos y la nariz. Tiene trece 
años de edad. Como todos sus compañeros, está cubierto 
de andrajos, y lleva los pies descalzos). 

MELUCHO.—(En alta voz). Vamos a ver. ¿Quieren ju¬ 
gar un poco? Ya tengo llena mi lata; pa la sopa 
de luego tenemos bastantes macachines. (Los de¬ 
más niños van rodeándolo, cada uno con su lata 
en la mano, sobre la cual se sientan formando un 
amplio semicírculo en torno de Melucho que con¬ 
tinúa de pie. Mientras se desarrolla la escena, al¬ 
gunos comen macachines que van extrayendo de 
sus latas mientras otros se hurgan las narices y 
el pelo). 

EVANGELIO.—(Tiene apenas doce años. Pero a pesar de 
ello, y de la pobreza mísera con que está vestido 
•—trozos de un pantalón de hombre y d^ un viejo 
saco de mujer — hay en su voz y en los ojillos 
pequeños y vivaces, un acento de audacia que los 
otros parecen acatar). ¿Y a qué vamos a jugar?. 

MELUCHO.—Hacé de cuenta que yo era un rico. Y 
puedo dar todo lo que me pidan. Así que cada uno 
de ustedes pide lo que le gusta, y hace de cuenta 
que yo se lo doy. 

EVANGELIO.—¿Y vos podés cualquier cosa? 

MELUCHO.—Pues está claro; pa eso hace de cuenta que 
yo soy el rico. 



122 


Justino Zavala Muniz 


EVANGELIO.— (Medita un instante. Todavía duda). 
¿Pero podés hasta con la policía y la justicia, 
mismo? 

MELUCHO.— (Con firme convicción). Pues si, te digo’ 
Pa eso hace de cuenta. 

EVANGELIO.— (Interrumpiéndolo). Bueno; ya está. Ya 
sé lo que voy a pedir. Empezá. 

BAUTISTA.— (Tiene la misma edad de Evangelio. Pero 
como aquel es audaz, este es dulce y tierno. Más 
fuerte que su miseria se alza la trasparente luz de 
sus ojos azules y el resplandor de la cabellera 
rubia. A Melucho). ¿Y vos podés en el agua, y en 
el cielo, y en la tierra? ¿Sos el rico y si nosotros, 
los pobres, te pedimos, vos nos das? 

MELUCHO.—¡Pues claro! (Le impacienta la torpeza de 
su compañero). ¿No entienden?: hace de cuenta. 

BAUTISTA.—Bueno. (Con humilde gravedad, inten¬ 
tando dar a la voz y el gesto el tono de la escena 
que ya ha imaginado). SEÑOR RICO: yo vengo a 
pedirle que me deje vivir en la costa de un río, en 
donde haya árboles que den mucha sombra, y fru¬ 
tas. Que no me falten nunca, y yo viviré tirado en 
los pastitos húmedos mirando el cielo, viendo pasar 
sobre la laguna la sombra negra de los cuervos, 
las manchas rosadas de las garzas, y salir el sol, 
colorado como una gran brasa ardiendo, y la luna, 
blanca como el agua del río. (Se detiene un ins¬ 
tante pensativo). No quiero que usté le quite a 
nadie para darme a mí. (Pausa). Si... y que no 
haya invierno ni verano; que siempre sea el aire 
como un otoño. (Con humildad). Ahí está lo que 
yo quiero, SEÑOR RICO. 

ROSALIA.—(Está vestida con los restos de una falda, y 
un sucio saco de hombre. Es morena, de débil as¬ 
pecto. Todavía una niña; pero su edad se pierJe 
bajo aquellas ropas que la cubren de un modo 



Alto Alegre 


123 


tristemente ridículo). ¡Ah, qué zonzera... este 
sólo pide qué comer y no tener frío! 

BAUTISTA.—¡No, señor, qué comer sólo, no. ¿Y lo 
demás? 

MELUCHO.—(Poniendo paz que permita continuar el 
juego. A Rosalía). Bueno: a ver vos. 

ROSALIA.—(A Melucho). ¿Y vos mandás a los hombres? 
¿Hasta los que cantan y tocan la música? 

MELUCHO.—¡Seguro, muchacha! 

ROSALIA.—Entonces, SEÑOR RICO, vea lo que vengo 
a pedirle: yo quisiera ser una señora y tener una 
casa grande, muy grande, con cama para todos los 
que vivieran allí. Y que un día llegase un prince... 

EVANGELIO.—(Con sorna). ¿Un qué? 

ROSALIA.—(Humillada, más que por la pregunta cuyo 
alcance no entiende, por la intención que advierte 
en los ojos de Evangelio). Pues... un prince... el 
que se casa siempre con las princesas. 

MELUCHO.—(Imperativo, a Evangelio). Calíate, vos; 
dejála seguir. 

ROSALIA.—(Ya su espíritu se ha turbado bajo la burla, 
y sólo quiere terminar brevemente)..'. que lle¬ 
gara, con muchos guitarreros y cantores, y otros 
que tocasen la acordeón. Entonces en mi casa ha¬ 
bría música y cantos. Y yo estaría sentada en una 
silla blanda, bien blanda, tomando mate de leche 
con bizcochos muy calentitos... 

EVANGELIO.—(Mortificante). ¿Y el prince? 

ROSALIA.—¡Andá, malo!... ¡No juego más! 

MELUCHO.—(A Evangelio). A ver, contá vos. 

EVANGELIO.—¿Dijiste que vos mandás más que la 
policía y los jueces? 

MELUCHO.—Ya lo sabés. 

EVANGELIO.—Bueno, SEÑOR RICO: deme un caballo 
negro, con la cara y las cuatro patas blancas. Le 
llamaré Lucero. 



124 


Justino Zavala Muniz 


MELUCHO.—(Como si tal hiciera). Tome; agárrelo. 

EVANGELIO.—(A medida que habla su voz es más 
resuelta, su gesto más audaz). Y un par de botas y 
espuelas; unas bombachas orientales; un poncho de 
verano, listeado, y otro de invierno... 

MELUCHO.—Ahí los tiene. 

EVANGELIO.—Un pañuelo colorado y un sombrero 
criollo. Ahora... el apero, un lazo, un rebenque y 
un facón. Un revólver que no falle, y un cinto 
lleno de balas. 

MELUCHO.—Tomelós. ¿Qué más quiere? 

EVANGELIO.—(Orgulloso). Nada más. 

MELUCHO.—(Sorprendido). ¿Y ese es tu cuento? 

EVANGELIO.—(Siempre como si estuviese en el mundo 
de su imaginación). Lo demás, lo tengo yo. Comeré 
lo que quiera; dormiré de día y andaré de noche. 
Pa mí no habrá alambrados, ni ríos crecidos. Lle¬ 
garé a las estancias y a las pulperías, y los dueños 
me dirán, muy respetuosos: Bajesé, don Evangelio. 
Pausa. Desafiante). ¡Ah, y si quiere, mande a sus 
policías que me sigan, y el cuento será larguísimo!. 

ROSALIA.—(Ha visto la oportunidad de vengarse. A 
Evangelio). ¿Ves? Vos también lo que querés es 
comer a gusto. ¿De qué te reías, entonces? 

BAUTISTA.—(A Junio). A ver vos que estás ahí, comién¬ 
dote todos los macachines que juntaste; hacé el 
tuyo. 

JUNIO.—(Mientras los oíros han estado expresando sus 
sueños, él no ha hecho más que mirarlos con gran¬ 
des ojos inexpresivos, en tanto no cesaba de comer 
los macachines sucios de barro y de hurgarse las 
narices y el pelo. Es el menor de todos y aún asi, el 
de hablar más lento y gesto más perezoso. Con 
desgano). Yo no sé inventar. 

BAUTISTA.—(Alentándolo). Cualquier cosa. 

JUNIO.—¿Cualquiera ? 



Alto Alegre 


125 


MELUCHO.—Sí, lo que te salga de la memoria. 

JUNIO.—(Con hablar lento y espaciando las palabras). 
SEÑOR RICO: Hágame lagarto. 

ROSALIA.—(Sin poder contener la risa). ¿Lagarto, Junio? 

JUNIO.—(Aprovechando la coyuntura). Bueno; ¿no vé? 
Yo no sigo más. 

MELUCHO.—^Déjalo, Rosalía. (A Junio). Sí, señor; ya es 
lagarto. ¿Qué más? 

JUNIO.—^Póngame cerca una casa grande, con un gran 
gallinero... y sin perros. En verano, vendré todas 
las mañanas a comer huevos. Cuando caliente el 
sol, me echaré a dormir en las piedras, mirando pa 
arriba... (Ya está fatigado del esfuerzo). Y bue¬ 
no; en invierno, como todos los lagartos, me ali¬ 
mentaré comiéndome la cola. ¡Hace mucho frío pa 
ir hasta el gallinero! 

‘ ROSALIA.—(Riendo ruidosamente). ¡Sos un haragán. 
Junio! 

JUNIO.—(Sorprendido ante la injusticia de la critica). 
¿Qué?... ¿No era pa hacer de cuenta lo que a uno 
más le gustase? 

MELUCHO.—(Desilusionado) ¡Ustedes no saben seguir 
un juego! Rosalía tiene razón: todo lo que sacaron 
de la memoria, fué pedir qué comer. 

EVANGELIO.—¡Yo no! Eso me lo arreglaba solo. 

MELUCHO.—Pero lo primero que dijiste fué eso. Pedis¬ 
te las armas, pa poder comer lo que quisieras. (A 
los otros). ¿Dijo, o no dijo? 

ROSALIA.—Dijo eso. 

EVANGELIO.—(Sin darse por derrotado). Sí, está bien; 
lo primero sería eso: comer. Pero ¿a quién lo pe¬ 
día? Yo tendría un caballo, un puñal, el campo 
y la noche. 

MELUCHO.—(Da por resuelta a su favor la disputa). 
Bueno: está visto que vos también pedís pa comer. 
Y Rosalía, también. 

ROSALIA.—Yo no, Melucho. 



12(i JusTwro Zavala Munh 

MELUCHO.—Sí, vos hablaste del mate de leche. Y las 
señoras no toman... 

ROSALIA.—(Ingenuamente extrañada.) ¿No toman ma¬ 
te de leche? 

MELUCHO.—No toman. 

ROSALIA.—¿Aunque puedan, no toman? (Pausa) ¿Qué 
comen, Melucho, los ricos? 

MELUCHO.—(Con fastidio ante la inocente curiosidad 
que él no puede satisfacer) ¡Y yo qué sé!... (Pau¬ 
sa. Después de un breve instante de meditación 
con orgullosa suficiencia). Ahora voy a hacer un 
cuento sacado de mi memoria. Escuchen. (Los de¬ 
más le atienden curiosos. Aunque no por eso Junio 
deja de comer macachines y de hurgarse). Dicen que 
una vez Dios bajó a recorrer el Infierno; lo que ha¬ 
ce todos los fin de año. Anduvo por un potrero, y 
por otro, y por otro. El diablo lo seguía dándole 
cuenta de por qué estaban todos aquellos allí, y 
quiénes eran. ¡Había de todo! Viejos, mujeres, al¬ 
gunos gurises, puebleros... y gringos. Dios les iba 
parando rodeo y el diablo explicando todo tal como 
era. Pero el viejito Dios no se daba por conforme. 
Cuando llegaron de vuelta a la puerta del Infierno, 
ya estaba a caballo pa irse, cuando dijo: Diga, Dia¬ 
blo ¿Cómo es que en su Infierno no he visto nin¬ 
gún gaucho? Esa gente es muy alarife, y hay que 
corregirla. 

EVANGELIO.—(Pensativo). ¡Mirá Dios, no más! 

MELUCHO.—El Diablo contestó, como disculpándose: 
“Vea, Don Dios: Es verdad que los gauchos, algunos, 
son unos alarifes y desorejaos; pero como usté ya 
los hace sufrir tanto en la tierra ¿sabe? yo creí que 
era como si ya hubiesen estado aquí”. 

ROSALIA.—(Entusiasta). ¡Ese Diablo! 

MELUCHO.—Entonces Dios pensó un poco, y dijo: “Está 
bien; por ahora vamos a dejarlos. Yo voy a ir por 
la Tierra, a donde hace años que no bajo, y voy a 



Alto Aleorb 


127 


ver cómo se portan.” 

BAUTISTA.—¿Y vino? 

MELUCHO.—(Con desdén). Calíate; es un cuento. “Muy 
bien; como usté ordene”. — dijo el Diablo. “Bueno, 
hasta la vista,” dijo Dios y dió de rienda al caballo. 
Pero en eso vió por el camino un gaucho que anda¬ 
ba costeando la puerta del Infierno, y le gritó al 
Diablo: “¿Y éste, qué anda haciendo?”. “Ya lo vé”, 
— dijo el otro, — “rondando pa entrar”. — “Y qué 
hizo? ¿Usté lo llamó? “No, señor” — volvió a 
gritar el Diablo, — “querencia que el hombre trae 
de la Tierra. ¿No le dije?” — Y Dios se fué al galope. 

ROSALIA. — ¿Querencia de qué, Melucho? 

MELUCHO.—¡De sufrir, Rosalía! ¿No entendés? 

ROSALIA.—¡Ah!... 

EVANGELIO.—¿Ves?, vos también sacaste de la memo¬ 
ria un cuento igual al nuestro. 

MELUCHO.—(Ofendido en su orgullo de narrador). ¿Có¬ 
mo, igual? 

EVANGELIO.—¡Seguro!... ¿Qué sufre el gaucho, a ver? 

MELUCHO.—(Desconcertado). Y... cosas... 

EVANGELIO.—(Con firmeza). Cosas, no. ¡Sufre ham¬ 
bre! ¡Ahí tenés! 

BRIGIDA.—(De nuevo asomada a la ventana. Gritando). 
¡Melucho!... ¿Qué estás haciendo? (Amenazante) 
Ahora voy yo a buscarte. 

(Los niños cogen sus latas, y solos o en grupos, se dis¬ 
persan por las cuatro esquinas de la plaza, mientras Brígi¬ 
da vuelve a cerrar la ventana, cuando ya Melucho va lle¬ 
gando a su casa). 



ESCENA CUARTA 


(Lázaro desciende los escalones de la pulpería y cruza 
lentamente la plaza, volviéndose de continuo para cercio¬ 
rarse de que nadie le mira. Lleva el gesto tenso, con una 
sensación de angustia y temor que se acentúa a medida 
que se acerca al rancho situado en el centro de la cuadra, 
junto y a la izquierda del de Brígida. Melucho que no ha 
terminado de entrar en su casa, lo espera con alargado ges¬ 
to de burla. 

MELUCHO.—(Desde la puerta de su casa, hacia aden¬ 
tro). ¡Mama, venga a ver al viejo Lázaro que va a 
entrar en su rancho! ¡Esta sí que va a ser linda! 
(Lázaro se detiene ya frente a su puerta, indeciso y 
humillado. Brígida asoma en la suya, con el mate en 
la mano). 

BRIGIDA.—(Con simulado acento piadoso). ¡Pobre don 
Lázaro!... ¡Lo que llega a ver una en este pueblo! 

MELUCHO.—(Viendo la indecisión del otro). ¿Quiere 
que yo golpee y la llame? 

LAZARO.—(Se decide a hacerlo antes que el muchacho). 
No, deje nomás. (Golpeándose las manos, en un 
llamado). ¡Liropeya!... (Escucha. Golpeando de 
nuevo»). ¡Oh, Liropeya!... ¡Liropeya! (Al sentir 
que la puerta va a abrirse, retrocede intimidado 
ante su propia audacia al llamar). 

LIROPEYA.—(Es una mujer baja, de rostro mezquino, 
curtido por el sol y ajado por sus años, que son 
más de cincuenta. Todo en su fisonomía es chi¬ 
quito y parece moverse sin cesar, aunque esté ca¬ 
llada o escuche. Los ojitos negros; la nariz afila- 



130 


Justino Zavala Muniz 


da; los pómulos agudos; los labios hundidos por 
la falta de dientes. Y como envolviendo y aplas¬ 
tando tanta pequeñez, una revuelta melena negra, 
rizosa, que se levanta desde la nuca y apenas si se 
apoya en las orejas y la frente. Su cuerpo, al contra¬ 
rio, es basto; desde el busto hasta los tobillos. Viste 
con la pobreza de todos los de ALTO ALEGRE. Pero 
ella conserva el enhiesto orgullo de aquella melena. 
Asoma violentamente, y así habla a Lázaro). ¿Ya vi¬ 
niste? ¿No te dije que no pisaras por aquí? ¿Qué 
querés? 

BRIGIDA.—(Con tono que intenta ser piadoso, pero que 
en lo intimo tiene la intención de herir). ¡Pero ve¬ 
cina, no eche así al pobre hombre! Al fin, él es el 
dueño de ese rancho. 

LIROPEYA.—¿Y a usté quién la llama en lo que no le 
importa? ¡Llévelo para el suyo, y así no tendrá que 
cambiar uno todas las noches. 

BRIGIDA.—(Simulando sentirse asombrada por la ofensa) 
¡Qué mujer, y qué lengua... Santa Bárbara! Ya de¬ 
cían los antiguos: cuando una vieja se enloquece 
hasta llueve con sol! 

LIROPEYA.—Por buena será que el pulpero le da la yer¬ 
ba sin cobrarle. Si tuviera vergüenza, ese mate se¬ 
ría más amargo que la y el. (A Lázaro, que se ha 
quedado atónito). ¿Y vos, qué esperás para irte? 

LAZARO.—(Con voz de súplica). No grites, Liropeya; 
escúchame: ¿No puedo entrar? 

BRIGIDA.—¡En este pueblo no se puede vivir! ¡Qué 
gente, Dios mío! (Y como ya ha sorbido el mate, 
entra a cebárselo para reaparecer, ávida de curio¬ 
sidad. Así estará, asomando y escondiéndose, mien¬ 
tras Lázaro esté a la puerta de su casa). 

LAZARO.—Escúcheme, Liropeya: ¿me tenés rencor? 
¿Por qué? ¿Te acordás?... 

LIROPEYA.—¡Te he dicho que te vayas! (Despectiva). 



Alto Alegre 


131 


¡Ya me tenés harta con tus memorias! Yo no me 
acuerdo de nada. 

LAZARO.—(Sorprendido). ¿Cómo? ¿Entonces es como 
si vos y yo, aquellos que éramos aquí, en este ran¬ 
cho, nos hubiéramos muerto? ¿Y ahora han veni¬ 
do dos desconocidos a ocuparlo, aunque vos seas 
una de ellos? ¿Cómo puede ser? 

LIROPEYA.—¡Sos un viejo derrotado! (Con ruda impa¬ 
ciencia). ¡Ya te he dicho que te vayas o te hago 
echar! 

BRIGIDA.—(Que ha asomado, el mate en la mano, a tiem¬ 
po de oir ia amenaza) ¡Qué horror!... Se ha perdido 
la justicia en el mundo! ¡El pobre infeliz hi¬ 
zo su casa, y ahora lo hacen hechar por un tordo! 

LAZARO.—(A su mujer). Sí, yo sé. Y antes yo era or¬ 
gulloso y vos eras humilde. Yo estaba allá arriba y 
vos mucho más abajo, como arrolladita. Pero des¬ 
pués que el bagual me quebró y no pude domar 
más, me fui aciiicando y vinimos a quedar iguales. 

LIROPEYA.—¡Bastante te aguanté, entonces! 

LAZARO.—(Con inocente desconcierto). Por eso digo, 
Liropeya: ¿no te dá lástima, no de mí ni de vos... 
de aquellas cosas que hiciste? Vos llorabas, te 
reías, de veras. Y ahora... ¿hacés que no fueran 
verdaderas tus lágrimas ni tus risas? ¿Cómo es? 
¿Se puede, así, despreciar la propia vida de qno? 
¿Qué queda, entonces? 

CLEMENTINO.—(Su voz desde adentro). ¿Con quién 
charlás ahí, que no dejan dormir a la gente? 

LIROPEYA.—(Humilde, a Clementino). Voy, mi queri¬ 
do. (A Lázaro). ¿Oíste? O te vás, o vendrá él a 
echarte. 

LAZARO.—¿De mi casa? Pero si yo puedo... 

(Lázaro no alcanza a terminar su frase de amenaza. 
Apartando a un lado bruscamente a Liropeya, Clementino 
ha, más que salido, saltado desde la puerta y con sus ma¬ 
nos de mocetón recio, ha cogido de los hombros al débil de 



132 Justino Zavala Munií 

Lázaro, lo ha hecho girar sobre los talones y de un empe¬ 
llón lo ha arrojado lejos, mientras le dice): 

CLEMENTINO.—¿Ya viniste, viejo chicharra? ¿No te 
dije anoche que si venías te iba a dar una paliza? 
¡Caminá... ligero, te he dicho! 

LAZARO.—(Que apenas ha logrado mantenerse en pie, 
con voz lastimera). ¿Por qué, por qué? (Todavía in¬ 
siste en que le expliquen la justicia de su desgracia). 
¿Cómo es? 

CLEMENTINO.—(Apenas disminuyendo su ruda violencia 
a Liropeya). ¡Y vos, caminá pa adentro! 

LIROPEYA.—(Entrando, seguida de Clementino, humil¬ 
de). Voy, querido. Voy enseguida. 

BRIGIDA.—(Despidiéndoles, y cuando ella también va a 
cerrar su puerta, satisfecha de haber hallado tema 
tan pródigo y vivo para sus comentarios en la ve¬ 
cindad). ¡Ah, las mujeres han perdido la vergüen¬ 
za!. .. ¡Y los hombres también! 



ESCENA QUINTA 


Los niños han dejado sus latas y vuelven a la plaza, co¬ 
rriendo y jugando. Uno de ellos, Melucho, ha tropezado de 
propósito con Lázaro cuando éste ya va de regreso hacia la 
pulpería). 

MELUCHO.—(A Lázaro, al tiempo de empujarlo). ¡Abra 
los ojos, viejo; no se atraviese en el camino de 
la gente! 

EVANGELIO.—¡Ché, Braulio, vení, vamos a jugar a los 
matreros! 

(Se oyen airadas voces de hombres que discuten dentro 
de la pulpería, hasta que de pronto los que así hablaban 
irrumpen atropelladamente en la puerta. Son los hombres 
del ALTO ALEGRE. Vestidos con idéntica miseria que sus 
mujeres y sus hijos. Detrás de ellos, el pulpero, hombre vul¬ 
gar que viste guardapolvo y alpargatas, los amenaza con una 
cuchilla mientras les grita. Y todos huyen con tal precipita¬ 
ción buscando la calle, en donde luego se detienen, que al¬ 
guno de ellos pasa casi pisando a Braulio. Sólo uno baja, len¬ 
to y tambaleante por el alcohol los escalones. Bien se ad¬ 
vierte que es extraño en ALTO ALEGRE; pues aún cuando 
viste con humildad lo hace con pulcritud. Su nombre es Ma¬ 
nuel. Mientras suenan las voces de la tumultuosa escena, 
en todos los ranchos de la plaza, desde las puertas o venta¬ 
nas, asoman las caras curiosas de las mujeres). 

PULPERO.—(Siempre gritando, amenazante, mientras los 
otros salen como empujados por sus voces). ¡A la ca¬ 
lle, haraganes! {No pueden jugar en paz, y arman 
escándalo! 

MANUEL.—(Con lastimosa dignidad). ¿A quién le dice 



134 


Justino Zavala Muniz 


eso? ¿A mí? (En tanto esta escena se desarrolla en 
la plaza, al fondo, en lo alto del camino, se verá 
aparecer un sargento de policía que viene bajando 
hacia el pueblo). 

PULPERO.—(Sin impresionarse por el gesto del ebrio). 
¡A vos también, borracho! 

MANUEL.—¿Entonces usté quiere decir que yo soy bo¬ 
rracho? ¿Y dónde me emborracho? A ver, dígame 
dónde me emborraché? ¿Y dónde me robaron la 
plata estos tramposos? 

UN HOMBRE.—Nuestros ranchos llaman'a la gente, y 
usté aquí la roba. 

PULPERO.—¡Calláte, haragán! ¡Más de una vez te he 
matado el hambre! 

UN HOMBRE.— Primero la metió en casa, y ahora la 
mata una vez por año. 

MANUEL.—A ver: ¿dónde me emborraché y me robaron 
la plata? ¿A ver? 

PULPERO.—¡Caminen a trabajar, perezosos! ¡Bendito 
Alto Alegre, éste! 

OTRO HOMBRE.—^Pa vos lo ha sido; pa nosotros nuncí^. 
Hiciste un alto sobre nuestra miseria y ahí te es¬ 
tarás engordando, y todavía, insultándonos. ¿En 
qué trabajás, vos? ¿Plantás y cosechás el tabaco 
que vendés? ¿Lo contrabandeás al menos? Vamos 
a ver, decí. 

MANUEL.—Eso es; vamos a ver: ¿dónde me emborraché? 

(Sin que nadie en ella se fije, Liboria cruza la escena 
y entra en su casa). 

UN HOMBRE.—¡Quiere que trabajemos! ¿Pa qué? 

PULPERO.—¡Para dar de comer a los hijos, bandidos! 

OTRO HOMBRE.—Comprando en tu pulpería. ¡Sos muy 
caritativo! 

PULPERO.—(A otro hombre. Amenazante). Ya vendrás 
a pedirme para ganarte una changuita. 

OTRO HOMBRE.—¿Y qué hay con eso? ¿El trabajo es 
tuyo también? ¿Vos sos su dueño?. (Despectivo) 



Alto Alegre ' 135 

Poco más, y te creés que hacés una limosna. 

EVANGELIO.—(Señalando al Sargento que ya asoma a 
la calle). ¡Mirá quien viene! (Todas las miradas se 
vuelven en la dirección que el niño indica. Y bajo 
la misma impresión, se vacían las puertas y ven¬ 
tanas de donde huyen las mujeres, se dispersan por 
las calles los niños, y con disimulado andar vánse 
los hombres y éntrase el Pulpero. Sólo quedan en 
la escena, Lázaro y Braulio). 



ESCENA SEXTA 


(El Sargento es de una impresionante estatura. Da la 
sensación de que en él avanzan con grandes y seguros pasos 
que nada detendrán, todas las fuerzas de una autoridad que 
parece haber sido creada, desde un extremo al otro, con 
formas inconmovibles a las que ni el tiempo podría gastar. 
Así viene, con sus altas botas, su sable enorme, su gesto 
duro e inmutable, a detenerse junto al pequeño grupo que 
forman Lázaro y Braulio. Tembloroso, encogido de terror, 
el niño le mira acercarse como si detrás de aquella ima¬ 
gen que ya está sobre sus ojos, vinieran desplomándose los 
cielos. Y se vuelve, azorado, hacia Lázaro. Pero las manos 
del viejo también tiemblan, mientras en sus labios abiertos 
se ha perdido una palabra que su pensamiento turbado por 
el miedo no puede hallar). 

SARGENTO.—(A Braulio). ¿Cómo te llamás? 

BRAULIO.—(Su voz temblará por el llanto que apenas 
reprime). Braulio. 

SARGENTO.—¿Braulio qué? 

BRAULIO.—¿Cómo? 

SARGENTO—Sí, ¿Braulio qué? 

LAZARO.—(Con dulzura). Si, Braulio; el apellido de tu 
padre. 

BRAULIO.—¡Don Lázaro, yo no tengo padre, usted sabe! 

SARGENTO.—¿Es muerto? 

BRAULIO.—No sé; no señor. 

LAZARO.—(Al Sargento, intentando disculpar al niño). 
Si, eso pasa; sí señor. Usted mismo... 

SARGENTO.—(Con despectivo imperio, a Lázaro). A us¬ 
ted nadie le pregunta nada. (A Braulio). ¿Con quién 



.138 


Justino Zavala Muniz 


vivís, entonces? 

BRAULIO.—Con Mama y un hombre que dice que es 
mi padre. 

SARGENTO.—¿Cómo, y vos no sabés si es tu padre? 

BRAULIO.—¡Y... yo no sé, no señor! El dice que sí, pe¬ 
ro cuando me pega mucho. Mama le grita que no 
me pegue así, que él no es mi padre para hacerlo. 
Yo no sé. 

SARGENTO.—¿Y en qué trabaja ese hombre? 

BRAULIO.—¿Trabajar? En nada... Es Mama que trabaja. 

LAZARO.—Sí, señor; y el chiquilín no comía desde ayer, 
¿sabe? En la estancia donde va a trabajar la ma¬ 
dre, no quieren sirvienta con hijo. (Como el Sar¬ 
gento parece escucharle, él se anima a continuar 
hablando). ¡Usted ve! (Señalando en las cuatro 
direcciones). Una estancia, otra estancia, y otra, y 
otra. ¿Aquí? Miseria, miseria y miseria. ¿Qué va 
a hacer el pobrecito? Nació aquí, aquí lo criaron, 
¿qué culpa tiene? 

SARGENTO.—(Cree dar una respuesta definitiva, que 
hará callar al viejo). ¿Por eso roba? 

LAZARO.—(Con tono humilde). No, Don Sargento. Tie¬ 
ne toda la razón! ¡No hay que .robar!... ¡Qué es¬ 
peranza!. .. pero, ¿sabe, dónde está lo que un niño 
hambriento puede comer sin robar? ¡El pobrecito 
no lo encontró! 

SARGENTO.—¡Que trabaje! 

LAZARO.—Ahí está; sí señor; que trabaje. Pero... 
¿cuando no le dan trabajo? (Sonríe) .. .Y el tra¬ 
bajo no se puede agarrar como a la carne, sin que 
se lo dén. (Disculpándose). Digo yo... ahí está... 
Usted, que habrá sido pobre... 

SARGENTO.—(Orgulloso). ¡Yo soy autoridad! 

LAZARO.—(Humilde). Ah, sí señor. Yo creía, dispense. 

SARGENTO.—Este pueblo sólo da más trabajo que toda 
la sección. Hay que hacer un escarmiento. 

LAZARO.—¿Con el niño? (Se le ha ocurrido una idea 




Alto Alegre 


139 


que le alegra la mirada y la voz). Don Sargento: 
¿y si llevásemos a este muchacho y lo obligᬠ
semos a que le pidiese perdón al dueño de la 
oveja? ¿Sabe? (Simula un ánimo enérgicamen¬ 
te justiciero). ¡No por este picaro, no! Por la 
madre, ¿sabe? Al fin, el estanciero pierde una ove¬ 
ja, entre mil... y la madre, no pierde un hijo, que 
es el único... ¿Eh, Don Sargento? 

SARGENTO.— Ya lo han sacado de paciencia. Tiene que 
quemar las carnizas para que ustedes no le anden 
trillando el campo en buscarlas. 

LAZARO.—(Recién comprende lo ingenuo de su esperan¬ 
za anterior). Sí, tiene razón. Ya el hombre perdió 
la paciencia. ¡Es duro tener paciencia! ¡Y eso que 
él come todos los días!... Nosotros... ¡Es duro 
tener paciencia! 

(En todas las ventanas de la plaza han vuelto a aso¬ 
marse los rostros curiosos). 

SARGENTO.—(Aparta bruscamente a Lázaro, mientras 
pone su mano sobre el hombre de Braulio). ¡Basta 
de prosa! ¡Vamos, gurí! 

BRAULIO.—(Coge con sus dos manos, débiles e implo¬ 
rantes, la pesada mano del hombre bajo la cual su 
cuerpecito se agobia). ¡Por favor, no me lleve, no 
me lleve! ¡Don Sargento, yo no pensé hacer mal 
a nadie; no pensé hacer mal... sólo pensé en la co¬ 
mida para Mama y para mí. (Y llora de desespe¬ 
ración, mientras el Sargento imperturbable, lo 
arroja hacia adelante y lo obliga a andar. A Láza¬ 
ro, tendiéndole las manos). ¡Don Lázaro, yo no sé 
explicarme, no sé nada más que llorar; soy un ni¬ 
ño! ¡Háblele usté! 

LAZARO.—(Desolado) ¡Pero criatura... ¿y no ves que 
yo no sé, tampoco, otra cosa más que hablar?... 
¿Qué consigo con eso?... 

(Ya el Sargento y Braulio, imagen de la justicia sobre 
el débil, van a perderse en una esquina de la plaza, cuan- 



140 Justino Zatala Munk 

do desde la ventana de su rancho, entre el silencio de in> 
diferencia de todos, grita Brígida). 

BRIGIDA.—¡Sargento! ¿a dónde lo lleva? 

SARGENTO.—(Apenas volviendo la cabeza). A la Cár¬ 
cel, pues. 

BRIGIDA.—¿Y estará mucho allí? 

SARGENTO.—(Indiferente). Y... ¡vaya a saber! Lo me¬ 
nos dos años. 

BRIGIDA.—¡Infeliz! ¡Cuando vuelva, ya vendrá hecho 
un ladrón! 

BRAULIO.—(En un grito extendiendo hacia el cielo los 
brazos). ¡Mama, sálveme!! (Y se ocultan detrás de 
la esquina de la derecha). 



ESCENA SEPTIMA 


Por el fondo y la calle de la izquierda, vienen Guarum- 
ba y Trinidad cuando la plaza ha vuelto a quedar vacía. Se 
dirigen hacia el rancho que está en el extremo avanzado 
de la cuadra, después del de Liropeya. Guarumba es el ti¬ 
po del indio de nuestros campos. Cetrino, poderoso y elás¬ 
tico, aunque su andar es lento y pausado. Es aún joven; 
viste con una aseada pobreza. Mira siempre hacia el suelo, 
y habla con desgano. Trae un viejo poncho de verano en el 
brazo. Trinidad es rubia, pequeña, de aspecto enfermizo. 
Tiene la voz apagada, y los ojos inocentes. Viene vestida 
con la sencilla pulcritud de una campesina pobre y cuida¬ 
dosa de sí misma. Trae una maleta rebosante en la mano. 
Al llegar a la puerta del rancho, Guarumba extraerá una 
llave del bolsillo de su bombacha, con la cual abre la puer¬ 
ta que da a la calle. Detenidos frente a ella, hablan). 

GUARUIi^BA.—Aquí tenés tu rancho. 

TRINIDAD.—(Alejándose un poco, para observarlo des¬ 
de la cumbrera hasta el piso). Es chiquito, ¿no es 
verdad? ¿No tiene ni un arbolito? 

GUARUMBA.—(Con cansancio). ¡Un trabajo bárbaro! 
(Condescendiente). Pero vos podés plantar, si 
querés. 

TRINIDAD.—Sí, yo plantaré un paraíso y un álamo. Me 
gusta ese árbol... ¡tan derechito y siempre con un 
murmullo de conversación alegre entre las ho¬ 
jas! Y el otro, ¿has visto cómo relumbran sus ho¬ 
jas de un verde tan oscuro? ¡Parece que la noche, 
como una mano, se las lavase pa que cuando el día 
se haga en el patio, él ya esté, ¡tan limpito! ¿No 



142 


Justino Zavala Muniz 


es verdad? 

GUARUMBA.—(Distraído). Si... es así, más o menos. 

TRINIDAD.—(Entra un instante al rancho para dejar su 
maleta y vuelve a salir fingiendo un mimoso asom¬ 
bro). ¡Pero, Guarumba, qué descuido ahí adentro! 
(Disculpándolo) ¡Estos hombres! solos no saben 
valerse. Se les va amontonando la tierra, y cuan¬ 
do quieren ver están durmiendo en un corral. Voy 
a comprar una cortinita pa aquella ventana. (Des¬ 
pués de pensar un instante). ¿De qué color te pa¬ 
rece que pintemos esta puerta? ¿Verde o azul? 
¿Cuál será más alegre? ¿No sería mejor de- co¬ 
lorado? 

GUARUMBA.—(Sin levantar la vista del cigarro que ha 
empezado a liar). Y... verde, o azul... o colorado. 
Sí, cualquiera. Vos pensá. 

TRINIDAD.—(Señalando la entrada). Aquí se ha de ha¬ 
cer barro cuando llueve. ¿Qué te parece si traemos 
unas piedras, y hacemos como una veredita? 

GUARUMBA.—(De sólo pensarlo, se cansa). ¡Uf... hay 
que caminar como media legua pa encontrar una 
piedra que sirva. 

TRINIDAD.—no es nada. Salimos de tarde a pasear y 
de vuelta vamos trayendo un día una, otro día 
otra... (Con entusiasmo) Vas a ver; un día llegás 
de tu trabajo y te perdés en el pueblo. No vas a 
reconocer tu casa. (Señalando la esquina del ran¬ 
cho). Aquí habrá una madreselva. Y de noche, 
cuando nos sentemos a conversar y descansar, ¡qué 
lindo ese perfume que la envuelve a una, y hasta 
parece que se tiene en las manos! ¿Vos sabés can¬ 
tar, Guarumba?. (Con amargura). Yo no sé.... 

GUARUMBA.—Bueno; vamos a entrar. Hemos camina¬ 
do un rato. 

BRIGIDA.—(Asoma a su ventana. Y al recorrer con su 
mirada la plaza, descubre al grupo de los recién 
llegados. En la prisa con que se quita de los labios 



Alto Alegre 


143 


la bombilla del mate que estaba sorbiendo, se ad¬ 
vierte el asombro con que observa la escena; pero 
pronto reacciona y habla). ¡Hola, vecino! ¡Mirá 
que sorpresa!... ¡te trajiste una paloma!... ¿De 
dónde la agenciaste? ¡Presentámela, pués! 

GUARUMBA.—^Ya lo vé. Se la presento: se llama Trinidad. 

TRINIDAD.—(A Brígida) Buenas tardes. (A Guarumba) 
¿Quién es? ¿Te conoce tanto? 

GUARUMBA.—^Y... aquí todos nos conocemos mucho. 
Es Brígida. 

BRIGIDA.—^Buenas tardes, nueva vecina. ¿Se casaron? 

TRINIDAD.—^Vacilante). Nosotros... 

BRIGIDA.—¡Seguro! ¡Vaya un lujo estúpido! Yo me ca¬ 
sé, es verdad; pero como mi esposo tenía un oficio 
tan serio, y andaba sólo entre gente de categoría, te¬ 
níamos que casarnos. 

GUARUMBA.—Te está mintiendo. Y el marido era cuar¬ 
teador de diligencia. Ahí tenés cómo andaba con 
gente de categoría. 

(Por la esquina en que están Guarumba y Trinidad aso¬ 
ma una Ciega, conducida de la mano por su hijo. Son una 
estampa de la más mísera desgracia.) 

CIEGA.—^Buenas tardes. 

GUARUMBA.—Buenas. 

TRINIDAD.—Buenas tardes. 

(Entran en su rancho). 

CIEGA.—(A su hijo) ¿Es una mujer que está ahí? Esa voz 
no es del pueblo. 

NIÑO.—Sí; parece que Guarumba la ha traído con él. 

CIEGA.—¡Serán dos novios que se han casado! ¡Qué lin¬ 
do! ¿Cómo es ella? 

NIÑO.—^Es rubia. 

CIEGA.—¿Cómo es una rubia? 

NIÑO.—Mismo... ¿cómo le voy a decir? 

CIEGA.—Tu padre era un moreno. (Con amargura). Sólo 
una noche me tuvo... Mama le cobró, y él se fué. 



144 Justino Zavala Muniz 

Parecía que era alto, y tenía los brazos fuertes y 
una voz valiente... 

NIÑO.—(Señalando el camino sobre la loma, por el cual 
ya van la pequeña figura de Braulio y la imagen 
imponente del Sargento). ¡Allá va Braulio pa la 
cárcel! 

CIEGA.—(Sin hacer caso de lo que ha dicho su hijo) Mi 
hijo: ¿cómo son, mismo, los hombres? Decime: un 
morocho; un negro; un rubio; ¿cómo son? 

NIÑO.—(Con desgano). Los que yo conozco, todos son po¬ 
bres, viven sucios, no trabajan y van, como Braulio 
ahora, a la cárcel. 

CIEGA.—¡Ah, quién pudiera verlo, tal cual es! ¡Qué her¬ 
moso ha de ser el hombre! 


TELON 



OTRO DIA 


Los ranchos del Alto Alegre muestran a los ojos extra¬ 
ños que por acaso llegan hasta su plaza, su más digna y ale¬ 
gre fisonomía. Adjetivos de hipérbole, parecerán éstos al es¬ 
píritu del hombre ciudadano que ha contemplado tanta mise¬ 
ria como es la que asoma a la plaza. Mas no lo es para los 
moradores del lugar, en cuya conciencia endurecida por la 
desgracia, aún vive un resto de pudor de la condición huma¬ 
na. Vestidos con él, están los ranchos frente a la plaza. Ves¬ 
tidos de andrajos, cierto es; así están también vestidos quie¬ 
nes en ellos viven. No obstante, y aunque con remiendos 
de latas relucientes sobre el violeta del barro de sus paredes, 
ellos ocultan su vergüenza en público. Igual sus moradores. 

Ahí está, ahora, su intimidad: 

Hacia el fondo, y de izquierda a derecha, se alinean los 
ranchos de Brígida, Lázaro y Guarumba, vistos de espalda. 

Vencidas paredes —con salientes y hundimientos en 
los cuales se alargan, zigzagueando, grandes grietas que lan 
lluvias ensanchan— se agobian bajo los techos pajizos. 

El rancho de Brígida y el de Guarumba, aún tienen 
una puerta de madera, que se abre hacia el interior. En 
el de Lázaro, si la hubo, ha tiempo que los soles y las llu¬ 
vias la gastaron: en su lugar sólo hay ahora una sucia 
arpillera que cuelga desgarrada. 

Rudimentarios alambrados que corren perpendiculares 
desde los ranchos hacia el frente de la escena, separan a 
los patios. Cuatro palos desiguales, retorcidos, apenas si 
sostienen los flojos hilos de alambre que señalan las pro¬ 
piedades. 

Algunos árboles que no alcanzarán nunca a adquirir 



146 Justino Zavala Muniü 

sus formas plenas, bajo la desvastación del azote de las hor¬ 
migas, y unas sucias matas de flores humildes, pretenden 
aliviar la visión de tanta miseria. 

Hacia la izquier Ja, bordeando el alambrado del rancho 
de Brígida, pasa la calle que va a la plaza. Se alcanzará a 
ver un trozo de ella, por donde irán, cuando la acción lo 
indique, los hombres del Alto Alegre. 

Está anocheciendo. 

La hora está en la luz, tan apagada ya, que los ran¬ 
chos han adquirido un tono entre violeta y azul al que la 
noche cercana convertirá en negro; pero más aún que en 
la luz del cielo, la hora está en el rojo de los apretados fo¬ 
gones, que las mujeres irán encendiendo. 



ESCENA PRIMERA 


Por el trozo de calle que se ve junto al rancho de 
Brígida, ha llegado un hombre y puéstose a hablar con ésta, 
que permanece encorvada sobre el brasero en el cual bien 
pronto se alzan las rojas y alegres llamas. Es un hombre 
joven, de formas prietas y redondeadas. Su rostro, a pesar 
de la pobreza con que viste, hiciera creer que es —con el 
Pulpero— uno de los dos únicos que comen todos los días 
en Alto Alegre. Su cráneo, la frente, las mejillas, todo en 
éí da la sensación de que ha sido construido con líneas c» ir- 
vas y vastas. Sus ojitos y boca redondos, dan a su fisono¬ 
mía el carácter de una desoladora pequeñez mental. Le lla¬ 
man Juancito. 

JUANCITO.—(Acodándose en el alambrado que da a la 
calle). ¿Llegué a tiempo, doña Brígida? 

BRIGIDA.—(Enderezándose). Salí, muchacho. (Al tiem¬ 
po de hacer lo que dice). Ya no queda para poner 
en el fuego más que esta lata de macachines. c 

JUANCITO.—¿Alcanzará para esta noche? 

BRIGIDA.—Y... nuestra hambre es tanta como haya en 
la olla. (Resignada). Una tiene que acostumbrar¬ 
se; el estómago se va poniendo, poco a poco, del 
tamaño del plato que comemos. ¿Qué haría con 
ser más grande? ¿No hallás? 

JUANCITO.—¿No tiene por ahí a Melucho? 

BRIGIDA.—Sí, por ahí debe andar. ¿Cuándo salen? 

JUANCITO.—Ahora mismo; si quiere, mande al mucha¬ 
cho que me siga. 

BRIGIDA.—Sí, anda yendo que él ya te alcanza. (Bajando 



148 


Justino Zavala Muniz 


la voz). Y decime: ¿siempre le podés conseguir al¬ 
guno pa la vecina? 

JUANCITO.—(Entreparándose). ¿Ella ya está de acuerdo? 

BRIGIDA.—Todavía no. Pero, como vos vas a andar por 
las estancias... ¿comprendés? Siempre es una cosa 
nueva y se pueden hallar muchos interesados. 

JUANCITO.—(Yéndose). Usted va a comer mis sobras... 
y otros las de Guarumba. (Ríe). Hasta la vuelta. 

BRIGIDA.—(Riendo). ¡No es lo mismo, ché! Hasta la 
vista. (Asomándose a la calle, grita). ¡Melucho!... 
(A un hombre que se supone va pasando). ¿No 
vió a mi hijo por ahí? 

VOZ DE HOMBRE.—Allí viene ya con los otros gurises. 

BRIGIDA.—(Gritando, con el rostro vuelto hacia el ex¬ 
tremo cercano de la calle). ¡Apúrate, muchacho, 
que los vas a perder en el camino. ¡Mirá!, ya se van 
los últimos. (Al hombre). ¿Usted también va? 

VOZ DE HOMBRE.—Aunque sea de agarrador, puede 
que consiga una changuita. Hasta la vuelta. 

BRIGIDA.—Hasta la vuelta. Este... si no le viene mal... 
y le sobra algo de la comida, y quiere echarlo en la 
lata de mi hijo... 

VOZ DE HOMBRE.—(Apenas se oye). Ya me lo pidió 
la Liboria... 

BRIGIDA.—(Con despecho). ¡Mirá que prenda... por una 
sobra de comida...! (A Melucho, que en ese ins¬ 
tante asoma en la calle y entra a su casa trasponien¬ 
do el alambrado). Agarrá tu lata y alcanzá a Juan- 
cito; él te va a dar sus sobras. 

MELUCHO.—(Mientras coge la lata que usara en el pri¬ 
mer acto). ¿Sólo a Juancito le pido? 

BRIGIDA.—¡No seas pavo, muchacho! ¿Cómo le vas a pe¬ 
dir sólo a Juancito? Pedí a todos; pero él es seguro 
que te va a dar. 

MELUCHO.—(Ya junto al alambre). Pero es que ahí vie¬ 
nen los otros gurises. 



Alto Alsgrs: 149 

BRIGIDA.—Y bueno... si no te dan, no te dan. ¿Qué se 
pierde con pedir? Y movéte; mirá que te quedo es¬ 
perando. 

(Por la calle asoman los niños, cada uno con su lata en 
la mano). 

EVANGELIO.—(A Melucho) Movéte, moreno; allá se van 
perdiendo los esquiladores. A lo mejor llegamos y 
les han tirado las sobras a los perros. 

MELUCHO.—(Ya unido al grupo que se va alejando ha¬ 
cia el fondo de la escena. A Brígida) ¿Vuelvo hoy 
mismo? Queda más de una legua de aquí. 

BRIGIDA.—¡Seguro que volvés hoy! ¿No van a venir to¬ 
dos juntos? Y no te entretengas. 

EVANGELIO.—(Se siente su voz, cuando ya todos se han 
ocultado). El que llegue antes a aquella zanja, ga¬ 
na el primer pedazo de galleta que se consiga. 

■ ¡Vamos! 



ESCENA SEGUNDA 


(Brígida se ocupa en avivar el fuego, sobre el cual ha 
puesto la caldera para el mate que luego irá sorbiendo du¬ 
rante el desarrollo de la escena. Vestida con una descolorida 
blusa celeste, y una falda que apenas le llega a las pantorri¬ 
llas, Trinidad sale a su patio. Apenas si su figura, ahora ven¬ 
cida por la delgadez de la enfermedad, recuerda la de aque¬ 
lla muchacha que un día llegó a la casa, siguiendo a Guarum- 
ba. Sobre la pobreza de sus ropas, sólo brilla aún el rubio 
de su cabellera. 

Sobre un pequeño banco que está junto a la puerta, Tri¬ 
nidad se sienta con la lentitud de un profundo agotamiento 
físico. Apenas lo ha hecho, una tos seca, cortada y tenaz, sa¬ 
cude a su cuerpo, le voltea el busto sobre las rodillas, o la 
obliga, en los breves intervalos en que cesa de ahogarla, a 
apoyar la espalda contra la pared del rancho y así quedar, 
la cabeza echada hacia atrás, muy abiertos los ojos que mi¬ 
ran al cielo con candorosa inocencia). 

BRIGIDA.—(A Trinidad, cuando la tos permita a ésta oir 
lo que le hablan). ¿Se cansó, vecina? ¡Pobreclta,.. 
pa mí que usté así no va a durar... 

TRINIDAD.—(El cansancio apaga su voz). Es que cami¬ 
né mucho... ¿No sabe por donde andará Guarumba? 

BRIGIDA.—¿Y por dónde va a andar, vecina?. En el bo¬ 
liche, pues. ¡Ah! él no tiene mala entraña; pero co¬ 
mo haragán no he visto otro. (Fingiendo un ánimo 
tierno). ¡La compadezco, pobrecita! 

TRINIDAD.—No, no es que sea haragán; es que no tenía 
con qué comprar la tijera. (La fatiga la hace hablar 
entre pausas). Ahora aquí le traje los tres pesos que 



152 


Justino Zavala Muniz 


cuesta. ¡Qué cara! ¿Cómo van a vivir así, los pobres? 
Para tener con qué trabajar, casi hay que ser rico. 

BRIGIDA.—Y... el pulpero está en su negocio. ¿No halla? 

TRINIDAD.—Ah, sí. 

BRIGIDA.—¿Se encontró con los esquiladores? 

TRINIDAD.—(Con disgusto) ¿Ya salieron? 

BRIGIDA.—(Con una cruel exageración). ¡Uf... hace co¬ 
mo dos horas! 

TRINIDAD.—(Como si quisiera disculparse ante sí mis¬ 
ma). Tuve que esperar a que llegase el patrón... 
después vine cortando campo... pero queda casi dos 
leguas de aquí. 

BRIGIDA.—Eso es lo que la mata, vecina. ¿Pa qué cami¬ 
na así? 

TRINIDAD.—Y si no, ¿con qué trabaja Guarumba? Me¬ 
nos mal que esta primavera ha venido con un aire- 
cito tibio. (Vuelve a toser). 

BRIGIDA.—¿Porqué no hace como le digo? Agarre un 
gato negro, y échele su aliento en la boca. Le garan¬ 
to que es santo remedio. ¿No ve que es animal del 
Demonio? 

TRINIDAD.—(Con honda tristeza) Me gustaría ver un 
médico... 

BRIGIDA.—¡Déjese de eso! ¿Un médico? Pero, ¿está loca, 
vecina? ¿Qué médico va a venir hasta aquí? Si no 
es el pulpero que lo traiga... Nos juntamos todos 
los del Alto Alegre, nos vendemos como un rodeo, y 
todavía no dá pa traer un médico hasta el pueblo. 
¡Nomás el automóvil!... Y después: él cura con 
remedios de botica. ¿Se da cuenta? ¡Ni hable de eso! 
Haga como le digo: Consígase un gato negro y éche¬ 
le su mal en la boca. 

TRINIDAD,—(Se levanta trabajosamente e intenta barrer 
el patio). Yo creo que no ha de ser mucho este 
mal. Sólo siento un dolorcito aquí arriba! (Indican¬ 
do el vértice del pulmón). 

BRIGIDA.—(Interrumpiéndola en un tono de confidencia). 



Alto Alegre 


153 


¿Sabe lo que le hace más falta pa ponerse buena 
enseguida? 

(Trinidad se vuelve interrogándola con su lenta mirada). 

BRIGIDA.—Comer un poco más. Si usted quisiera... Jus¬ 
tamente hoy me decía Juancito... 

TRINIDAD.—(Con la mayor energía que su debilidad le 
permite, mientras continúa barriendo). ¡Yo no soy 
una chusma, doña Brígida! 

BRIGIDA.—(Inmutable). ¡Seguro, vecina! ¡Claro que us¬ 
ted no es una chusma!... 

TRINIDAD.—¿Por qué me habla de eso, entonces? 

BRIGIDA.—... Usted es una hambrienta, nada más... 
(Como consigo misma). Chusma... chusma... 
¿Qué quiere decir eso, aquí? Cuando una tiene el 
estómago lleno, ¡debe ser muy lindo hablar con 
esas palabras!. (Orgulloso). No se vaya a pensar; 
cuando nosotros vivíamos con mi marido el cuar¬ 
teador, ¡había que ver qué conversaciones tenía¬ 
mos! Usted no se hace una idea de cómo hablaba 
aquel hombre. Bueno; pero él, ya le digo, vivía en¬ 
tre gente de categoría y nunca faltó qué comer en 
casa. (El recuerdo feliz pone por primera vez una 
inocente emoción en sus palabras y en el gesto). 
Escuche; todavía me acuerdo de un percance que 
le ocurrió, y ¡cómo lo contaba! Una tarde llegó con 
su caballo manco, y yo le pregunté: ¡Cómo es eso, 
Delfino, que un cuarteador como vos, viene mon¬ 
tado en un caballo manco? Y él, sin pensar, salién- 
dole así nomás de la memoria, me dijo: Resultó, 
Patrona... (Con orgulloso acento). — porque él 
nunca me llamó sino Patrona — resultó, que yo 
venía galopa que galopa por el camino, cuando en 
una de esas el caballito entró la mano del lado de 
montar, en una concavidad, y salió fosfórico de la 
susodicha mano izquierda... (Con tristeza). ¡Qué 
lástima; nunca más pude acordarme de cómo se¬ 
guía el relato! ¡Pero era como un verso, le garanto! 



154 


Justino Zavala Munk 


TRINIDAD.—¡Así es lindo hablar! 

BRIGIDA.—(Volviendo sobre su intencionado propósito) 
¡Ah, claro!; ¡cuando uno come bien, y al invier¬ 
no sólo lo siente pasar por los patios, da gusto ha¬ 
blar así. Pero después... se le secan a una las pa¬ 
labras, como las carnes, ¡Ay, le digo: hasta el cari¬ 
ño se puede tener con gusto, y tranquila. ¿Pero así? 

TRINIDAD.—Yo lo tengo de cualquier modo. 

BRIGIDA.—¡Déjese de eso! Cuando uno va cayendo en 
la miseria, en el alma, como en el rancho, se le van 
abriendo grietas por donde entra la tierra del ve¬ 
rano y el frío del invierno. ¿Quién tiene ganas de 
andar diciendo aquellas cosas tan lindas que una 
pensaba, cuando llega la noche y no hay luz pa 
encender, ni un pedazo de carne pa arrimar a las 
brasas? Y el hombre comienza a ver que nuestro 
vestido está sucio, y después nuestras manos... Y 
una a ver cómo él se va achicando, acobardando... 
Y lo más que queda de aquello que era como un 
fuego, es una fría laguna de lástima, que ya nin¬ 
gún viento mueve, y la vejez va secando. (Inten¬ 
tando convencerla). Usted todavía es joven, y cdn 
una buena comida todos los días, y una cama abri¬ 
gada de noche, le garanto que levanta cabeza. 

TRINIDAD.—^Prefiero morirme de hambre, y ser hon¬ 
rada. 

BRIGIDA.—(Irónica). ¡Va a ser lindo! (Aludiendo a la 
tos que sacude a Trinidad). ¿Ve? Ahí está la res¬ 
puesta. 

TRINIDAD.—(Con aniñado acento). ¡No sea mala, doña 
Brígida! 

BRIGIDA.—No soy yo mi hijita: es la vida. ¿Qué va a 
pasar con que usted se guarde su honradez? ¿Se 
piensa que los de Alto Alegre van a ir al campo¬ 
santo a mirar el montoncito que su cuerpo haya 
hecho?... 

TRINIDAD.—(Implorante). ¡Doña Brígida, por favor! 



Alto Aleore 


155 


BRIGIDA.—(Como si no oyera) ... y a decir: ¡mirá qué 
lindo, sacate el sombrero y saludé a una que fué 
como ninguno de nosotros?. (Trinidad sacudida 
por la tos, está encorvada encendiendo el fuego en 
su brasero). ¿O crée que los ricos van a venir de 
los pueblos a echarle margaritas? Si acaso uno les 
cuenta la historia, dirán: ¡qué buen ejemplo! (Con 
sordo encono). Pero por abajo, quedarán pensan¬ 
do: ¡infeliz, se creyó que eso de la honradez es ani¬ 
llo que cualquiera puede ponerse, y llevar mucho 
tiempo! 

TRINIDAD.—(Yendo a sentarse, extenuada). Cada una 
tiene su corazón... (La tos quiebra sus palabras). 

BRIGIDA.—(Sintiéndose ofendida). Que no es mejor que 
el de otras. Y pal final aquí, en Alto Alegre, 
como en todos lados, los gusanos se comen al suyo, 
igual que al mío. 

TRINIDAD.—^Como usted quiera; pero nadie podrá decir 
de mí, ni viva ni muerta, que no he sido honrada. 

BRIGIDA.—Mientras esté en Alto Alegre, pierda la es¬ 
peranza de que nadie venga a abrir la boca, con¬ 
templando una cosa que ya ninguna tiene, porque 
se cansaron del hambre que cuesta el conservarla. 
¿Y cuando esté allá, en la ladera? No será más 
que un montoncito pisoteado por las vacas, que só¬ 
lo saben que allí crece un pastito tierno y húmedo. 
¡Esa es la historia! 

TRINIDAD.—Entonces, ¿pa qué vivimos? 

BRIGIDA.—¿Nosotros, los de Alto Alegre? 

(Por la calle ha asomado un hombre que las distrae, con 
su saludo, al pasar. Lleva al hombro una guitarra). 

PAYADOR.—Buenas tardes, vecinas. 

BRIGIDA.—¿Pa donde va con su música? 

PAYADOR.—A las esquilas. 

BRIGIDA.—Va muy retrasado. 

PAYADOR.—No es nada; siempre llego a tiempo. Cuando 
la gente come, le gusta oir que le canten. Entonces 



156 Justino Zavala Muniz 

algo siempre se consigue. 

BRIGIDA.—Cantar porque le matan el hambre, no veo 
el gusto. 

PAYADOR.—Y qué quiere, Doña Brígida. Son los 
tiempos. Antes bastaba un vaso de vino, en las 
pulperías; hoy es por unas sobras. 

BRIGIDA.—¿Dicen que le hizo un compuesto para Al¬ 
to Alegre? Muéstrenos, pues, su fantasía. 

PAYADOR.—Por darle gusto, no más, ahí va entonces. 

ALTO ALEGRE me llamaron 
cuando cielo y campo fui. 

Más los ranchos humillaron 
la alegría que perdí. 

Hoy me cubre la tristeza 
como ayer el macachín 
y aún me llaman ALTO ALEGRE 
los que olvidan mi vivir. 

BRIGIDA.—(Riendo). Cuando vuelva me lo va a ense¬ 
ñar, para entonarlo yo también. 



ESCENA TERCERA 


(Lázaro viene a encender su pequeño fogón en el patio, 
y para ello trae quebradas ramas secas que ha ido a buscar 
al campo. Las encenderá y luego se sentará junto al fuego, 
en una cabeza de vaca, a contemplarlo). 

LAZARO.—(A las dos mujeres). Buenas tardes. 

TRINIDAD.—Buenas tardes. 

BRIGIDA.—¿Dónde consiguió esas leñitas, viejo? 

LAZARO.—(Con pueril orgullo). Y, vecina... la pacien¬ 
cia del hombre! Caminé, caminé, y aquí me tiene, 
con un brazadito bastante bueno! 

BRIGIDA.—(Burlándose). Clementino podrá tomar un 
buen mate. 

LAZARO.—¿Cómo? Liropeya no tendrá que andar bus¬ 
cando estiércol seco en los rodeos. Sí, Liropeya... 

BRIGIDA.—¡Usted es un infeliz, Lázaro! 

LAZARO.—(Sorprendido). ¿Por qué? ¿Infeliz, ahora que 
estoy en mi casa, tan contento? ¿Por qué? : 

TRINIDAD.—(Intentando defender al viejo) Doña Brí¬ 
gida parece como si sólo ella viviera bien. 

BRIGIDA.—¡Pero yo sé cómo se vive! ¿Usted no conoció, 
Lázaro, a Delfino? 

LAZARO.—Sí, hace mucho tiempo. 

BRIGIDA.—¿Se acuerda qué hombre era ése? 

LAZARO.—(Condescendiente). ¡Cómo no! Un hombre... 

BRIGIDA.—(Despectiva). Aquí, la vecina Trinidad; ¿qué 
comprende de estas cosas? No ha conocido más 
que a Guarumba, que ya nació arrastrando las al¬ 
pargatas. 



JüSTlIíO Za?ala Münk 


LAZARO.—Guarumba también es un mozo de buena 
hebra. Guarumba... 

BRIGIDA.—(Sin que ya la detenga» ni la ausencia de 
Trinidad — que ha entrado a su rancho — ni la in¬ 
terrupción de Lázaro, comienza a animar en sus la¬ 
bios la imagen del cuarteador, cuyo recuerdo es jo¬ 
ya y orgullo de su presente miseria). Pero Deifi- 
no...! jVerlo en la madrugada, venir saliendo del 
pueblo, abriéndole paso entre las sombras a aque¬ 
lla masa grandota que era la diligencia! ¡Y usted 
lo veía rumbo al campo, que era cielo y tierra, to¬ 
do una misma cosa de silencio y noche, seguir ca¬ 
mino adelante un pedazo, hundirse en una zanja, 
flotar en un pajonal, quebrar las lagunas de los 
pasos y subir las barrancas. Siempre al galope, 
mientras atrás de él gritaba el mayoral o hacía es¬ 
tallar sus arreadores, y adentro de la diligencia to¬ 
davía seguían durmiendo los viajeros, olvidados 
del camino, que Delfino iba abriendo y cerrando, 
como un libro sabido de memoria. 

LAZARO.—¡Lindo oficio! 

BRIGIDA.—¡Y después. Cuando vinimos al Alto Ale¬ 
gre. En las mañanas del verano usted veía ve¬ 
nir subiendo desde atrás de la cuchilla una nube 
de tierra que el viento iba acostando a los lados del 
camino. Y de repente, sobre el filo de la cumbre. 
¡Delfino el cuarteador! Las crines del caballo tira¬ 
das pa atrás por el galope, como el sombrero en la 
nuca del paisano; abierta y firme la boca del caba¬ 
llo, como los ojos del jinete! Y atrás, la diligencia 
pesada, que el galope de Delfino hacía liviana. Los 
pasajeros de un viaje, llegaban y paraban en un 
lugar. De Meló a Montevideo; de Montevideo a 
Meló. Delfino no paraba nunca. No está hecho pal 
descanso sino pal camino. (Pausa). Dígame, Láza¬ 
ro: no es eso un hombre, mismo? 

LAZARO.—¡Cómo no, doña Brígida! 



Alto Alsqrk 


15<J 


BRIGIDA.—usted ve: ¿no parece tal como un 
pájaro? 

LAZARO.—(La exaltación de Brígida ha avivado en él 
un tímido orgullo). Yo fui domador... 

BRIGIDA.—¡No es lo mismo, Lázaro! Delfino entra al 
galope en los horizontes — ¡que una ni sueña! — 
mientras los pasajeros se duermen confiados, de¬ 
jándose llevar por el cuarteador, sin voluntad ni 
trabajo, o entretenidos en mirar el campo que él 
les pone y quita de los ojos. Desde que suben a la 
diligencia, él es pa ellos, y de un lugar a otro, co¬ 
mo un Destino que no para. 

LA.ZARO.—(Condescendiendo). ¡Ah, sí! 

BRIGIDA.—Por eso, yo lo sigo esperando, ¿compren¬ 
de? El día menos pensado me voy de este pueblo. 

LAZARO.—Siempre es bueno esperar. Sí, siempre es 
bueno; las cosas un día cambian. Ya lo hicieron 
pa mal, ¿por qué no pueden cambiar pa bien? 
¿No halla? 



ESCENA CUARTA 


(Liropeya viene de la calle, fatigada y llorosa. Y entre 
sollozos de pena, mezcla palabras de amenaza que, bien se 
advierte, sólo son hijas de un rencor fugitivo que su débil 
voluntad no mantendrá). 

LIROPEYA.—(Sin advertir que Brígida está allí oyéndo¬ 
la). ¡Ah, bandido, borracho; tratarla así a una!... 

LAZARO.—(Sorprendido por las voces de Liropeya, pé¬ 
nese de pie cuan rápido puede y va, tiernamente, 
a consolarla entre sus brazos). ¡Pero muchacha, 
¿qué te ha pasado? ¿Clementino?... 

BRIGIDA.—(Simulando una conmovida compasión). 
¡Caramba, vecina, ¿ya la anduvo manoseando ese 
picaro? 

LIROPEYA.—(Desasiéndose de los brazos de Lázaro en¬ 
tre los que ya iba a recogerse, mimosa. Con violen¬ 
ta acritud que borra sus lágrimas, a Brígida). ¿Ya 
usted qué le importa lo que no pasa en su patio? 
No vive más que pa bombear la vida ajena. 

BRIGIDA.—¡Bombear no, ¿sabe? ¿Porqué no se mete en 
su pieza, y ahí se espanta las pulgas? ¡Así tiene una 
que vivir en este pueblo... viendo estos escándalos! 

LIROPEYA.—¡Ojalá se fuera cuanto antes! 

LAZARO.—(Intentando poner entre las dos mujeres el 
guión de su mansedumbre). Vamos, Liropeya, no te 
pongas así! (A Brígida) Dejelá, vecina. Vaya a sa¬ 
ber qué desgracia le ha pasado! 

BRIGIDA.—(Recogiendo la caldera de encima del fuego 
y disponiéndose a entrar en su rancho). Sí, lo mejor 
es que vaya a tomar mi mate tranquila y a mirar 



162 


Justino Zavala Muniz 


pa la plaza. El mes que viene ya no veré más estas 
cosas. 

LIROPEYA.—(Todavía su voz alcanza a Brígida) ¿Cuán¬ 
tos años hace que “el mes que viene” ya no estará 
aquí? 

LAZARO.—(Trae del rancho un cajón de kerosene y se lo 
ofrece de asiento a Liropeya, mientras le apoya tier¬ 
namente las manos en los hombros). ¡Sosiégúese 
m’hija! ¿Qué gana con enojarse? 

LIROPEYA.—(Aplastando su revuelta cabellera sobre la 
cintura del viejo). ¡Ah, Lázaro; si vos hubieras sido 
capaz de enojarte! (Pausa). Y ahora, ¡este bandido! 
Porque fui a buscarlo a la pulpería pa ver si iba a 
las esquilas, me sacó a empujones mientras me in¬ 
sultaba. ¡Y me echaba en cara lo que te hice a vos, 
Lázaro, y por él! (Reaccionando). Andá, traéme la 
tijera y el peine, que te voy a cortar ese pelo. 

LAZARO.—(Que no sale de su feliz asombro). ¿A mí, me 
vas a cortar el pelo? (Mientras va a hacer lo que le 
han dicho). ¿Y ahora mismo, aunque sea con esta 
luz? ¿A mí? (Entra al rancho). 

LIROPEYA.—(Se ha puesto de pie y con la manga de su 
blusa en girones, se enjuga las lágrimas). Bandido... 
Una tira treinta años de compañía con el viejo, pa 
seguirlo a él, y así paga! 

LAZARO.—(Ofreciendo el peine y la tijera, a la mujer, 
con pueril alegría). La gente va a decir; “¡Ah viejo 
Lázaro”!... 

LIROPEYA.—(Enérgica). Sentáte, pues. 

LAZARO.—(La escondida ternura que la desgracia abatió 
en su alma, comienza a levantarse y a asomar a los 
labios, ante aquella insólita bondad de la que fué su 
mujer. Ya sentado, ofreciendo, con sumisa alegría, su 
cabeza a las manos de Liropeya). ¿Te acordás? Aho¬ 
ra parece que no hubiera pasado ni un día, desde en¬ 
tonces. Pa irte a visitar a la estancia en donde tra¬ 
bajabas, yo ensillaba el mejor redomón de mis ba- 



Alto Alegre 


163 


guales y salía primero rumbo al pueblito. ¡Eh, y có¬ 
mo llegaba! ¿Te acordás? 

LIROPEYA.—(Mientras va cortando la lacia cabellera). 
Sí, me acuerdo. 

LAZARO.—También, ¡qué barbero el del pueblito! Se lla¬ 
maba Severo... ¿Ves? No me acuerdo cómo era el 
apelativo. ¿Cómo era, Liropeya? 

LIROPEYA.—(Despectiva) ¡Yo que sé! 

LAZARO.—Ahora ya no hay barberos de esa laya, ¿no 
verdá? (Con cálido entusiasmo). Te podía hacer tres 
cortes de pelo, distintos; uno pal diario, otro pa tra¬ 
bajos de campo y otro pa casamientos y bautizados! 
A mí siempre me gustó el de trabajo de campo. Co¬ 
mo yo era domador... ¿No verdá? Y vos... ¡Daba 
gusto verte ese pelo tan tirantecito con tus trenzas. 
(Pausa). ¡Mirá que eras limpita, Liropeya! 

LIROPEYA.—Estate quieto que en una de esas te voy a 
cortar. 

LAZARO.—(Obediente). Ah, sí. tenés razón. (Pero la ale¬ 
gre esperanza desborda en sus labios). ¡Y cómo te 
has conservado, muchacha! (Con tristeza). Mi mal 
fué aquel redomón. ¡Y mire que había amansado 
baguales de esa marca! ¡Más de diez años domando 
casi sólo pa aquella estancia, y me vino a quebrar 
ese! (Recordando). Se portaron bien los patrone”^, 
¿te acordás? 

LIROPEYA.—Mientras estuviste en el pueblo, no faltó 
carne en casa; me la mandaban una vez, lo menos, 
a la semana. 

LAZARO.—¡Ah, sí, muy buena gente! Si no me deja inú¬ 
til el bagual, hasta ahora estaba allí domando, Pero 
claro, cuando volví del pueblo ya no servía pa nada. 
¿Te acordás la tristeza con que me dijeron que ya 
no me precisaban? ¡Me dió lástima verlos así por 
uno, que, al fin, no era más que un peón! 

LIROPEYA.—Entre gente así se puede vivir. 

LAZARO.—¡Qué lindo genio tenias entonces! (Por fin se 



164 


Justino Zavala Muniz 


decide a insinuar su temblorosa esperanza). Yo creo 

que todavía... 

LIROPEYA.—Este bandido, insultarla a una así, adelante 
de todo el mundo! Decime, Lázaro: ¿no lo sirvo co¬ 
mo si fuera su peona? ¿Tiene algo de qué quejarse? 
Vos, que nos vés, decí. 

LAZARO,— (La voz se ha quebrado). No. ¿De qué se va 
a quejar? ¡Si sos tan buena! (Pausa). Viejo Lázaro; 
ahora, entre los dos, podían arreglar todo lo más 
bien. Le dejan este rancho pa Clementino... con la 
cama y todo. ¿Pa qué andar peleando con la gente? 
Y agarran, y se van los dos, igual que estuvieron 
treinta años. (Como si reprendiese a un niño). Pero 
vos te portás bien, eh, viejo Lázaro! Si, ya se sabe 
que la miseria le voltea los brazos al hombre y le 
quita las ganas de andar con mimos o risas. Ya se 
sabe. Pero ¡pa eso usté es un hombre, caramba! ¿No 
era domador? ¡Redomonée esta vida, viejo picaro! 
¿No dice que era jinete? ¡Arrocínela, pues...! Va¬ 
mos a ver ¡pruebe esas muñecas!... (Pausa. Como si 
sólo de su débil voluntad todo dependiese). Sí; le 
dejamos el rancho pa Clementino. ¿No te parece, Li- 
ropeya? No hay que andar peleando con la gente. 

LIROPEYA.— (Golpeándole con el dorso de la mano). ¡De- 
já esa cabeza quieta, te digo! 



ESCENA QUINTA 


(Brígida ha vuelto a asomar, y mira con socarrona ale¬ 
gría al grupo que los otros hacen en el patio vecino. Ellos 
no la advierten, pues Liropeya tiene sus ojos puestos en la 
nuca de Lázaro, que, a su vez, ha hundido el mentón sobre 
el pecho, bajo el golpe de la mujer). 

BRIGIDA.—(Con sarcasmo). Ya dice el refrán: a cada 
santo le cae su día; hoy es San Lázaro. 

LIROPEYA.—También es cierto que la lechuza es bicho 

• del diablo. 

LAZARO.—(A Liropeya, y de modo que la otra no lo oi¬ 
ga). No le conteste, m’hija; si nó, esto va a dar en lo 
de siempre. 

BRIGIDA.—Del diablo será o no. Pero de mal agüero, di¬ 
cen que es. 

LIROPEYA.—(Sin atender al consejo de Lázaro. A Brígi¬ 
da). Se espantan de un cascotazo. 

BRIGIDA.—(Burlándose). Eso... cuando se puede. Y aun¬ 
que se espante, la agüería se cumple. ¿No cree, 
vecina? 

LIROPEYA.—Lo que creo es que hay gente que entre¬ 
tiene el hambre con mate amargo y chismes. 

BRIGIDA.—(Aludiendo a Clementino, que acaba de pa¬ 
rarse en la puerta de su rancho, a espaldas de Li- 
ropeya. En el gesto, en el vencimiento con que ha 
apoyado el cuerpo en el marco de la puerta, están 
los signos de la embriaguez con que Brígida acaba 
de verlo atravesar la Plaza. Más que para Lirope¬ 
ya, es para acicatear el ánimo violento de Clemen¬ 
tino, que habla). Está bien, vecina, tener hambre 



166 


Justino Zavala Muniz 


cuando no hay que comer. Pero hacérsela pasar al 
marido... por estar acariciando a otro... 

LAZARO.—¿Cómo dijo? 

CLEMENTINO.— (Asiendo violentamente a la mujer y 
el viejo, hasta sacudirlos y arrojarlos hacia cada 
costado suyo. A Lázaro). ¡Lo que oís, viejo picaro! 
(A Liropeya). Y vos, china ordinaria, ¿pa eso que¬ 
rías que me fuese a las esquilas? 

LIROPEYA.— (Ya pronta a llorar). ¡Clementino.. . mira 
lo que hacés... y ante un público de gente! 

BRIGIDA.—Por mí no, vecina. Cada uno que viva como 
Dios lo ryude. ¡Siempre me dió mucha lástima ver 
castigar así a una desgraciada! 

LAZARO.— (A Brígida) ¿Por qué le dice eso? 

CLEMENTINO.—(A la misma) ¿Ha visto, doña Brígida, 
estos dos aleyaos? 

BRIGIDA.—¡No se ponga así, don Clementino. (Entran¬ 
do). Yo no quiero aumentarle la vergüenza. ¡Qué 
pueblo este! 

(La escena se vuelve de una violenta rapidez. Pues así 
coge Clementino a Liropeya de un brazo, y la arroja hasta 
pegarla contra la pared del rancho; y ella grita y esfuérza¬ 
se por librarse del castigo, mientras Lázaro extiende sus 
manos implorantes, o se humilla bajo el golpe que él tam¬ 
bién recibe). 

CLEMENTINO.— (A Liropeya, mientras la sacude y la 
arroja lejos de si). Caminá pa adentro, desvergon¬ 
zada! ¿Pa eso pediste que lo dejara dormir en un 
rincón? 

LIROPEYA.— (A Clementino. Implorante). ¡Escuchóme, 
no me pegués así!. .. (Volviéndose y extendiéndo¬ 
le los brazos, luego de haber chocado en la pared). 
¡Mi querido...! 

LAZARO.— (Interponiéndose). Mire las leñitas que le 
traje, pa que ella le hiciese un mate! 

CLEMENTINO.— (Golpeando a Lázaro). ¡Apártate si que- 
rés vivir! (De nuevo tomando a Liropeya a la que 



Alto Alegre 


167 


va a arrojar dentro del rancho). ¡Entrá, yo te voy a 
enseñar a tener pronta la comida! 

LIROPEYA.—¡Lázaro, defendéme! 

LAZARO.—(Perdido en la angustia). ¿Cómo?... ¿Cómo?... 

LIROPEYA.—(Mientras se humilla bajo las rudas manos 
de Clementino, que la impulsa casi arrastrándola). 
¡Lázaro, def endéme, sos un hombre! 

(Pero ni ella ni él, vuelven siquiera el rostro a la espe¬ 
ra de la actitud de Lázaro. Así entran en el rancho, en tan¬ 
to el viejo, doblado de dolor, coge lentamente el cajón en 
que estuvo, y vuelve a sentarse, hundidos los codos en las 
rodillas, el mentón en las palmas de las manos.) 

LAZARO.—(Con la más desolada voz). Tenía, como dos 
fuertes piernas pa andar en el mundo, el buen co¬ 
razón y el coraje. (Pausa). Perdí el último... ¿qué 
hago con el otro? ¿Pa qué sirve solo? Pa llorar, co¬ 
mo una mujer. (Pausa). ¡Más valiera no tenerlo... 
sería una disculpa! 

CLEMENTINO.—(Vuelve a la puerta. Trae en las manos 
un flácido jergón; larga bolsa de arpillera apenas 
rellena de pasto. Y una sucia cobija. Arrojándolos 
a los pies de Lázaro). ¡Tomá, viejo; ahí tenés tu ca¬ 
ma. La noche va a estar linda pa dormir bajo las es¬ 
trellas. Echate en la puerta, y así cuidás la casa. 

(Entra en el rancho mientras Lázaro continúa, agobia¬ 
do de pena, sin mirarlo ni contestar). 



ESCENA SEXTA 


(Guarumba viene a sentarse en su patio, a la espera del 
mate que ya Trinidad va a cebarle. En los pocos pasos que 
da hasta llegar junto al cajón que le servirá de asiento, tanto 
como en la pesada lentitud de su voz, son visibles los signos 
de la embriaguez). 

GUARUMBA.—(AI ver a Lázaro). ¿Qué hacés, viejo? ¿Es¬ 
tás llorando o te has dormido? 

LAZARO.—¿Quién, yo?... Si... dormido. ¿Llorar, llorar 

' yo? ¿Pa qué? 

GUARUMBA.—Me pareció sentir que te echaban a la calle. 

LAZARO.—¡No, a la calle no! Voy a dormir aquí, al fres- 
quito; mirando las estrellas. 

TRINIDAD.—(A Guarumba, al tiempo de alcanzarle el 
mate). Te estaba esperando, Guarumba. (Debe re¬ 
coger prestamente la mano que alcanzó el mate, 
para llevársela al pecho al que golpea la tos). Me 
he cansado mucho; temía llegar tarde y que por 
mí tuvieras que quedarte. ¿Ya se fueron los otros** 

GUARUMBA.—(Olvidado el mate en la mano). Si; ahí 
van por las cuchillas. (Devolviéndole el mate que 
no ha sorbido). ¿Trajiste la plata? 

TRINIDAD.—(Al tiempo que desanuda un pañuelo del 
que desenvuelve el poco dinero que muestra). Si, 
aquí está. (Con candorosa alegría). Ahora iremos 
hasta el boliche, y compraremos tu tijera! Y ma¬ 
ñana, cuando el día quiera venir, ¿sabés, Guarum¬ 
ba? yo te daré un mate, y vos, bien tempranito, 
alcanzarás a los esquiladores en la primera estan¬ 
cia! ¡Caminé tanto...! Pero no es nada; mañana 



170 


Justino Zavala Muniz 


serás vos, Guarumba, quien salga con la tijera que 
compremos, y antes de que acabe la primavera nos 
iremos de Alto Alegre. 

GUARUMBA.—(Con desgano). ¿Irnos de Alto Alegre? 

¿Y pa dónde? En los pueblos, en el campo, todo es 
Alto Alegre pa nosotros. Decíme, Trinidad; ¿de 
dónde diablo sacás esas ideas con que vivís amo¬ 
lando? 

TRINIDAD.—¿Por qué, Guarumba? (Como disculpándo¬ 
se). Yo no sé, mismo... Pero esta mañana, cuan¬ 
do se levantó el rocío los macachines amarillos, 
rosados, blancos, eran banderitas en las que juga¬ 
ba un airecito tibio, lleno del balido alegre de las 
majadas. (Con velada tristeza). Si no fuera esta 
tos, yo cantaría también. Es tan bueno todo: la 
luz, el aire... 

GUARUMBA.—Si no fuera la miseria, decí. 

TRINIDAD.—Pero ahora, con tu trabajo en la esquila... 

GUARUMBA.—Si, si, la esquila... 

TRINIDAD.—(Temerosa por lo que presiente que van a 
decirle). ¿Vamos ya, y compramos la tijera? (Mos¬ 
trando de nuevo el dinero). Aquí está la plata. Si no 
nos apuramos, cerrarán la pulpería. 

GUARUMBA.—(Buscando su pensamiento interrumpido 
por las palabras de su mujer. Como si contestara 
a alguien.) Ah, sí; ¡muy linda la esquila! (Con 
rencorosa ironía). ¡Como pa ponerla en unas dé¬ 
cimas... como no! Pa usté que la mira, como a 
todo, de afuera . — ( S e distra e—uu- m o m e nt o al reco¬ 
ger él'iirate"gue Trinidad le sirve). Yo fui embol- . 
sador, la vez pasada. Hundido en el fondo de la j 
bolsa, larga como un pozo en el aire, me echaban / 
los vellones sucios por la cabeza, que yo pisab ^y i 
pisaba, sin parar.^Al "prlneipio-4e^^4uñnanana^éra 
como cosa de un cuento mirar por entre el tejido 
de la bolsa, que se balanceaba amacándose. Lejos, 
el campo iluminado y abierto, en un sosegado si- 



Alto Alegre 


171 


lencio. Más cerca, era una gran nube blanca car¬ 
gada de balidos alegres, la majada en el corral. 
En el galpón, la sombra fresca y las risas de los 
esquiladores sobre el ^ido de las tijeras como un 
canto de las manos, lí'lñiéntras yo pisaba, y pisa¬ 
ba como en un juego,^marcando el tiempo la voz 
de mis compañeros y la mía contestando: Va... 
Venga... Va... Venga... (Su rencor va pesando 
las palabras). ¡Ah, si; muy linda... pa contada... 
Va... Venga... Va... Venga... Y por la boca de 
la bolsa caían derramándose sobre mi pecho, aque¬ 
llas nubecitas blancas que yo pisaba, pisaba, sin 
parar. Me ardían los pieses, como quemándose; se 
me agarrotaban las rodillas; el dolor era un cinto 
que me ceñía las caderas; el sudor olía en el aire 
pegajoso que subía de la lana, de mi cuerpo, y caía 
desde los montones que los otros seguían tirándo¬ 
me sobre la cabeza. Entonces ya nadie reía. Yo mi¬ 
raba por entre el tejido de la bolsa, buscando un 
poco de aire fresco. Los esquiladores arrollados so¬ 
bre las ovejas sudaban hasta caerles las gotas so¬ 
bre los ojos; el capataz largaba un reniego al sen¬ 
tir el quejido del animal herido; yo me ahogaba 
en la bolsa, y mientras, en la puerta del galpón, 
el dueño tomaba mate y fumaba, descansado y 
sin apuro. Yo lo miraba por entre el tejido, así, 
amasándole con mis pieses su riqueza; una hora, y 
otra, y otra, marcadas por aquel Va... Venga... 
Va... Venga... Mientras él fumaba tranquilo y 
amargueaba, y yo, cuando el sol cayó, sólo había 
ganado unos’ reales miserables»-^/ 

TRINIDAD.—(Con timidez) Todos ntíestros trabajos son 
así, más o menos, ¿qué vamos a hacer? 

GUARUMBA.—(Sin abatir su rencor) Mas no es así que 
te lo cuentan ¡caramba! Ni les gusta oirlo contar. 
(Después de una pausa que llena sorbiendo el ma¬ 
te). Ta claro: la esquila es muy linda, pa compo- 




172 


Justino Zavala Muniz 


ner una décima. (Poniéndose de pie, con el más 
decidido gesto que su embriaguez le permite). 
¿Qué vamos a hacer? (Al tiempo de coger violen¬ 
tamente el dinero de la mano de Trinidad). Vení: 
dame esa plata. 

TRINIDAD.— (Implorando). ¡Guarumba... mirá cuánto 
me costó! ¡Por favor!... (La tos quiebra su pa¬ 
labra). 

GUARUMBA.— (En alta voz, llamando). Clementino... 

CLEMENTINO.— (Se oye su voz desde el interior del 
rancho). Diga, amigo Guarumba. 

TRINIDAD.— (Sollozante). ¡Escucháme... es nuestra úl¬ 
tima esperanza... ¡Mi querido, es la tijera... el 
dinero de la tijera que he ganado entre lágrimas! 

GUARUMBA.— (Sin oirla. A Clementino, mientras se di¬ 
rige para salir). Acompañáme al boliche, vamos a 
pelar a aquellos cristos. 

TRINIDAD.— (Intentando detenerle el paso, extendidas 
las manos implorantes) ¡Guarumba, no vayas... 
ya no tengo fuerzas para más... Volvé, Guarum¬ 
ba; si no, esta primavera seré un montoncito de. 
tierra del Alto Alegre! 

GUARUMBA.— (Al tiempo de salir, rechaza de un cruel 
empujón a la infeliz a quien sacuden la tos y el 
llanto). Y bueno, así podrás sentir sosegada cómo 
pasa el viento sobre las banderitas de los macachi- 
nes. Vos, y yo, y todos los de ALTO ALEGRE. 
(Desaparece por la puerta de su rancho). 



ESCENA SEPTIMA 


(Trinidad ha caído abatida sobre el banco en que se 
sentara su marido, sacudida por un callado llanto). 

LAZARO.—(Que ha atendido la escena desde su jergón 
se incorpora y habla con la más tierna voz). No 
llore, ¡pobrecita! El vecino no es malo, ¿sabe? ¡Co¬ 
sas que le pasan al hombre! La miseria, la bebida, 
endurecen al cristiano. 

TRINIDAD.—¿Y ahora, don Lázaro, qué esperanza me 
queda? 

LAZARO.—Siempre vuelve alguna. De donde menos se 
piensa. ¿No halla? 

TRINIDAD.—(Vuelve a su llanto) Yo no tengo más que 
dolor, por dentro y por fuera. ¿Qué voy a hacer 
ahora? 

LAZARO.—(Intentando distraerla). Bueno vecinita, no 
llore más. Piense en otra cosa... digo yo... (Co¬ 
mo si hablara a un niño). ¿Ha visto? Fijesé: des¬ 
de aquí abajo, así, tendidos en el suelo, ¡qué altas 
y lejos, las estrellas! 


TELON 



UNA TARDE DE INVIERNO 


(Interior de un rancho de Alto Alegre. Este es el de 
Guarumba. Por su construcción — paredes de barro y te¬ 
cho de paja, una puerta y una ventana hacia el fondo de la 
escena — es idéntico al de cualquier otro morador del pue¬ 
blo. Así la casa, y así también lo que en ella se guarda: una 
vieja cama, como escondida en un rincón oscurecido para 
que no se vea la pobreza y suciedad de las cobijas que la 
cubren. Una pequeña mesa cuya tabla está historiada por 
las cicatrices de la tiznada olla caliente, con que se sirvió 
la mísera cena. Algunos cajones de kerosene y una cabeza 
de vaca, hacen de bancos. Sobre cuatro estacones de sauce 
a los que apenas se quitó la corteza, un alto cajón hace de 
ropero, con su boca precariamente tapada por una cortina 
de arpillera. Sobre él la apagada luz gris de la tarde que 
entra por la puerta abierta para atrás, se aviva en un pe¬ 
dazo de espejo sostenido en un marco que fué de color pla¬ 
teado y el humo ha ennegrecido. 

En otro rincón hieren la penumbra las vivas llamas 
que se alzan de un brasero sobre el cual hierve el agua 
del mate. 

El viajero que cruzó junto a la portera que cierra los 
caminos del Alto Alegre, pudo ver en la Plaza la más 
decorosa fisonomía de los vencidos ranchos. Aquel que se 
sentó en sus patios a la hora del atardecer, conoció la inti¬ 
midad de su miseria. 

Sólo quien entre, encorvándose bajo los techos pajizos, 
verá hasta dónde ésta es de honda y desolada. Como en el 
alma de los hombres, aquí está aquello que no se dice ni 
aún en la más confiada intimidad. Lo que sólo vive bajo la 



176 Justino Davala Muniz 

bóveda de la frente, y no encuentra palabra que cubra su 
tremenda desnudez. 

Esta tarde, la lluvia aprieta los horizontes del campo 
y cubre de lodo los caminos y las calles. 

Frío en los cuerpos y los corazones, sobre el barro de 
tanta tristeza en los moradores de Alto Alegre. 



ESCENA PRIMERA 


(En la penumbra del cuarto se aviva y apaga la luz 
del cigarro que Guarumba fuma lentamente, tendido en el 
lecho. La escasa luz de la puerta apenas si logra iluminar 
la escena. 

Es el comienzo de una tarde a la cual la ausencia de 
las sombras, ahuyentadas por la lluvia, dejó sin horas. A 
través del espacio de la puerta se alcanzan a ver, hacia 
el fondo, los grises y violetas desvanecidos de la Plaza 
de Alto Alegre. 

De pronto, la mancha oscura del jergón de Lázaro cru¬ 
za el espacio de luz en la calle, y viene a caer junto al um¬ 
bral del rancho, mientras fuera se oyen las voces). 

LIROPEYA.—(Su voz enérgica). ¡Caminá, andáte, viejo 
haragán!... El otro llega todo mojado y por vos 
no tengo ni un fueguito pa encenderle. ¡Caminá, 
te digo. Caminá! 

LAZARO.—(Su voz de ruego). ¡Pero escúchame, Lirope- 
ya... no me echés así... Escucháme!... 

LIROPEYA.—^Por tu culpa tengo yo que sufrir los malos 
tratos de Clementino, viejo porfiado. ¿Cuándb vas 
a entender? 

LAZARO.— (Ha venido, agobiado de frío, a pararse de¬ 
lante de la puerta de Guarumba). ¡Pero si yo no 
te pido nada!... (Con el más humilde acento). Mi¬ 
rarte, nada más que mirarte, Liropeya; y así, una 
noche cualquiera, por entre la cerrazón que la muer¬ 
te cuelgue en mis párpados quedar mirándote... 
sólo a vos... y dormirme... 

LIROPEYA.—(Su voz alejándose). ¡Calíate, viejo! La 
muerte se acostará una noche a tu lado y vos, por 



178 


Justino Z ava la Muniz 


no empujarla, te dormirás con ella. ¡Infeliz! 

(Mientras Lázaro se agacha a recoger su jergón que la 
lluvia está eihpapando, Guarumba le habla, apenas incorpo¬ 
rado en el lecho). 

GUARUMBA.—(Con ve? indiferente). ¿Qué hay, Lázaro, 
te echaron del todo? 

LAZARO.—(Teniendo en los brazos el jergón, detenido 
en la puerta y sin atreverse a entrar). ¡Pobrecita, 
porque yo no pude conseguir unas leñitas ni unas 
bostas secas para encender el fuego, Clementino la 
maltrató! 

GUARUMBA.—ella descarga en vos su rabia... 

LAZARO.—; Qué va a hacer? Mas, ¿dónde encontrar unas 
leñitas secas con este temporal que no escanrma? 
Comprárselas al pulpero, ¿cómo? ¿No halla Gua¬ 
rumba? 

GUARUMBA.—Ta claro, viejo. (Sentándose en el borde 
de la cama apoyados los pies en el suelo). Bueno en¬ 
tró, aue ahí te vas a calar hasta los huesos. Y andá 
arreglando el mate. 

(Lázaro entra y arrolla su jergón de modo que apenas' 
ocupe espacio en el rancho, y pónese a preparar el mate). 

LAZARO.—(Al tiempo de arrollarse, en cuclillas, junto al 
fuego). (Ha venido crudo este invierno! Los que tie¬ 
nen casa, y un fuego grande pa arrimarse, y comida 
en la mesa y una mujer que los quiera en la cama, 
¿usté CT'ée que saben lo que es el invierno? 

GUARUMT^ A. — Pñ mí que no. Lo miran pasar sin sentir¬ 
lo. Así ha de ser... digo yo. 

LAZARO.—Ajunque quieran, ¿no verdad?. Usted llega y 
les dice: ¡hace frío! Y ellos contestan: sí, hace frío. 
Pero uno les habla sintiendo que no tiene pies, si 
no dos pe.sos muertos que lo atan a la tierra; las 
manos no pueden hacer un cigarro y son como de 
helada, mientras la frente arde de fuego, y se quie¬ 
bran los labios... Frío de la tierra, que sube al cielo, 
y frío del cielo que se derrama en la tierra. Y el po¬ 
bre entre ellos, subiéndosele desde los pies, cayén- 



Alto Albobb 


179 


dolé desde los hombros. Cuando uno dice ¡hace frío! 
dice esto, y más, ¿no verdá?... ¿Y ellos? 

GUARUMiBA.—La cosa es así, más o menos. 

LAZARO.—¡Qué cosa!, ¿no? (Después de una pausa se 
ocupa en cebar el mate). Ahí está... Liropeya es 
una muchacha nacida pa querer . y yo la quiero 
más que al principio... ¡Y un día, al cabo de trein¬ 
ta años, lle^^ó Clementino; y ya vé!... ¿Por cuál 
camino se irá el amor del corazón del cristiano? ¿Eh 
Guarumba? 

GUARUMBA.—(Con desgano) Andá a saber. Pa mí que 
cada uno que se va o llega abre un rumbo nuevo, y 
se pierden sus rastros. (Levantándose para ir a sen¬ 
tarse junto al fuego, en un cajón mientras Lázaro 
lo ha hecho sobre una cabeza de vaca). Mirá: cuan¬ 
do llegue Trinidad, si trae plata, vos sin decir nada 
te vás a convidar a los vecinos pa hacer un monte- 
cito. ¿Entendés? 

LAZARO.—¿Vá a haber jugada hoy? 

GUARUMBA.—Sí, si Trinidad consiguió la plata. ¡Ta lin¬ 
da la tarde! En tus tiempos, cuando eras domador, 
¡qué fogones se encenderían en tardes como ésta, 
pa hacer rueda de cuentos y canciones! Entonces 
sí habría estancias grandes, ¿no?. 

LAZARO.—No crea, no. Pasaba que en aquellas, cabíamos 
más cristianos que en estas, ¿comprende? Pero la 
tierra era, más o menos, la misma. Y el hombre, ¿sa¬ 
be?, como una cosa también de la tierra. (Su pala¬ 
bra comienza, poco a poco a alegrarse a medida que 
la imágen va ocupando su pensamiento). Cuando 
miro pa atrás, y me veo en la puerta de la mangue¬ 
ra, pienso: ¡Y vos eras así, Lázaro! Poco más que un 
muchacho; el barbijo apretado casi contra los la¬ 
bios, las piernas desnudas sobre el lomo desnudo del 
bagual, como pegado uno al otro. Y cuando dába¬ 
mos el anca entre corcovos, las risas de los compa¬ 
ñeros que aplaudían desde la playa de la mangue- 



180 


Justino ZavaIíA Muniz 


ra, y más atrás los clarines de los gallos de la ma¬ 
ñana. (Con exaltado entusiasmo). Sí; éramos una 
cosa en fiesta: la luz, la tierra, el viento, el caballo 
corriendo, y hasta mi espuela con sangre. ¡Era lin¬ 
do Guarumba! ¡Qué se yo! 

GUARUMBA.—¡Oficio arriesgao, entonces! 

LAZARO.—Sí, ser, lo era. yo que sé... ¿No verdad? El 
trabajo que se hace así, como pa uno... quiero de¬ 
cir, ¿sabe?, ¡qué diablos...! Uno también es hom¬ 
bre y cada cuál tiene un trabajo que ama. ¿No le 
parece? Cuestión es poder hacerlo; que lo dejen. 
(Pausa). Y después, ya cayendo la tardecita, alle¬ 
garse a la sosegada luz del fogón que los paisanos 
ya estaban rodeando de sombras y de historias. (Con 
palabra abatida de tristeza) Ahí tiene todo lo que 
era una vida. 

GUARUMBA.—(Con tono de burla) ¡Ah viejo Lázaro, vos 
tenías tus cosas! 

LAZARO.—(Con inocente curiosidad). ¿Qué cosas? 

GUARUMBA.—(En el mismo tono de antes). Digo... esas 
historias del tiempo pasao. 

LAZARO.—El tiempo no pasa, Guarumba. 

GUARUMBA.—(Con la risa en los labios) ¿Vas a decir un 
compuesto ahora? 

LAZARO.—(Con humilde convicción). Digo, no más. Pa¬ 
samos, nosotros, no el tiempo, ni el cielo, ni la tie¬ 
rra. Fué el cristiano que dijo: el día está hecho pa 
mi trabajo y la noche pa mi descanso. La tierra pa 
que unos pocos la tengan, y pa que los muchos la 
rieguen con su sudor, su llanto o su sangre. Mas lle¬ 
ga una hora, en que ya no trabaja, ni descansa el 
cristiano; y la tierra nos tiene, a los pocos y a los 
muchos, apretados en montoncitos, igual unos a los 
otros. Y el cielo siempre tan alto. El día y la noche 
alzándose y cayendo sobre la tierra, siempre tan 
pisada, partida y repartida por los cristianos, ¡y 
siempre esperándonos! (Disculpándose de la firme¬ 
za con que ha hablado). Digo yo... no más... 



ESCENA SEGUNDA 


(Cubierta con pobres ropas que no alcanzan a abrigarla 
de la lluvia fría del campo, entra Trinidad. Trae en una ma¬ 
no dos rústicas riendas que han de servir para el freno que 
trae en la otra. Apenas entra cae, más que se apoya, en la 
pared del rancho. Pero aunque su físico está así, vencido 
de cansancio, su voz quiere tener la fresca alegría de la ma¬ 
ñana, en que llegó por primera vez a la Plaza de Alto 
Alegre.) 

GUARUMBA.—¿Venís muy cansada, Trinidad? (Arri¬ 
mando junto al brasero un banco). Vení, sentate 
aquí, al calorcito del fuego. 

TRINIDAD.—(Mientras va penosamente a sentarse entre 
su marido y Lázaro). ¡Sí, muy cansada! (Sonrien¬ 
do lentamente). Pero no importa. (Extrae de su 
seno el pañuelo anudado que alcanza a quien ha¬ 
bla). ¡Aquí tenemos ya la plata pal petizo! Yo me 
iré de peona todo el resto del invierno, ¿sabés, 
Guarumba? mientras vos andás en tu trabajo, y 
así queda paga la cuenta. (Mostrando el freno y las 
riendas). ¿Te gustan? Por el freno completo,, le 
lavaré un mes al pulpero. 

GUARUMBA.—(Tomando el pañuelo mientras lo desen¬ 
vuelve y cuenta lo que guarda). ¿Cuánto te dieron? 

TRINIDAD.—^Y, justo, lo que cuesta el petizo: diez pesos. 
Tuve suerte, ¿no es verdad? (Volviendo su rostro 
iluminado por una cansada alegría). ¿Sabe, Don 
Lázaro? Guarumba comprará el petizo que venden 
en la estancia y se irá a buscar trabajo? Y cuando 
vuelva nos iremos de Alto Alegre. (Viendo el jer¬ 
gón del viejo). ¿Es suyo? 



182 


Justino Zavala Muniz 


LAZARO.—Sí, vecina. Me echaron de mi casa. 

TRINIDAD.— (Conmovida). ¿Y a dónde va a ir con esta 
noche? ¡Ni un alma se ve por los caminos! 

GUARUMBA.—(Que ha terminado de contar el dinero y 
de guardarlo en el cinto). Si no te oponés, le da¬ 
mos ese rincón pa que duerma mientras tanto. 
(Riendo). Al fin, viejo, ya estás acostumbrado al 
rincón y a ver dormir a los otros. ¿No es así? 

LAZARO.—(A Trinidad). Pero, y usted, pobrecita, ¿de 
dónde va a sacar pa poner en la olla, como que al¬ 
cance pa uno más? 

TRINIDAD.—¡Por una noche, don Lázaro! Comemos un 
poco menos los dos, y da pa tres. (Sonriendo bon¬ 
dadosa). ¿No halla? 

LAZARO.—Pero es que esta noche mía, será también la 
de mañana y la de siempre. ¿De dónde me va a lle¬ 
gar la esperanza de un cambio? 

TRINIDAD.—(Con cariñosa reconvención). ¡Don Láza¬ 
ro, usted siempre tan sufrido, y ahora no halla es¬ 
peranza! (Con ingenua firmeza). Vendrá. Vendrá 
el cambio, si no perdemos la esperanza. (Con re¬ 
pentina y sombría tristeza). ¡Que la vida nos dé 
tiempo pa verlo llegar, es lo único que pido! Des¬ 
pués, siquiera, que se vaya una llevándose en los 
ojos esa alegría que empieza. (Su palabra vuelve a 
iluminarse con la visión del día que aguarda). Es¬ 
ta primavera nos iremos de esta miseria, atrave¬ 
sando los campos donde jueguen los corderitos aca¬ 
bados de nacer. Y usted con nosotros, Don Lázaro. 
(Sonríe mientras baja, ruborosa, la voz y los ojos). 
Ayudándome a llevar un pesito dulce, que enton¬ 
ces irá en mis brazos... ¿Verdad, Guarumba? 

GUARUMBA.—(Con desgano). Sí, cómo nó! 

LAZARO.—¡Lindo, vivir así, entre amigos! 



ESCENA TERCERA 


(Cruzados los brazos, insolente el gesto, alta la voz, 
£ísí después de escuchar las últimas palabras, se ha deteni¬ 
do Liropeya en la puerta del rancho). 

LIROPEYA.—(A Lázaro). |Así sos de mal agradecido, 
viejo simple! ¿No ves que lo que quieren es tu mi¬ 
serable pensión de viejo, ahora que ya están por 
dártela? ¿Y nosotros? ¿Y nosotros, ¡decí!, que te 
hemos aguantado tanto tiempo, matándote el ham¬ 
bre? ¿Ahora no somos nada pa vos? 

(Mientras Lázaro se ha puesto de pie, como alzado por 
. las violentas palabras, y Guarumba se ha encorvado sobre 
el brasero, distraído en cebarse el mate, Trinidad intenta 
llegar hasta Liropeya y calmar su cólera). 

TRINIDAD.—¡Pero vecina, no nos maltrate, así, con in¬ 
justicia! 

LIROPEYA.—(Sin ceder en su violencia). ¿Con que se 
ván de esta miseria, ¿no verdad?. Ah, claro... es¬ 
te viejo aleyao les traerá todos los meses diez pe¬ 
sos al rancho! 

TRINIDAD.—¿Quién ha hablado de eso? (Disculpándo¬ 
se). No hemos hecho más que ofrecerle un abrigo, 
porque ustedes lo echaron. 

LIROPEYA.—¿No tenés en qué ocuparte, si no en andar 
sonsacando a un viejo de su casa? 

GUARUMBA.—(Por decir algo, ante la impotencia de su 
mujer). Bueno, bueno, basta de farra; nadie pensó 
en la pensión esa pa nada. 

LIROPEYA.—¿Y con qué se hacía tan generosa esta 
mísera? 



184 Justino Zavala Muniz 

TRINIDAD.—(Sin sentirse ofendida, pues sólo le preocu¬ 
pa la justicia de su actitud). Con el trabajo de 
Guarumba y mío, vecina! 

LIROPEYA.—(Con sorna mortificante). |Trabajo de Gua¬ 
rumba. .. la tos esa te ha trastornao los sesos, infe¬ 
liz!. (Volviéndose a Lázaro, que ha ido acercándo¬ 
se tímidamente). Y vos, caminá pa casa, pues tan¬ 
to le pedí a Clementino, que el pobre te deja vol¬ 
ver con tal de que vayas y le pidas al pulpero que 
te fíe, a cuenta de tu pensionsita, unos brazados 
de leña. 

LAZARO.—¡Pero Liropeya... mi pensión, vos sabés!... 

LIROPEYA.—(Empujándolo hacia la puerta). Caminá, 
caminá, desagradecido! 

LAZARO.—(Obedeciendo al mandato y ya al trasponer 
el umbral). ¿Entonces, Guarumba? 

GUARUMBA.—Sí, pues; ya te lo dije. 

LIROPEYA.—(Al perderse en la puerta. A Guarumba) 
Y vos... cuidá que tu mujer no sonsaque a los 
hombres de las otras. ¿Entendiste? 

TRINIDAD.—iVecina! 



ESCENA CUARTA 


GUARUMBA.—(Poniéndose de pie y yendo hasta su mu¬ 
jer que ante el insulto recibido, se ha llevado las 
manos a los ojos intentando ocultar las lágrimas. Po¬ 
niéndole con rudo ademán de indiferencia, que qui¬ 
so ser tierno, su mano sobre el hombro). Bueno mu- 
jercita, no se aflija por eso. ¿Quién hace caso aquí, 
a lo que digan los otros? Ya se sabe; la pobreza, el 
hambre, que sé yo, pone esas cosas en la boca de 
la gente. 

TRINIDAD.—(Con palabra entrecortada por la tos y el 

, llanto). ¡Ay, soy muy infeliz, Guarumba! Hay ve¬ 
ces en que me sube un llanto y se me derrama por 
los brazos... y sólo quisiera llorar... no se por qué 
ni pa qué. 

GUARUMBA.—Pues sí, ya le digo: usted toma todo así, 
pues. De noche está durmiendo tranquila, y de na¬ 
da le da por sentarse en la cama y se pone a toser 
y a llorar. Y ni duerme, ni lo deja dormir a uno. 

TRINIDAD.—¡Es que me ahogo,... o siento al angelito 
moverse en mi vientre, y veo nuestra miseria y llo¬ 
ro por él, pobrecito, que va a salir de mi cuerpo y 
caer en sus manos por toda la vida. Se nos van de 
los brazos y siguen en cambio, atados a nosotros en 
esta misma cadena de dolor! ¿Por qué, por qué ha 
de ser siempre así? ¿Nunca se romperá? 

GUARUMBA.—¿No vé, no le digo? ¡Siempre con esas co¬ 
sas! Hay ricos, y hay pobres; parece que tiene que 
ser así. ¿Qué vamos a hacer? Nos tocó ser de los úl¬ 
timos, ¿qué hacemos con quejarnos? 

TRINIDAD.—Sí, ya sé, ya sé. No es tu miseria ni la mía. 



186 


Justino Zatala Muniz 


la que siento; es la de él, ¡angelito! que mirará el 
campo tan grande y los días tan alegres y nada será 
suyo, sino la tristeza. Pues verá el pan cortado sobre 
la mesa, y tendrá hambre, y le dirán: no toques, que 
tiene dueño. Cuando en el patio, viendo salir la lu¬ 
na, sienta ganas de cantar, yo he de gritarle: ¡mi 
hijo, no cante que esta no es su casa! 

GUARUMBA.—(Ha vuelto a sentarse, displicente). Bue¬ 
no, déjese de esas historias; ya cambiará esto, algún 
día. 

TRINIDAD,—(Tan pocas palabras como las que acaba de 
oir alcanzan para levantar su esperanza). Sí... 
¿verdad que sí? ¡Ah, Guarumba...! ¡Yo no conoz¬ 
co nada... pero en algún lado, ¿no verdad? debe 
haber un pedacito de tierra que se pueda tener con 
el trabajo de uno y se pueda decir: esta es mi tie¬ 
rra, y aquí hago mi voluntad. (Como si se disculpa¬ 
ra ante alguien). ¡Es tan poco lo que pide una!... 

GUARUMBA.—(Se ha puesto de pie y mide la extensión 
del rancho a largos pasos). Todo eso cuesta, no te 
vayas a creer. 

TRINIDAD.—Sí, claro, ya sé. Pero la voluntad y el tra¬ 
bajo. .. 

GUARUMBA.—(Con sequedad). Cuando tenés una, no te 
dan el otro. 

TRINIDAD.—¿No has visto a un chinchibirri cómo hace 
su nido? 

GUARUMBA.—No me he fijao. 

TRINIDAD.—¡Si vieras qué trabajo! Levanta una ramita 
en el pico, la sacude, calcula su peso, la deja; levan¬ 
ta otra, vuelve a pesarla, y así hasta que encuentra 
aquella que le sirve y alza en un vuelo hasta la 
horqueta del nido. Y por cada palito que su trabajo 
alza, un canto de alegría. Así, entre paciencia, tra¬ 
bajo y canto, termina su casa que ni el más fuer¬ 
te pampero volteará. ¿Por qué no podremos nosotros 
hacer así la nuestra? 



Alto Altgre 


187 


GUARUMBA.—(Con un rencor cuya causa ella no puede 
alcanzar). Sí; muy lindo todo eso. ¡Trabajé cantan¬ 
do!... Sí. Ya viste lo que pasó con la esquila. Se 
fueron todos los de Alto Alegre a la estancia 
seguidos por los gurises, confiando en que iban a 
ganar, como todos los años, lo menos pa dos meses. 
Y los recibieron diciéndoles: Sentimos mucho... pe¬ 
ro con esta máquina de ahora, no tenemos necesidad 
de ustedes. ¿Y?... (con sorda rabia). Y no hubo 
quien les dijese: Ustedes tienen la máquina, y noso¬ 
tros hambre; ¿quién arregla esto? (Pausa). Y des¬ 
pués. .., cuando llegó Enoro, ya viste: esa máquina 
de lata, que se hizo la trilla con sólo cuatro hombres. 
(Después de una pausa, en que busca la oscura ra¬ 
zón que se le escapa). Ellos gastan menos y es justo 
que lo hagan. Pero, y los del Alto Alegre ¿qué ha¬ 
cemos entonces? 

TRINIDAD.—(Se acerca intentando conmoverlo con su 
tierno ademán de cogerle las manos). Pero vos aho¬ 
ra tendrás el petizo, y podrás caminar hasta encon¬ 
trar trabajo... 

GUARUMBA.—(Rechazándola con indisimulada rudeza). 
¿Y qué haremos con lo que gane? ¡Una miseria!... 

TRINIDAD.—(Su esperanza amenaza quebrarse en llan¬ 
to). ¡Guarum.ba, escúchame, mirá lo que me coshá 
ganar estos diez pesos! ¡Decime que te irás maña¬ 
na. (La tos vuelve a ahogarla). ¡Ay, no puedo más! 
(Pretende abrazarse a las rodillas del hombre que 
está erguido de crueldad, sin mirarla ni oírla). ¡Ha- 
celo por él, que vá a venir y tiene que ser fuerte 
y alegre, como yo no lo fui nunca, Guarumba! 

GUARUMBA.—(Rechazándola con el pie). ¡No aburras, 
mujer! 

(Trinidad ha quedado caída y llorosa como una sombra 
doliente en la penumbra del rancho, que su marido sigue 
midiendo con largos y lentos pasos). 



ESCENA QUINTA 


Un hombre de ALTO ALEGRE se ha detenido en el um¬ 
bral. Viste con la misma pobreza con que se le viera en el 
primer acto. Sólo que ahora, para protegerse de la lluvia se 
ha puesto a manera de capuchón una bolsa que le cubre la 
cabeza, los hombros y parte de la espalda. 

UN HOMBRE.—Buenas. ¿Se puede pasar? 

GUARUMBA.—(Volviéndose con gesto cordial hacia el 
recién llegado). Buenas; pasá. (Mientras el otro en¬ 
tra, él le ofrece el asiento del banco en que estuvo 
Lázaro). Sentóte. 

. UN HOMBRE.—(A Trinidad extendiéndole la mano). ¿Có¬ 
mo está vecina? ¿Va mejorando? (Se sienta). 

TRINIDAD.—(Intentando disimular su congoja). Sí, me¬ 
jor, muchas gracias. ¿Usté va yendo bien? 

UN HOMBRE.—(Mientras extrae del bolsillo con qué 
hacer un cigarro). Y... bien, más o menos. (A Gua- 
rumba, ofreciéndole). ¿Gustás armar uno?. 

GUÁRUMBA.—(Al tiempo de hacerlo). Bueno, te voy a 
hacer un gasto. (A Trinidad) Arregló un poco el 
mate. 

UN HOMBRE.—(Mientras envuelve el cigarro). ¿Sabés 
que ahí anda un forastero? Bueno; forastero, mis¬ 
mo, no es; pues de aquí salió hace años. Hombre, 
tal vez vos hayas alcanzado a conocerlo. 

GUARUMBA.—(Sentándose). ¿Quién es? 

UN HOMBRE.—Sofío, ¿te acordás? el padre de aquel gu¬ 
rí, Braulio, que llevaron preso por la cuestión de 
la oveja. 

GUARUMBA.—(A tiempo de recoger el mate, que Tri¬ 
nidad, de pie atrás suyo, le alcanza). Sí, ya me 



190 


Justino Zavala Müniz 


acuerdo. Tuve ocasión de conocerlo antes que co¬ 
metiera aquel hecho de las heridas y que lo pren¬ 
dieran. ¿Volvió buscando la mujer y el hijo? 

UN HOMBRE.—Parece que no; él ya venía anoticiao de 
cue ella era juída, atrás del gurí. Volvió no más. 

GUARUMBA.—(Sonriendo). La querencia... 

UN HOMBRE.—Capaz. 

GUARUMBA.—¿Y viene mejoran? ¿Trai plata? 

UN HOMBRE.—Así al primer golpe de vista ¿sabés? pa- 
rece que hubiera pelechao. Pero plata, mismo... 

CLEMENTINO.—(Entra al tiempo de saludar. Para pro¬ 
tejerse de la lluvia trae sobre la espalda un viejo 
cojinillo cuyas puntas sujeta bajo el mentón. En la 
mano libre, un pequeño banco rústico). ¡Qué tarde 
pa tortas fritas! Yo ya me traje mi asiento, por si 
faltaba. 

GUARUMBA.—Hiciste bien. Acomodóte a gusto. 

CLEMENTINO.—(Sacando del bolsillo del saco una bote¬ 
lla de caña. Al tiempo de ofrecerla). Pa calentar un 
poco las tripas. 

UN HOMBRE.—(Al cogerla para llevarla a los labios). 
Siempre viene bien. Cuando hay frío, pa calentar¬ 
se; cuando hay calor, pa refrescarnos. El que inven¬ 
tó la caña, sabía lo que eran necesidades. 

GUARUMBA.—(A la espera de servirse a su tiempo). 
Y eso que ésta ya no es como la antigua. 

CLEMENTINO.—^Decímelo a mí; antes, con tres o cuatro 
copas yo ya estaba satisfecho. Con esta porquería 
de ahora, me tomo una botella por día, y siempre 
tengo sed. 

GUARUMBA.—(Alargando la botella a Clementino, lue¬ 
go de haber dado unos sorbos, y mientras se limpia 
los labios con el dorso de la mano). Y, no crea... 
tan mala no es. 

CLEMENTINO.—(Al llevársela a los labios). ¡Ah, claro!, 
yo he probao piores. Esta, siquiera, se deja tomar. 

GUARUMBA.—(Con tono grave). Y decime, Clementino, 



Alto AlIjgrk 


191 


¿qué historia es esa de la pensión del viejo Lázaro, 
que tu mujer vino a gritarnos aquí? 

CLEMENTINO.—(Interrumpiéndolo). ¡No hagas caso, 
Guarumba! ¿Vas a dar óidos ahora, a cosas de mu¬ 
jeres? (Despectivo). Cuestión de ellas... que la 
gente no tiene por qué entrar a averiguar! 

TRINIDAD.—(Con tímida energía). De ellas no, vecino. 
Fué Liropeya que vino a insultarnos... 

GUARUMBA.—^No... porque yo decía, Clementino no 
puede hacer caso de cuestiones de polleras... 

CLEMENTINO.—¡Ta claro! ¿Nos vamos a enredar no¬ 
sotros en esas cosas, no hallás? 

GUARUMBA.—(Con grave convicción). No... ta claro; 
si es así... 

UN HOMBRE.—¿Sabe que estaría bueno eso de las tor¬ 
tas fritas? 

GUARUMBA.—Sí, estaría bueno; pero las pagamos entre 

' todos. No sea cuestión que yo sólo... 

CLEMENTINO.—Seguro... Trinidad puede poner la ha¬ 
rina y la leña, y después vamos sacando un vintén 
por cada parada. 

TRINIDAD.—(Con inquietud). ¿Qué vás a hacer, Gua¬ 
rumba? 

GUARUMBA.—(Con visible embarazo). Y, vamos a acor¬ 
tar un poco la tarde... Aquí... ¿Sabés?, entre los 
amigos... 

TRINIDAD.—(Hay una inusitada firmeza en su huraiil- 
dad). ¿Vás a jugarte el dinero del petizo? 

GUARUMBA.—(Pretendiendo cortar el diálogo. Con ru¬ 
deza). ¿Quién te ha dicho que es el dinero del pe¬ 
tizo? ¿Me vás a balancear el cinto, ahora? 

TRINIDAD.—(Con voz llorosa). ¡Pero Guarumba... si 
no teníamos ni pa un pedazo de carne... ¿es ba¬ 
lancearte el cinto? (implorante). ¿No vés como es¬ 
toy empapada de la lluvia que atravesé en el cam¬ 
po, pa traerte esa plata? ¡Y todavía vas a hacerme 
esto? ¡Tené piedad una vez!... ¿Duerme tu cora- 



192 


Justino Zavala Muniz 


zón, Guarumba, que no siente la desgracia? 

GUARUMBA.—(Poniéndose de pie). ¿Ya volvés con tus 
historias? ¡Y delante de la gente! 

TRINIDAD.—(Poniéndose frente a él para hacerse escu¬ 
char). ¡Tirarás en un rato lo que yo he juntado en 
tantos días de fatiga! (Tendiéndole las manos). ¡Ay, 
no lo hagas hoy! Vení, poneme el oído aquí, sobre 
el pecho, y lo sentirás quejarse como si algo estu¬ 
viera rompiéndose en cada suspiro... (Cogiéndo¬ 
le la mano). ¡Pone, poné tu maqo aquí y sentirás 
moverse a tu hijito! Aunque sea por éste... por él, 
que vá a llegar y por mí que voy a irme ya, tené 
piedad Garumba! 

CLEMENTINO.—(Simulando una grave y respetuosa de¬ 
cisión. Mientras se levanta y dirije hasta la puerta 
desde la cual, de espaldas a la escena, queda miran¬ 
do morir la entristecida tarde). Por eso no, vecino, 
si la señora, aquí, se opone, que no sea por noso¬ 
tros. .. (Insidioso). El hombre manda en su casa.: 
pero, acontece, ocasiones... 

GUARUMBA.—(Con simulada dignidad que las palabras 
del otro hubieran exaltado). No faltaba más; uste¬ 
des se quedan, y aquí se juega hasta que las velas 
no ardan, y pronto... (A Trinidad, colérico). ¿Oís¬ 
te? ¿Quién manda aquí? ¿Me vás a montar con es¬ 
puelas, ahora? 

TRINIDAD.—(Sin sentirse ofendida ni intimidada; sólo 
atenta a que se oiga su ruego). ¡Pero si no te man¬ 
do!... (Dirigiéndose a los hombres) ¿Qué hago si 
no es pedirle con el llanto en los ojos, que se apia¬ 
de de mí? Mandáme, pegáme, cruzáme la cara con 
tus manos... pero te pido de rodillas, si querés, por 
la vida del que va a venir... por el poquito de la 
mía que todavía me queda... 

GUARUMBA.—¡Obedezca, entonces, pues! ¡Vaya a bus¬ 
car la harina! Mañana vamos a arreglar eso. 

TRINIDAD.—¿Cómo hemos de arreglar, si vos habrás 



Alto Alegre 


193 


perdido el último dinero y yo no sé ya dónde ir a 
buscar otro? (A los otros, implorante). ¡Díganle que 
ustedes se van... que en la casa de ustedes tam¬ 
bién hay hambre. ¡Por favor, díganle ustedes!... 

GUARUMBA.— (Amenazante). ¡Te digo que te calles! 

TRINIDAD.—^Desde que llegué a Alto Alegre estoy calla¬ 
da... 

GUARUMBA.— (Echándose sobre ella pretendiendo apre¬ 
tarla entre sus brazos amenazantes). ¡Cállate tí... 

TRINIDAD.— (Desplomándose contra la pared. El horror 
por lo que ha oído, más que por el fiero ademán del 
hombre, está en su rostro). ¡Ah... vos también!... 
(Y el llanto y la tos, ahogan cruelmente su grito). 

UN HOMBRE.— (Interponiéndose y deteniendo a Gua- 
rumba). ¿Qué va a hacer vecino? ¿Se vá a compro¬ 
meter por una mujer? 

GUARUMBA.—Tiene razón... mire que perder la cabe¬ 
za un hombre como uno, por cuestión de mujeres!... 
(A Un Hombre). Avivá ese fuego y atendé el mate, 
que se va a enfriar. 

(La escena queda en una sombría pausa de silencio. Cle- 
mentino continúa, con aire distraído, mirando los apretados 
horizontes grises de la tarde. Guarumba ha vuelto a sentar¬ 
se, ahora sobre la cabeza de vaca, y es así una arrollada 
sombra casi perdida en la penumbra. Sólo se oyen los fuer¬ 
tes resoplidos con que Un Hombre intenta alzar las lla¬ 
mas de los tizones casi apagados, y los sollozos ahogados de 
Trinidad. Pero éstos también dejan de oirse, y sólo adviérte¬ 
se entonces el esfuerzo de Un Hombre empeñado en avivar 
el fuego. De pronto, una alegre llamita comienza a izarse en 
el brasero, y escinde su luz sobre la figura de Trinidad, 
que irá a medida que el rayo de luz se intensifique sobre ella, 
irguiendo su vencida figura hasta que alzados los brazos, en 
una rebelión nacida de la claridad de su instinto maternal, 
como la llama que le cubre de un rojo ardiente, alza tam¬ 
bién una palabra que los hombres no habían oído jamás 
en sus labios. 



194 


Justino Zavala Muniz 


Y así avanza, transfigurada por una dramática deci¬ 
sión, hasta la sombra arrollada que es entonces Guarumba). 

TRINIDAD.—(Aunque todavía su voz es apagada, tiene 
el fírme acento de una verdad que ya nadie en 
ella callará). Tenés razón; no pierdas la cabeza ni 
un momento, por una mujer. (Con desprecio). ¡Sos 
todo un hombre, Guarumba! Yo, vos lo dijiste ¡una 
tísica! Pero oíme, oíme ahora que todavía entra ai¬ 
re en mis pulmones: viví pa vós, pa vós gané el 
dinero que mis fuerzas pudieron. Así te entregué to¬ 
do lo que pude conseguir; y mucho más, mis espe¬ 
ranzas ... 

GUARUMBA.—(Amenazante). ¡Mujer, mirá que se me 
va la paciencia! 

TRINIDAD.—A mí se me vá la vida. Ya no sé qué es 
la paciencia. 

GUARUMBA.—¡Te he dicho que te calles! 

TRINIDAD.—¡Y yo te digo que ya no puedo callarme! 

GUARUMBA.—Te cerraré la boca de una bofetada. 

TRINIDAD.—¡Te gritarán mis ojos! 

GUARUMBA.—(Poniéndose de pie). ¿Me obligarás a que 
te los arranque? 

TRINIDAD.—^Desde mi vientre, te mirará mi hijo, que 
duerme en él. 

GUARUMBA.—(Después de un instante de vacilación» 
vuelve a sentarse. Dirigiéndose a Un Hombre). Ne 
puede uno ensuciarse las manos en una mujer... 

TRINIDAD.—(Cerrado el arco que sus brazos alzan sobre 
su cabeza y la luz roja ilumina, sus manos se aprie¬ 
tan en desolada rebeldía). Sí, decís bien: ¡mujer!. 
De mujer que ya no quiere, ni a vos, ni a ella mis¬ 
ma, porque está toda entregada a dar al mundo un 
hombre que no sea tan infeliz como yo, ni tan ven¬ 
cido como vós. Por el que tengo aquí... (Señalándose 
con ternura el vientre). Y ya me pisa la entraña en 
sus primeros sueños antes de nacer al mundo; por 
éste, que sobre mi cuerpo enflaquecido hincha mi 



Alto Alegre 195 

vientre, por este peso mío, pa el que tienen fuerzas 
las piernas que no podían conmigo, ¡por éste crucé 
los campos! ¡No por vos, ni por mí, Guarumba! 

GUARUMBA.—(Con brutal desprecio). Pavadas de hem¬ 
bras. Por algo llevan polleras. 

TRINIDAD.—Sí, reíte de mis polleras. Pero yo sé que aba¬ 
jo de ellas llevo a un hombre dormido... (El llan¬ 
to vence a su enérgica voluntad), ¡que iba a nacer 
con la primavera!... 

GUARUMBA.—(Irónico). ¡Gué... ¿y ahora llorás? ¿No 
estabas tan guapa? 

TRINIDAD.—(Apenas reprimido el llanto). Lloro, porque 
ya no será él, ¡pobrecito!... Pero uno vendrá... 
(La tos quiebra su palabra y sus fuerzas. Y así cae, 
extenuada, sobre el lecho escondido en la sombra 
del rincón). 



ESCENA SEXTA 


(En la puerta se han detenido Otro Hombre y un pai¬ 
sano cuyas ropas, como su erguida actitud, lo muestran fo¬ 
rastero en Alto Alegre. Es Sofío. Está abrigado con un 
poncho patrio; lleva sombrero de campo, y calza botas cui¬ 
dadas con aseo a pesar del barro que han debido pisar en 
la tarde lluviosa. En la frente echada hacia atrás, en los ojos 
azules y los labios finos y nerviosos como en las manos len¬ 
tas y rudas, se advierte un carácter audaz y cordial, altivo 
y firme en sus actitudes resueltas. Es el hombre campesino 
a quien la ciudad ha blanqueado el rostro y desenvuelto la 
palabra; pero que, en lo íntimo, permanece idéntico a sus 
paisanos en la pujanza pasional con que cree en las cosas 
y por ellas lucha). 

OTRO HOMBRE.—Buenas, camaradas. ¿Se puede pasar? 

SOFIO.—Buenas tardes para todos. 

GUARUMBA.—Buenas tardes; vayan entrando, cómo no! 

OTRO HOMBRE.—(Mientras entran y señalando a su 
compañero). Aquí traigo un amigo... colijo que to¬ 
dos lo conocen. 

GUARUMBA.—(Extendiéndole la mano al que nombra). 
Sí, usté es Sofío. 

SOFIO.—(Estrechando la mano que le tienden). Sí, señor. 
¿Cómo está? (A Clementino). Servidor... 

CLEMENTINO.—(Al tiempo de darle la mano). ¿Có¬ 
mo le vá? 

SOFIO.—(A Un Hombre). Con usted ya nos vimos. 

UN HOMBRE.—Sí, es verdad; ya nos vimos. 

(Trinidad pretende aprovechar la distracción de los 
hombres, y cogiendo las riendas con que entrara, se dirige 



198 


Justino Zavala Muniz 


a la puerta. Pero Sofío ya se ha puesto en su breve camino, 
y le extiende la mano saludándola). 

SOFIO.—Buenas tardes. ¿No me reconoce? 

TRINIDAD.— (Apenas entreparándose y extendiendo su 
vencida mano a la viril que le alarga el saludo). 
Buenas tardes. No, no lo conozco. 

SOFIO.—(Sonriendo cordial). Soy el que viene... 

TRINIDAD.— (Interrumpiéndolo). Si... pero no me hago 
una idea... 

SOFIO.— (Que ha advertido el doloroso vencimiento de la 
mujer. Intenta decirle una palabra grata). Uno que 
padeció Ja miseria, tanto como ustedes, y ahora 
vuelve con una fuerza nunca gastada. (Con tefnu* 
ra). Si me mira bien, tiene que reconocerme, ¿có¬ 
mo no? 

TRINIDAD.—(Impaciente. Reemprendiendo su andar ha¬ 
cia la calle). Sí, sí, puede ser. Pero yo me voy aho¬ 
ra; ya es muy tarde. Capaz... si regreso. 

GUARUMBA.— (Al oir las últimas palabras de su mujer). 
¿Pa dónde vás, Trinidad? 

TRINIDAD.— (Al cruzar la puerta, sin siquiera volver la 
cabeza). ¿Qué se yó? 

SOFIO.— (Quitándose el poncho) Con permiso. (A Otro 
Hombre, aludiendo a Trinidad). ¡Qué apuro de can¬ 
sancio lleva, ¿no le parece? 

GUARUMBA.—Siéntese, pues. 

(Los hombres buscan en qué sentarse y forman un semi¬ 
círculo que dá espaldas a la calle. Sofío ocupa el centro). 

UN HOMBRE.— (A Sofío). Entonces, ¿pasiando el hom¬ 
bre? ¿A visitar un poco el pago viejo? 

SOFIO.—Es verdad. Aquí la desgracia me perdió a Brau¬ 
lio y su madre. Vuelvo atrás de sus huellas. 

GUARUMBA.—¿Lo tuvieron mucho por la cuestión de las 
heridas? 

SOFIO— (Con desgano). Sí, siempre estuve un tiempito. 

OTRO HOMBRE.—¡Debe ser dura la vida en la cárcel! 

SOFIO.—(Intentando desviar la conversación). Allí apren- 



Alto Alegre 


199 


di a escribir. Mas después me quedé trabajando en 
la ciudad. 

GUARUMBA.—Allí se gana la vida fácil. 

SOFIO,—Fácil, no; eso en ningún lado. Pero se trabaja 
mejor, aunque haya mucha miseria. 

CLEMENTINO.—(Con aire impertinente). ¿Por qué se 
vino, entonces? 

SOFIO.—Ya le dije. (Sonriéndose). Además, animal de 
campo, no come pasto cortao. Se vive mejor, sí; 
parece hasta que se viviera más, mucho más que 
aquí. Pero es como si todo fuera hecho en pedacitos. 
¿Me comprende? De los ojos pa afuera. En vez, uno 
se acuerda que un hombre en el campo, siente que 
está abajo del cielo, sobre la tierra. 

UN HOMBRE.—¡La extrañaba, ¿no verdad? 

SOFIO.—Sí, amigo; extrañaba el gusto a la tierra. 

UN HOMBRE.—^Y... está claro... nacemos y nos criamos 
gateando sobre ella y mascándola en los patios. 

GUARUMBA.—Pero allí hay donde trabajar mejor. 

SOFIO.—^Yo trabajaba bien, ¿sabe?... ¡Yo qué sé!; usted 
sabe que en el campo lo espera la miseria, pero así 
mismo halla que aquí usted es más uno, ¿no es ver¬ 
dad? 

CLEMENTINO.—(Acentuando su tono de impertinente 
hostilidad). Miseria hay también allí. No sólo somos 
nosotros... 

SOFIO.— (Que recién ha advertido el acento con que allí le 
hablan. Con firmeza viril). ¡Claro que hay miseria! 
pero también hay esperanza. Aquí, lo que a uno lo 
llama, ya digo, es la alegría de la tierra y el cielo. 
Porque la de los hombres... 

CLEMENTINO.—^No nos habrá oído quejarnos, de seguro... 

SOFIO.—Y ese es el mal. Si ustedes hubieran visto como 
yo, salir un día a la calle a todos los trabajadores de 
la ciudad a pedir lo que es de ellos, comprenderían 
lo que vale exigir justicia. Por la calle principal, 
eran ríos callados que iban llegando no se sabía de 



00 


Justino Zavala Muniz 


dónde, y de todas partes. Las casas de lujo tran¬ 
caron las puertas, como quien cierra los ojos por 
que no quiere ver. Pero de pronto uno, cualquie¬ 
ra, gritó lo que todos estaban sufriendo y pareció 
que temblaba la ciudad entera! ¡Ah... no hay tris¬ 
teza invencible si se tiene el coraje de mirarla ca¬ 
ra a cara. 

CLEMENTINO.—¿Y pa qué ese gusto, don? (Despecti¬ 
vo). ¡Andar rascándose la sarna! 

SOFIO.—¿Cómo ha de llegarnos la justicia si vivimos 
saboreando nuestra derrota como un mate amar¬ 
go? ¿Así conmoveremos a los que nos humillan? 

CLEMENTINO.—Poco más, y quiere que andemos llo¬ 
riqueando nuestras lástimas. 

SOFIO.—Nadie dice eso, amigo. Más, ¿quién ha de ayu¬ 
darnos, si no conocen ni comprenden nuestra mi¬ 
seria? Esto se aprende en la ciudá de solo vivir 
en ella; por bruto que uno sea. 

UN HOMBRE.—No se vaya a creer amigo; yo también 
conozco la ciudá, y más o menos me doy cuenta 
de lo que usted quiere decir. Pero aquí en la cam¬ 
paña, un hombre es... y es. (Con orgullosa arro¬ 
gancia). No sé si me explico. Y eso sirvió pa empa¬ 
rejar muchas cosas. 

SOFIO—Un pobre y un rico ni ahora ni nunca se em¬ 
parejaron. 

UN HOMBRE.—¡Y está claro que siempre hubo pobres 
y ricos, hasta en el campo! Pero escuche: yo me 
crié conociendo a un moreno que no tenía más 
que el caballo y el facón, y lo nombraban así: (Con 
acento que quiere ser solemne) José Máximo Man- 
silla, natural de la villa de Meló, avecindao en el 
Zapallar, y de apelativo “El Chengo”! (Muy satis¬ 
fecho de la eficaz claridad de su razonamiento). 
¿Me comprende? ¿Eh, qué le parece? 

OTRO HOMBRE.—(Mortificante). Y, más que nada, 
cuestión era que un gaucho nunca alegaba por 



Alto Alegre 201 

unos repollos desgraciaos. 

UN HOMBRE.—(Con inusitada viveza). ¡Más desgracia¬ 
das son tus gallinas! ¿Qué te has pensao? 

OTRO HOMBRE.—(Poniéndose de pie). ¿Porqué no ce- 
rrás tu terrenito con alambre tejido? Te metés a 
chacarero, y no tenés con qué poblar. 

UN HOMBRE.—(También de pie). ¿Y por qué no las en- 
cerrás vos? 

OTRO HOMBRE.—mí no me hacen ningún mal. 

UN HOMBRE.—^Pero arrasan con el trabajo de uno, que 
tiene la desgracia de ser tu vecino. 

OTRO HOMBRE.—¡Aguante, amigo! 

UN HOMBRE.—O les tuerzo el pescuezo. 

OTRO HOMBRE.~(Desafiante). Hacé la prueba. 

UN HOMBRE.—(En el mismo tono) ¿Me lo vás a privar 
vos, desgracian? 

OTRO HOMBRE.—(Dando un paso atrás para desenvai¬ 
nar el cuchillo que lleva en la cintura). ¡Repetí lo 
que dijiste, trompeta! 

(La violenta actitud con que uno y otro intentan acome¬ 
terse, hacen que los demás se interpongan entre ellos evi¬ 
tando la riña). 



ESCENA SEPTIMA 


(Entran tres hombres: Manuel, Juancito y Un Curioso 
atraídos por la esperanza de pasar la tarde viendo jugar a 
los demás ya que ellos, demasiado se advierte en sus ropas, 
no podrían colocar un sólo centésimo junto a una carta del 
naipe). 

MANUEL.—Buenas tardes. 

JUANCITO.— Buenas. 

CURIOSO.—Con permiso. 

GUARUMBA.—(A los recién llegados). Pasen, si quieren. 
(Los tres entrando). 

MANUEL.—¡Amigo, se ha preparao como pa temporal! 

JUANCITO.—^Las zanjas están roncando. 

UN HOMBRE.—^Agüita mansa pero tenaz. Llueve callao. 

MANUEL.—^Así está siempre cayendo la desgracia en el 
pobre; nadie la siente. 

JUANCITO.—^Va a apretar el frío. 

GUARUMBA.—(A los que ya estaban) Bueno; vamos aco¬ 
modándonos. 

(Y mientras el dueño de casa coloca la mesa en el cen¬ 
tro de la escena, los demás arriman a ella sus asientos. So¬ 
fío ha venido a quedar en la cabecera que mira al frente. 
Guarumba, a su lado, se entretiene en barajar lentamente 
el naipe. 

Un Curioso se ha hecho cargo del mate, mientras los 
•tros se han puesto de pie, a espaldas de los jugadores y 
para mirarles sus cartas. 

La debilitada llama del bracero apenas si ilumina la es¬ 
cena. Por la puerta y la ventana vénse acercar los grises des¬ 
vanecidos del atardecer). 

SOFIO.—(Al sentarse). ¿Y si abriéramos la ventana, para 



204 


Justino Zavala Muniz 


que entre un poco de aire y luz? ¿No hallan que 
esto se ha vuelto demasiado sombrío? 

GUARUMBA.—(Mientras Un Curioso va a hacer lo que 
ha indicado Sofío) Y, como quieran... es el tiempo 
y la casa de un pobre. 

(Recién se han sentado cuando Clementino, con voz que 
apenas disimula la intención hiriente, ofrece la botella de 
caña sólo a Sofío). 

CLEMENTINO.—Sírvase un trago. 

SOFIO.—(Secamente) Gracias; no tomo. 

CLEMENTINO.—(Intentando simular que se siente ofen¬ 
dido). ¿Me desprecea un convite, entonces? 

SOFIO.—(Sin mostrar que desea ya evitar una disputa a 
la que el otro le lleva tercamente). No es desprecio; 
es que no tomo. 

CLEMENTINO.—¿Le tiene recelo? 

SOFIO.—No tengo ninguno. 

CLEMENTINO.—(Queriendo ser irónico). No... como es 
cosa del campo. 

SOFIO.—(Sin inmutarse). También cosa del campo pue¬ 
de ser una gran esperanza en algo, y el coraje pa 
pelear por ella. 

CLEMENTINO.—^Aquí a nadie le importan esas historias. 

SOFIO.—(Con firmeza). Echese a dormir sobre eso y lo 
despertará el sol quemándolo. 

CLEMENTINO.—(Con sorda voz rencorosa). Y después... 
No veo a qué viene eso de andarle echando en cara 
a la gente la miseria en qué vive. 

SOFIO.—No le echo en cara ninguna cosa, amigo. 

CLEMENTINO.—(Provocando) ¿Trai plata, al menos, pa 
sentarse en la carpeta? 

SOFIO.—Yo no estoy en ningún juego. Estoy contando 
lo que he visto y pienso. La verdad no debe ofender 
a nadie. ¿No halla? 

CLEMENTINO.—Si nadie se la pregunta, no veo porqué 
andarla diciendo. 

GUARUMBA.—(Pretendiendo cortar un diálogo que acen- 



Alto Alegre 


205 


túa por instantes su viveza y violencia). Bueno, 
Clementino, ¡ya alcanza de prosa! • 

SOFIO.—(Sin atender el llamado al silencio). Si con sólo 
callar la verdad, ya no pasaran las cosas... 

CLEMENTINO.—¿Qué remedea con decirlas? ¿Le pagan 
algo por eso? 

SOFIO.—(Sonríe con desprecio) ¡Ya vé que no; parece 
que sólo consigo enojar a la gente. El castigo será 
cuando en vez de mi palabra que no quieren oir, 
vengan los hechos de los otros. 

GUARUMBA.—(A Un Curioso). Encendé el candil; ya está 
muy oscuro. (A Clementino) Vamos a callarnos 
¿querés? 

CLEMENTINO.— (A Guarumba, justificándose). Pal final, 
¿a él quién lo llamó? 

SOFIO.—No preciso que me llamen, don. Es la tierra en 
que he vivido, y volví porque aquí conozco a todos, 
y me conocen. 

CLEMENTINO.— (Simulando que desea terminar el diálo¬ 
go, su oculta intención es, sin embargo, imponer al 
otro y en algún modo, su voluntad). Bueno; vamos a 
callarnos. 

SOFIO.—Si usted no tiene nada que decir, hace bien; yo 
no tengo por qué callarme. 

CLEMENTINO.— (Ya conteniéndose apenas). ¡Porfiao el 
cristiano! 

SOFIO.—Como el que tiene razón. 

CLEMENTINO.— (Poniéndose de pie y golpeando la mesa 
con un violento puñetazo) Pa terminar: ¿quién se ha 
creído usted qué es? 

(En ese instante el candil levanta una alta llama roja 
que ilumina de pleno la figura de pie de Sofío, y deja a los 
otros perdidos en la penumbra). 

SOFIO.— (Echando hacia atrás el busto. Con la firmeza de 
quien expresa aquello que es el más poderoso resorte 
de una voluntad indoblegable). ¡El que anuncia una 
cosa cierta, aunque usted no quiera oirla! 



206 Justino Zavala Muniz 

GUARUMBA.—(Que se ha puesto también de pie y exten* 
didos los brazos apartando a los que disputan. Enér* 
gico). ¡Respeten, pues, la casa en que están! (Viendo 
a los otros iniciar la actitud de sentarse. Con voz cor¬ 
dial). Vamos a empezar el juego y a terminar con 
las alegaciones. 

OTRO HOMBRE.—¿Quién talla? 

GUARUMBA.—Yo. Diez pesos es la banca. 

UN HOMBRE.—Eso es algo más que plata y sudor. (Son¬ 
riendo). Sangre costó ganarlo, ¿eh, Guarumba? 



ESCENA OCTAVA 


(Echados los bustos sobre la mesa; sólo erguido, en ac¬ 
titud indiferente Sofío, los que se hallan sentados parecen 
querer apretarse sobre las manos de Guarumba que ya bara¬ 
jan el naipe. Juancito, Manuel y Curioso expresan en su in¬ 
móvil actitud, la apasionada espectativa que fija los ojos so¬ 
bre las dos cartas que el tallador ha colocado en la mesa). 

GUARUMBA.—Un cinco y un rey. Hagan juego. 

OTRO HOMBRE.—(Tendiendo la mano sobre las cartas) 
Pará un poco, Guarumba. (Torciendo el busto para 
dirigirse a Juancito, que está a su espalda). Mirá, salí 
de atrás mío, que me espantás la suerte. 

JUANCITO.—(Con resentimiento) ¡Caramba que te has 
puesto delicao desde que criás aves! 

(Bruscamente la atención que todos tenían puesta en el 
Juego, quiébrase ante el grito de Lázaro que ha aparecido en 
la puerta y allí se queda, volteados la cabeza y los brazos, en 
un gesto del más profundo abatimiento). 

LAZARO.—(El llanto vela su voz). ¡Guarumba!... ¡Gua¬ 
rumba!... 

GUARUMBA.—(Irguiendo el busto, con gesto de enojo) 
¿Qué hay? 

LAZARO—¡Su mujer!... En el árbol más alto del Alto 
Alegre... la pobre Trinidad... 

GUARUMBA.—(Ante el dolor de las palabras que todos 
escuchan con emocionado silencio, él aún pregunta 
con nervioso enojo). ¿Qué decís? ¿Vos la viste? 

LAZARO.—(Señalando hacia la plaza que ya la noche va 
ocultando). Sí, allá está... como un gajo quebrado... 
con los ojos muy abiertos, ¡todavía mirando al cielo! 

(Los hombres comienzan a irse lentamente hacia don- 



208 Justino Zavala Muniz 

de el brazo de Lázaro señala; Guarumba ha ido a tender¬ 
se en la cama. En el centro de la escena están aún Sofío, 
Un Hombre y Lázaro). 

GUARUMBA.—¡Esta mujer!... (Después de una pausa 
de meditación) Y bueno... ¿qué día es hoy, Lᬠ
zaro? 

' LAZARO.—¿Pa qué quiere saber, Guarumba? 

GUARUMBA.—(Aunque lo intenta, no alcanza a simu¬ 
lar un dolor que no tiene). Y... pa recordarla, 
pues. Vos vés, de un día de desgracia, la fecha... 

LAZARO.— Y... póngale cualquiera. Aquí, en Alto Ale¬ 
gre ... todos son lo mismo. 

UN HOMBRE,—(A Sofío) Y dígame, cuando pase eso 
que usté dice, ¿cómo se arreglarán estas cosas? 

SOFIO.— (Con visible molestia por la impertinente pre-. 
gunta) ¿Por qué me pregunta eso a mí? ¿Fui-yo, 
acaso, el que hizo el corazón del hombre? 

LAZARO. —¡El corazón del hombre!... Ahí está: esa es, 
también, la cuestión! 




Música de la Milonga, de ¡a escena 
segunda del acto Otro Día, compuesta 
por María lulia Garoyalde de ¿avala 
Muniz. 











QUEDA HECHO EL DEPOSITO 
QUE ORDENA LA LEY 



Íil>ro óe terminó Je imprimir J 22 dé 
^írií de 1944 en ioá Daiiereá ^rd^a 
-Sftr (damacuá 583, l^ljonlevidi 



En el año 1921, publicó S? 
"CRONICA DE MUNIZ". l 
(hoy agotada), historia de ^ 
un caudillo rioplatenso y su 
tiempo; "CRONICA DE UN 
CRIMEN" en 1926 (también i 

agotada), vida de un mo-. 
trero y del paisaje físico 
social que lo produce. En 
1930, "CRONICA DE LA 
REJA", (agotada), procesó • 
de la transformación econó¬ 
mica y social del campo 
uruguayo, a través de ia ' 
vida de un pulpero. 

"LA CRUZ DE LOS CA- . ‘ 
MINOS" estrenada en 1933, * 
hasta hoy también agolada, ; 
es su piimeta obra de tea« 
tro. ^ 

En el destierro, año 1935iv\ ’ 
escribe "LA REVOLUCION 
DE ENERO", en que narra : 
el suceso político revolucio¬ 
nario en que acababa de^ 
actuar. ' ^ 


En 1937, traduce y publi* 
ca "B R U H A H A", nove.a . " 
brasileña de Pedro Motta 
Lima, también agotada. , ^ 


"EN UN RINCON DEL TAf 
CUARI", (Crónica compesK i 
na) teatro, estrenada y pli<^^: 
blicada en 1938; "ALTQ^ 
ALEGRE" (teatro) estrena-i 
da por primera vez en Bue 
nos Aires, en 1940. En Mon 
tevideo estrena, en el añ| 
1942, "FAUSTO GARA^ 

UN CAUDILLO", droíha 0 %^ 
tres actos. 

Actualmente da fin a ufl 
estudio biográfico sobr 
Batlle, y ordena para si 
edición en un voiumei 
las narraciones breves qu|| 
ha publicado en divers 
revistas literarias del Ur 
gu:iy y la ^gentina. Fu 
dó en compañía dt* Alcide 
S. Patrón, y dirige desd 
entonces, esta 
EDITORIAL 

NUEVA AMERIC. 

SANTIAGO POHHO, Edito ,, , 
MONTEVIDEO • 





NUEV A AM ERICA 

Volúmenes Publicados 


Pedro Motta Lima 

B R U H A H A 

Traducdón de Justino Zavala Mimiz 

☆ 

Cipriano Santiago Vitureira 

ARTE SIMPLE 

Paul Vaillant Couturier 

LA DESGRACIA DE SER JOVEN 

Traducción de Alejandro Laureiro 
☆ ‘ 

Agustín Minelli 

TEATRO 

Justino Zavala Munlz 

EN UN RINCON DEL TACÜARI 
☆ 

Francisco Curt Lange 

IMPRESIONES ANDINAS 

☆ 

Gustavo Gallinal 

EL URUGUAY HACIA LA DICTADURA 

Adolfo Tejera 

PENETRACION NAZI EN AMERICA LATINA 

☆ 

Justino Zavala Muniz 

FAUSTO GARAY. UN CAUDILLO 

☆ 

Justino Za\-ala Muniz 

LA CRUZ DE LOS CAMINOS 
ALTO ALEGRE